Desencuentros

Yasmina Reza

Lucette Mosès

LLEGAMOS con retraso. La acomodadora nos hizo quedar en la escalera que precede a la entrada de la sala; éramos varios los que permanecíamos sentados en los peldaños, sin ver nada. Oír de ese modo los cantos lejanos y sucesivos que resonaban arriba era un privilegio especial.

Llegó un momento, en un silencio, en el que pudimos instalarnos sin molestar en nuestros asientos. En la luminosidad repentina, vimos a la Orquesta de París, a los cantantes sentados, a Daniel Barenboim, que se secaba la cara, y al inmenso coro, al fondo, perfectamente alineado.

Se reanudó la música. Era El Mesías, de Handel, en la transcripción de Mozart.

Llegó el entreacto. Después, la segunda parte.

De repente, en medio de un recitativo, cuando mi mirada erraba hacia el fondo, descubrí, en el lado izquierdo del coro, en el lugar de las sopranos, a Lucette Mosès.

¡Lucette Mosès se había hecho cantante! Lucette Mosès, la pequeña judía, enana, regordeta, pelirroja, mi amiga esclava de las clases de tercero y segundo, cantaba a Mozart ante el atestado patio de butacas en la Sala Pleyel. Lucette, mi bufón, mi lacayo, mi entrenamiento para el poder. Lucette, la ridícula feúcha a la que hacía creer cualquier cosa, que hombres maduros (de veinticinco años en mi mente) me esperaban en la esquina del bulevar de la República para llevarme a donde ella jamás iría, a pasar unas veladas y después unas noches de éxtasis de las que dejaba entrever algunos detalles por pura maldad (los otros eran demasiado imprecisos incluso para mi propia imaginación). Lucette, mi entrenamiento para la crueldad, mi valedor, se había convertido en cantante del coro de la Orquesta de París y parecía casi bonita, incluso bonita, desde donde yo estaba.

¿Cantaba en aquella época? ¿Tenía voz, sensibilidad artística? ¿Entonces? No. Eso llegó después. Mucho después de mi reino. Eso era imposible en la época del feo delantal rosa, cuando ya nadie lo llevaba, excepto ella, demasiado corto y en forma de embudo. No cantaba en la época de mi protección. En la época de mi protección Lucette era fea y tímida, iba peinada con raya en medio y dos miserables pasadores, su voz era áspera. En la época de mi protección, Lucette sabía ser el inferior que yo necesitaba. No cantaba. Lucette ha descubierto el canto más adelante, gracias...., gracias a no sé qué, a un hombre, a un lugar, a una mujer, a...., alguna cosa extraña que puede alterar el destino. ¡De modo que el destino se altera, vaya noticia!

Lucette canta a Mozart, Lucette es bonita, su cabellera pelirroja está bellamente henchida a los lados. Cuando no canta, una sonrisa dichosa entreabre sus labios. Lucette Mosès es feliz.

¿Quién lo hubiera dicho? ¿Quién hubiera dicho, en la época de las pelotillas de papel, de las manos coloradas, que una mujer surgiría de aquel ser tan poco prometedor?

¿Qué es el descubrimiento del Mesías, en su versión mozartiana, comparado con el choque de esta evidencia milagrosa? ¡Es posible escapar al propio destino!

¡Rápido, que termine El Mesías, Lucette, sólo tengo ojos para ti, necesito decirte todo esto, con palabras muy amables, por supuesto, no te preocupes! ¡Qué bien cantas! ¡Casi me parece oír tu voz! ¡Rápido, rápido, que termine la música!

Aplausos.

Daniel Barenboim se inclina y saluda. La orquesta se levanta, los cantantes se levantan. La sala es inmensa y también se levanta.

Me abro paso entre la multitud camino del escenario, donde todo respira alegría, el placer de la música, el final del esfuerzo, la gloria merecida, y avanzo hacia Lucette, que sonríe, Lucette, oculta unos instantes por unas manos alzadas, unos rostros, Lucette, que desaparece a medida que me aproximo, Lucette, guapa, pelirroja y elegante, Lucette, que no es Lucette.

Una mañana

MONIQUE es viuda. Vive sola en Niza con su perro. Monique no es mala. Es una mujer que está muy sola; desde la muerte de su tío Jean-René, no se relaciona con nadie.

Esta mañana, Monique ha tenido ganas de morirse, ya que el marido de la portera ha llamado a su casa y le ha dicho: "Usted agrede a mi mujer".

Monique jamás ha agredido a esa mujer. Habla bruscamente para protegerse. No se arriesga a la dulzura. Así pues, esta mañana abre la puerta a ese hombre que le dice: "Usted agrede a mi mujer." Monique contesta: "¿Con qué derecho me dice eso? Usted no tiene ningún derecho a decirme nada. Usted no es nadie en este edificio". Después, abrumada, le cierra la puerta en las narices mientras dice que no hablará con alguien que no es nada en el edificio, que sólo es el marido de la portera, que ésta sí que es alguien, es la portera.

Monique no dice lo que tendría que decir. Ni siquiera se defiende. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Es posible decirle al mundo quiénes somos?

En lugar de eso, balbucea atropelladamente que no contestará a alguien que no tenía ningún motivo para subir a los pisos, por vivir en la planta baja y no ser más que un mero habitante de la casa -y que, además no paga el alquiler- , a alguien que no tenía ningún motivo para superar los límites del vestíbulo y subir por la escalera, ya que no era nada, nada, estrictamente nada, en el edificio.

Después se derrumbó en el sofá y tuvo ganas de morirse.

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