UNO DE LOS grandes atractivos de la obra del narrador inglés Martin Amis es el de proponer una especie de "crónica" de la actualidad. Se anima con temas urticantes y su evidente destreza en su oficio le permite hacerlo de manera seductora. La casa de los encuentros, su última novela, sucede en un gulag en la URSS y en la Rusia posterior que ha convertido sus campos de prisioneros en un tour para turistas. Un contrapunto temporal que tiene como ejes la década del cincuenta del siglo XX y el año 2004 le permite al narrador conectar las imágenes del terror stalinista, el período posterior a su muerte, de relativo "deshielo", y el copamiento de una escuela de Beslán en Osetia del Norte realizado en nombre de la autonomía de Chechenia. El lector recordará que el sangriento rescate costó la vida de niños, padres y maestros, además de los ocupantes. El narrador también evoca el episodio del teatro Dubrovka de Moscú ocurrido en el 2002 cuando, para liberar a los rehenes, los militares rusos atacaron con un gas que mató a buena parte de los cautivos. Amis no confía lo suficiente en que el lector sepa deducir las consecuencias políticas y morales de la superposición de esos episodios y en algunos momentos editorializa un poco. No demasiado: es un liberal que intenta ser coherente y un escritor que no quiere aburrir al lector.
El narrador es un ruso, "héroe" de la Segunda Guerra Mundial que, acusado de fascista, es recluido durante diez años en un "campo" soviético y forzado a hacer trabajo esclavo. Una vez liberado huye de la URSS hacia los Estados Unidos. La narración es una carta que le escribe antes de morir, desde un hospital ruso, a una muchacha norteamericana que trata como a una hija. "A tus compatriotas les aterrorizan tanto las generalizaciones que ni siquiera pueden decidirse a emitir un juicio declarativo (…) Yo estoy en el otro extremo. Yo adoro las generalizaciones (…) Vuestra ideología -por si a alguien se le ocurre preguntar- es el occidentalismo. Y de nada os serviría aquí". Es casi inevitable que afirmaciones como ésta, entre otras muchas dispersas en la novela, convoquen al fantasma de Edward W. Said y su conocido ensayo, Orientalismo, en el que trabajosa y sutilmente expuso las formas "paranoicas" con que europeos y norteamericanos alimentaron la contraposición entre Oriente y Occidente, y de qué manera Oriente fue a un tiempo "objeto de estudio" y de colonización.
Como en la vieja tradición del "orientalismo", el "viaje a Oriente" de Amis es sobre todo un acto de su vida interior, no un camino de conocimiento. Amis se ha declarado en más de una oportunidad preocupado por la incapacidad de la izquierda para ver y aceptar la existencia de una represión sistemática y cruel en la URSS. La sombra de su padre el escritor Kingsley Amis, primero comunista, cómplice según su hijo durante demasiado tiempo de los "crímenes" y después violentamente anticomunista, persigue a Martin Amis desde Experiencia y Koba el temible, las obras anteriores de carácter autobiográfico. La casa de los encuentros se enmarca en esa pelea por esclarecer y difundir la existencia de un "totalitarismo" soviético.
Las opiniones de un escritor no son imprescindibles a la hora de evaluar su obra, pero es evidente que hay una coincidencia entre la prédica antiterrorista que Amis ha avalado de manera bastante histérica y la elección de la URSS y Rusia como ejes del mal y la violencia. Es cierto que el escritor siempre puede con lo peor de sí -sus prejuicios, sus miedos- hacer una gran obra. La casa de los encuentros no lo es; es una historia muy atractiva y que se lee muy bien. Cuenta un triángulo amoroso con dos medio hermanos en dos de sus ángulos, con campo de concentración y terrorismo checheno. Los personajes y las situaciones están muy bien creados aunque en algunos momentos resulten un poco artificiosos. Lo que Amis sabe es contar la pasión amorosa y las emociones. Más que suficiente para una novela.
LA CASA DE LOS ENCUENTROS, de Martin Amis. Anagrama, Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 255 págs.
Carina Blixen