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Juan José Millás, Premio Planeta 2007
El mundo continúa

Elvio E. Gandolfo

UN REPORTAJE realizado en 2002 a Juan José Millás, en momentos en que obtenía el Premio Primavera de Novela, llevaba como título uno de sus lemas: "No hay nada más raro que lo normal". La primera frase del entrevistado seguía en el filo entre realidad y fantasía, entre existencia e inexistencia: "todo escritor lleva adentro a otro escritor, que no escribe y es el bueno". El propio Millás recorrió en sus novelas una primera serie de historias donde el peso de la realidad era mayor, más claro y a la vez paradójicamente menos eficaz, en títulos como Cerbero son las sombras (Premio Sésamo 1974), Visión del ahogado, El jardín vacío y Letra muerta. A partir de La soledad era esto (Premio Nadal 1988) su obra empezó a encontrar su propio tono y estructura, aunque siempre mantuvo la capacidad de cambiar, de arriesgar a partir de herramientas muy consolidadas: un castellano de apariencia tersa, sin complicaciones especiales, y una gran capacidad para comunicar cosas sutiles y a la vez absorbentes por el tema o por el uso refulgente o calmo de un humor totalmente personal. Paradas esenciales de ese recorrido fueron Tonto, muerto, bastardo e invisible, El orden alfabético, No mires debajo de la cama y Dos mujeres en Praga.

EL OTRO. Millás ha ido mezclando como pocos su actividad de columnista y periodista con su literatura, tanto en calidad como en rendimiento y visibilidad. Su columna de los viernes en El País de Madrid lo ha convertido en una costumbre tan fija como deben de haber sido para muchos miles de lectores, en sus tiempos, las Aguafuertes que Roberto Arlt publicaba en la prensa en Argentina. Igual que en él, su temática no puede ser más diversa: la calle, el recuerdo, la decidida opinión política (Millás detesta al PP de Aznar y a la iglesia católica española), la imaginación pura, el brillante juego de palabras. En esa baldosa estrecha de la columna fija ha logrado echar a rodar una y otra vez el mundo, con un lenguaje afilado y preciso, que arranca la admiración silenciosa o compartida en la mañana, cuando uno va a la última página del diario para empezarlo y ver "qué dice este viernes Millás". Bastaría hacer un punteo prolijo para descubrir hasta qué punto el modo en que fue fogueando su lenguaje en lo mínimo, y la temática misma de esa columna se han interrelacionado con su literatura.

Millás también ha hecho periodismo de otros tipos. Por ejemplo su serie de textos que comentan fotografías a lo largo del verano, también en El País, y que se han ido recopilando en libros sucesivos: Sombras sobre sombras y otros. Además ha coordinado algo así como talleres de escritura para lectores, que iban publicando sus resultados. O publicado reportajes de mayor extensión. Y sobre todo ha hecho periodismo "a la americana" en el llamado Proyecto Sombra, donde ya actúa como un nombre muy reconocido del medio, que paradójicamente decide acompañar durante un día completo, "como una sombra", a distintos personajes o personas: un ciego, Penélope Cruz, un ama de casa, el presidente Zapatero, una prostituta, un futbolista famoso, y así sucesivamente. Ese material aún no tiene libro que lo recopile. En cambio existe una agrupación abundante de textos periodísticos de distinta extensión que ha circulado muy poco en el Río de la Plata y que da cuenta de sus quilates: Cuerpo y prótesis (Aguilar, 2000).

Antes, Millás participó activamente en la coordinación de una colección extraordinaria para adolescentes: Tus Libros, que incluía ilustraciones, prólogo y sobre todo unos meticulosos apéndices informativos que incluían, cosa rara de ver, la bibliografía completa de H. G. Wells, Rider Haggard, Turgueniev o Jack London en castellano (o sea en sus traducciones sucesivas), aparte de las fechas de los libros originales.

Cruzarse con Millás en cualquier momento, sobre todo en los últimos diez años, es verlo apresurarse rumbo a un programa radial semanal de larga duración donde hace entrevistas, o encargarse en el fin de semana de terminar un guión para la televisión o el cine, ya sea de ficción o documental (basado en uno de sus reportajes "sombra"). O partiendo en gira para promover alguno de sus libros. O encarando una nueva actividad que le ha despertado la curiosidad y, al mismo tiempo, le permite ocupar un nuevo fragmento de su tiempo. Un verdadero "workaholic" (maniático del trabajo). Lo envidiable es que pueda hacerse cargo de todas esas actividades con aparente serenidad y distanciamiento, que incluye un trabajado término medio en cuanto a la consideración de su propio valor.

MOMENTO DE LA SENSACIÓN VERDADERA. El premio Planeta que acaba de conseguir con El mundo lo ubica en un nuevo sitio, sin abandonar para nada ninguno de los anteriores. Él mismo se ha encargado de aclarar que seguirá haciendo periodismo, como siempre. De todos modos la obtención de ese premio, el mejor dotado en lengua castellana (en términos groseros: medio millón de euros) ha significado para muchos ámbitos intelectuales un pecado mortal. Vaya y pase que alguien obtenga premios como el Nadal o el Primavera. Pero el Planeta es otra cosa. Desde caer en "brazos de Lara" (el dueño de la editorial más comercialmente dirigida de la lengua) hasta el prejuicio automático (en ciertos ámbitos culturales) de dejar de ser considerado como autor serio: alguien que gana el Planeta no puede ser (o en todo caso no puede seguir siendo) un autor de verdad importante. En el caso de El mundo se agrega un hecho suplementario: el protagonista es el propio Millás, que a su vez va dando claves reales de la escritura de sus novelas sucesivas. Eso imposibilitaría la ficción (que en la mayoría de los premios de cierto peso no es otra cosa) del anonimato. Desconocemos si en algún momento Millás discutió en forma impresa ese asunto (que trajo a cuento más de un comentarista). De hecho, las bases del concurso permiten el envío opcional con nombre, apellido y documento de identidad, o el uso de seudónimo.

En todo caso en El mundo el autor, que ha usado en sus novelas anteriores un bisturí muy preciso para describir la producción de nada existencial que genera sin cesar la sociedad de consumo, y que ha empleado duplicados o "alter egos" varios (incluso llamados Millás), ha tomado el toro por las astas y habla al fin de su propia biografía.

Al parecer el origen estaría en su último perfil del Proyecto Sombra, que, previsiblemente, en una mezcla de ingenio y publicidad de quienes lo sostenían, significaría seguir a lo largo de un día completo la vida de... él mismo. El resultado ha sido a la vez generoso y gracioso: antes que mirar por una vez su propio tiempo y actividades verdaderas durante un día, Millás, en uno de sus clásicos pasos al costado, prefirió escribir una larga novela sobre su infancia, adolescencia y juventud, con la cual, Dios sea loado, obtuvo el Planeta. Otro origen sería una terapia psicoanalítica a la que se refiere de modo un tanto tangencial (Millás ha reconocido que buena parte de los temas de sus novelas anteriores provenían de la experiencia de terapeuta de su mujer).

En aquel reportaje del 2000 Millás ya prevenía: "Levantar una biografía es muy parecido al modo en que se construye una novela. Seleccionar ya es falsear. Además, a veces no hay otro modo de contar la verdad que mintiendo". Sea como fuere, El mundo es su novela más "real" (las comillas son inevitables). Y donde encuentra la mejor metáfora de la escritura (uno de los grandes temas del libro). Su padre fabricaba instrumentos para cirugía y le describió un día la acción de un "bisturí eléctrico" que acababa de inventar: "-Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla". A juicio de su hijo ya crecido, algo semejante hace la literatura: "Nada como la textura de la carne, excepto, añado yo, la textura de la página".

Pero en el plano puramente biográfico, el libro le permite al mismo tiempo desentrañar esas sensaciones que se imprimen para siempre en la carne, el cerebro y la sensibilidad fresca de la infancia. La familia de Millás era de Valencia (donde nació él, entre varios hermanos, en 1946), y se trasladó a Madrid, detrás de la quimera de las grandes oportunidades. El resultado fue una pobreza chirriante, mientras se desplegaba la lenta salida de la dictadura franquista de la pura penuria económica para la mayoría de la población. En un momento de esa vida, Millás se acercó a un farol que habían instalado unos obreros para avisar la existencia de una valla de hierro recién colocada; tomó una piedra y destrozó la lámpara: "¿Por qué hice aquello? Tal vez porque mis padres se pasaban la vida discutiendo. Tal vez porque era el último de la clase. Tal vez porque éramos pobres como ratas. Tal vez porque siempre cenábamos acelgas. Tal vez porque no tenía unos guantes con los que evitar los sabañones. (...) Podría llenar una página de talveces".

Buena parte de El mundo tiene esa contundencia, esa claridad, incluso la misma capacidad de profundizar ese mundo concreto que tuvieron Roberto Arlt en El juguete rabioso, o el gran Charles Dickens (otro creador que no sentía culpa por vender) cuando mezclaban el registro de las heridas (que tal vez cicatrizaban en el momento de escribirlas) con un uso de la lengua propio, insólito.

Porque otra buena parte de El mundo es Millás químicamente puro. Las primeras 76 páginas transcurren en aquel entonces, con su amigo el Vitaminas como compañero central. En esa página el texto salta a una "reunión literaria" o cultural, en cuya descripción Millás suele ser tan apto como lo han sido en el cine Michelangelo Antonioni o Woody Allen. Pero una serie de situaciones molestas y rocambolescas terminan por hacerlo derivar en la noche hasta el viejo barrio y empezar a descubrir que "el mundo" del título será siempre la calle donde transcurrió su infancia madrileña.

ÉSTE SOY YO. Algo hay que destacar: aunque los recursos clásicos de su estilo aparecen otra y otra vez, el peso de lo real compite en igualdad de condiciones. Si en otros libros (o incluso en éste) Millás ha sabido encontrar las metáforas justas, aquí aparece la base concreta de esas metáforas en el tiempo y el espacio. La sensación de inexistencia, de desubicación de sus personajes tiene que ver con el necesario fingimiento (en el momento mismo en que España empezaba a fingir, todavía con Franco, que era moderna), con el inevitable lugar de desclasado: "Yo estudiaba en el nocturno porque trabajaba por las mañanas en la Caja Postal de Ahorros, pero acudía a primera hora de la tarde a la facultad para coincidir con los grupos diurnos y hacerme la ilusión de que era un verdadero universitario, un hijo de papá".

Otro plano donde Millás aplica su bisturí a menudo en sus novelas es el erotismo y su mezcla inestable con los afectos. Ya en Visión del ahogado la relación con la ex del Vitaminas (que aquí, a diferencia de la realidad, sigue vivo) incluía una cuota de violencia física pautada. En El mundo aparece su rencor con la hermana del Vitaminas por una frase aplicada con la fría (y hasta inconsciente, realista) crueldad que solo puede ejercer una boca de mujer sensata: "Tú no eres interesante para mí". De más está decir, por otra parte, que sólo el oído de alguien que será escritor puede recibirla con tanta violencia. Encuentros sucesivos le permiten despellejar las capas sucesivas de fingimiento, esta vez no de sí mismo, sino de esa mujer, aplicando la misma lucidez que en sus columnas.

Buena parte de la materia que enfrenta en este libro tiene que haberle costado una dosis de sufrimiento, sobre todo porque es de las primeras veces en que lo reconoce como tal. Claro está, por supuesto, que medio millón de euros habrán ayudado a digerirlo (con la relativa frialdad que tiene el dinero como cosa en sí).

Tal vez el mayor autoengaño (si es que lo es) aparece en el último párrafo, que afirma: "Recuerdo que al llegar a casa estaba un poco triste, como cuando terminas un libro que quizá sea el último". Salvo error u omisión, y si se tiene en cuenta su vasta trayectoria en las artes de la verdad y el disimulo, el propio Millás sabe que han quedado demasiadas puertas sin cerrar, demasiadas heridas sin cauterizar, demasiadas cosas sin resolver en El mundo. Ya Baudelaire había escrito que cumplir con el proyecto de un libro que se titulara Mi corazón al desnudo era total y absolutamente imposible.

LAS PUERTAS Y EL LABERINTO. En Tonto, muerto, bastardo e invisible un ejecutivo se queda sin trabajo, dibuja en el pasillo de la oficina un escritorio que ya no tiene y allí se queda, descubre el valor sexual de los cajeros automáticos ("esa vulva de la que salían billetes afilados"), le cuenta historias a su hijo, tiene relaciones con una oriental (porque el sexo normal voló junto con el puesto de trabajo).

En El orden alfabético son los libros los que se vuelan de los estantes primero, y después las letras de las palabras: "pera" se transforma en "pea" y las "peas" tienen un gusto horrible. A la mitad del libro descubrimos que esa historia fantástica es contada por alguien que está en el hospital cuidando a un padre que pierde la memoria y el lenguaje propio (pero no el inglés), alguien que trabaja en una investigación sobre la televisión, y descubre que la TV "desescribe".

En No mires debajo de la cama los zapatos de dama y de caballero viven, sufren y mueren, y la lectora (ficticia) está leyendo en la peluquería la página 207 de la novela falsa, en la página 207 (y última) del libro real que el lector tiene entre sus manos.

En El desorden de tu nombre una deliciosa historieta sentimental es puntuada regularmente por La Internacional, considerada como "una alucinación auditiva de carácter marxista". En la inmediata La soledad era esto hay una tenue novela policial. En Ella imagina Millás vuelve a verse a sí mismo en Vicente Holgado, "un tipo inconcreto, aquejado, como diría un político, de un déficit de identidad: un tipo, en fin, que intenta sincronizar sus movimientos con los de la realidad sin conseguirlo".

Las Dos mujeres en Praga no viven en Praga, sino en una zona de Madrid que parece Praga; una de ellas es tuerta pero no pasa mucho tiempo sin confesar que lo finge, y se saca el parche del ojo, y así sucesivamente.

En otro orden de cosas, Millás le rindió un merecido homenaje a la Enciclopedia Espasa (origen de El orden alfabético) en Un mapa de la realidad, selección de los artículos que le resultaron más inolvidables (y que demuestran lo bien escrita que estaba). Si alguien quiere un libro donde el periodismo y la literatura se mezclen, tiene que buscar Hay algo que no es como dicen, un caso real de acoso sexual que termina teniendo la ambigüedad de la literatura. María y Mercedes incluye dos de los textos (menores) del Proyecto Sombra: un ama de casa y una mujer que trabaja.

Sus cuentos son tan especiales como las novelas o el periodismo. La mejor selección es La viuda incompetente y otros cuentos. También están los de Primavera de luto.

En todos esos libros el lector no sabe exactamente qué encontrar. Pero sí conoce la extraordinaria cortesía del autor con él: las páginas pasan con rapidez (algo que para ciertos sectores culturales suele ser tan pecaminoso como ganar el Planeta), y cuando uno quiere darse cuenta, ya está parado no sabe dónde, no sabe sobre qué.

Encontrar sus libros es tan imprevisible como el desarrollo de esos libros. Por suerte se han multiplicado las ediciones de bolsillo, así que muchas veces conviene preguntar en las librerías de shopping o de terminales de ómnibus. Ha escrito tanto y en tantos planos, que algo aparece, a la larga o a la corta. En las librerías de viejo cada título que aparece, desaparece y no vuelve.

En todo caso conviene conseguir El mundo antes de que se agote la partida en distribución para Montevideo. Es una buena entrada al mundo de Millás para quien no lo conoce, y una buena manera de seguir recorriéndolo para el que ya conoce su manera de descubrir el otro lado de las cosas normales.

Del narrador

POR FIN JORGE le desabrocha el primer botón de la blusa y le acaricia el pecho por encima del sostén. Ella se desabrocha el resto para no defraudarle; ignora que los caminos del fraude, como los del Señor, son numerosos, y desconocidos. Durante algunos minutos evitan el abrazo y el beso, se tocan con la punta de la piel -como quien acaricia a una fiera dormida- intentando convertirse en amantes. Han comprendido al menos que a su edad no pueden ser enamorados.

(en Visión del ahogado)

EN EL PRINCIPIO fue el frío. El que ha tenido frío de pequeño, tendrá frío el resto de su vida, porque el frío de la infancia no se va nunca. (...) Recuerdo el tacto de las sábanas, heladas como mortajas, al introducirme entre ellas con mi sesenta por ciento de esqueleto, mi treinta o cuarenta por ciento de carne y mi cinco por ciento de pijama. (...) Aquel frío de entonces es el mismo que hoy, pese a la calefacción, asoma algunos días del invierno y hace saltar por los aires el registro de la memoria.

(en El mundo)

MI MADRE ME QUISO. Quiero decir que me prefería. Eso me salvó. (...) ¿En qué habría consistido el infierno? En ser un individuo opaco, intransitivo, sin intereses culturales, sin inquietudes filosóficas, sin ambiciones literarias, tal vez sin tendencias burguesas. (...) ¿Mi madre me salvó? Quizá sí, pero en el instante mismo de perderme. Actuó, pues, como el bisturí eléctrico de mi padre, que hería y cauterizaba la herida al mismo tiempo. Sueño a veces con una escritura que me hunda y me eleve, que me enferme y me cure, que me mate y me dé la vida.

(en El mundo)

EN AQUELLA ÉPOCA, yo fumaba compulsivamente o dejaba de fumar compulsivamente. Quiero decir que durante las temporadas de abstinencia era consciente de cada uno de los cigarrillos que no me fumaba. (...) Atravesaba, en fin, una época de no fumador compulsivo. Pero el cigarrillo que me acababan de ofrecer era un LM (un LM, Dios mío).

(en El mundo)

Del periodista

COMO DECÍA el otro, lo grave no es que las promesas del socialismo fueran falsas, sino que las del capitalismo resultaron verdaderas.

(en María y Mercedes)

MARÍA TAPIA es ama de casa, así que pertenece a esa mitad de la humanidad que realiza actividades invisibles para el sistema, pero sin las que el sistema, curiosamente, se vendría abajo.

(en María y Mercedes)

ME DAN GANAS de decirle una cosa que me dijo a mí el pediatra cuando mis hijos eran pequeños: "Lo que más acatarra a los hijos es la preocupación de los padres". Pero no está el horno para bollos.

(en María y Mercedes)

EN EL CAMPO suceden muchas cosas. Ahora mismo se ha detenido sobre el teclado del ordenador un saltamontes que mira con un ojo lo que escribo y con el otro me contempla a mí. Es evidente que no sabe lo que ve, pero no importa porque no mira para él, sino para alguien lejano: para Dios.

(en Cuerpo y prótesis)

VI EN UN REPORTAJE que los perros se comunican a través de la caca. Cada uno de sus excrementos constituye una oración gramatical dotada de las complejidades sintácticas que cabe suponer en todo lenguaje, por rudimentario que sea. Por eso huelen la mierda con la misma concentración que nosotros ponemos en la lectura de un libro de autoayuda.

(en Cuerpo y prótesis)

NADA MÁS ABANDONAR la clínica en la que se había sometido a una cura de desintoxicación, Kate Moss posó como la ven ustedes para el diseñador italiano Roberto Cavalli. No sabemos si se había liberado de la adicción a las drogas ilegales, pero lo cierto es que para hacerse perdonar tuvo que proporcionar al mundo una buena dosis de estupefaciente legal.

(en Sombras sobre sombras)



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