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Simone de Beauvoir (1908-1986)
La vida de los recuerdos

ANDREA BLANQUÉ

EN MÁS DE UNA oportunidad Simone de Beauvoir declaró que la mujer se resiste más que el hombre a rechazar los recuerdos. Al cumplirse cien años del nacimiento de esta escritora, Edhasa reedita Memorias de una joven formal y Una muerte muy dulce, narraciones autobiográficas que se acercan al ideal presentido por de Beauvoir en la adolescencia: la novela de vida interior. Ambas son obras construidas ladrillo a ladrillo por recuerdos.

La primera, publicada en 1958, es el comienzo de una serie que conforma, en su conjunto, una minuciosa y extensa autobiografía donde la gran pensadora francesa busca en la memoria quién ha sido, seguramente para comprender cómo ha llegado al estado actual. A Memorias de una joven formal, le siguieron La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas.

Indagando dentro de sí misma explica su identidad, su transformación de niña en mujer, en esa mujer que resultaría el paradigma de la libertad ante tantos ojos. El primer volumen recorre la vida más pretérita, la infancia en donde de Beauvoir debe imaginar, sospechar y suponer para llenar los vacíos del recuerdo. Más adelante, cuando es adolescente, y cuando ya es una estudiante de La Sorbona, esos recuerdos se ven apoyados en diarios íntimos, en cartas. Simone declaró que no podía concebir la vida sin escribir y, en efecto, los Diarios de donde saca la materia prima para recrear escenas, sensaciones y diálogos de Memorias de una joven formal, surgen de esa profunda relación con la escritura que la escritora francesa presentó desde muy temprano.

Una muerte muy dulce es también un texto autobiográfico, de indagación del yo, pero en lugar de utilizar la vida vivida para escribirlo, utiliza algo paradójico: la muerte de su propia madre, relatada morosamente, desde el comienzo de la enfermedad, pasando por la agonía, la muerte en sí misma y la estela posterior que dejó.

ORÍGENES DE UNA ESCRITORA. Nacida en 1908 dentro de una familia tradicional, católica y muy conservadora, Simone de Beauvoir fue sin embargo una mujer europea privilegiada. Aun en medio de su conservadurismo, sus padres cambiaron la dote por la formación de su hija. Como muchos burgueses de su tiempo, la Primera Guerra Mundial los hundió en la bancarrota. Casar una hija sin dote era difícil y arriesgado. Así que el estudio -en un colegio de chicas, por supuesto católico- fue la gran apuesta que los padres hicieron para con su primogénita. También aportaron en la inmensa cultura y en la pasión por la lectura que desarrollaría su hija. Simone recuerda, por ejemplo, a su padre recitando poesía frente a un auditorio de invitados; y los libros y las bibliotecas siguen siendo una presencia tenaz en la vida de esa familia arruinada, aunque vivan en una casa sin cuarto de baño.

La contracara de esta familiaridad colectiva con los libros era la censura: "A veces, antes de entregarme un libro, mamá pinchaba algunas hojas sueltas: en La guerra de los mundos, de Wells, encontré un capítulo condenado. Nunca quitaba los alfileres, pero a veces me preguntaba ¿de qué se trata?". Leer un libro prohibido era para la niña tan peligroso como meter los dedos en el enchufe. En la familia no se hablaba jamás de sexo, pero "El matrimonio era el antídoto que permitía absorber sin peligro los frutos del árbol de la Ciencia". La idea de un marido no le resultaba atractiva a la niña Simone de Beauvoir, como tampoco le resultó a la adulta. La pequeña Simone fantaseaba con entrar a un convento, no se veía a sí misma pasando la vida durmiendo con un marido: "Siempre consideré con disgusto el matrimonio. No veía en él una servidumbre, pues mamá no tenía nada de oprimida, era la promiscuidad lo que me chocaba".

LECTURAS FUNDACIONALES. La madre del feminismo contemporáneo, como a menudo ha sido llamada, leyó -como tantas escritoras- Mujercitas, de Luisa May Alcott y admiró a Joe, la intelectual, la muchacha brusca, angulosa, a quien horrorizaban la costura y los cuidados de la casa. Por imitación, la niña francesa compuso, como el inolvidable personaje, algunos relatos. Eran las señales de lo que vendría después.

Aunque parece un clisé, de Beauvoir recuerda perfectamente lo que respondió en el álbum de una amiga a la pregunta "¿Qué quiere hacer más tarde?". Sin dudarlo un instante, escribió: "Ser una autora célebre".

Un momento crucial en esos pretéritos recuerdos de Simone fue aquel en que se dijo a sí misma "Ya no creo en Dios", seguido de la certeza perturbadora de la palabra "sola", "perdida sobre una superficie inmensa". Pero más tarde, con la lectura de una escritora de lengua inglesa -George Eliot- y su novela El molino sobre el Floss, comprendió que al igual que la protagonista, Maggie, la soledad y la condena social no eran una marca de infamia sino un signo de elección. Más adelante, para tener una pareja para toda la vida y a la vez "abierta", como la que mantuvo con Sartre, mientras los rumores la relacionaban con alumnas y afirmaban su bisexualidad, necesitó de esa consigna: elección, libertad. Decisiones remotas tomadas en el momento en que una vida contra la norma se inauguraba.

LO QUE VENDRÁ. Una de las cosas más bellas de este libro es la relación entre pasado y futuro, el vértigo del devenir. La narradora conoce al personaje sobradamente: es ella misma. Pero trata de explicarse cómo llegó a ser lo que más tarde fue. A los dieciocho años, mientras pasa mañana, tarde y noche en aulas y bibliotecas, devorando filosofía, literatura y escribiendo sin cesar, el deseo y la posteridad se viven como algo desesperante. La jovencísima de Beauvoir se veía sumergida en el inexorable tiempo de la espera, para saber exactamente quién sería ella. Hay algo extraordinario en esas dos de Beauvoir, la narradora que cuenta la historia de esa chiquilina adicta consumidora de literatura y pensamiento, pero condenada a esperar para constituirse en mujer.

La narradora sabe qué ha sido de ella, sabe que ha triunfado, -y que desde el año 1944 ha podido permitirse el lujo de vivir de la escritura, después de haber dejado su cargo de profesora de provincias-. Pero debe hablar de aquel ser en estadio de formación. No es de la única de quien habla: dos personajes fundamentales -además de los padres y la hermana- son, en esta historia, Zaza y Jacques. Zaza fue desde el colegio la amiga íntima, cuyo final trágico le parece a la escritora el precio que hubo de pagar en la vida Simone de Beauvoir, por la libertad. Jacques es otro derrotado frente al éxito rutilante de la narradora, lo que no se explicita pero que está en el horizonte de expectativas del lector. Se trata del primo de Simone, con quien ella vive al final de la adolescencia un platónico amor más embebido de ternura que de deseo, pero que en su momento fue el único ser en el mundo con quien verdaderamente podía hablar. El futuro llega, y la narradora salta en el tiempo para contar el reencuentro con un Jacques borracho y enfermo, años después.

La joven formal accede a la libertad, finalmente, en las calles de París. Se mete sola en bares y dancings, bebe abundante alcohol, hay hombres desconocidos que intentan seducirla de mala manera. El encuentro con Sartre, quien fue compañero de estudios, la sume en el orgullo. La autora del monumental estudio feminista El Segundo Sexo, escribe sobre el hecho de ser una mujer brillante al nivel de sus colegas varones superdotados: "Mi educación me había convencido de la inferioridad intelectual de mi sexo (...) Ese handicap daba a mis éxitos mucho más esplendor que a los de los estudiantes varones". Pasarán más de dos décadas para que la misma autora que publica Memorias de una joven formal, se coloque definitivamente en el "nosotras" al encabezar con su firma un pedido de despenalización del aborto, en 1971.

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL y UNA MUERTE MUY DULCE, de Simone de Beauvoir, Edhasa, Barcelona 2008. Distribuye Océano. 307 págs.



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