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Novela de Manuel Rivas
Donde hubo fuego

Juan de Marsilio

Otra novela del autor de El lápiz del carpintero, que vuelve sobre los mismos temas: el horror franquista y la dura supervivencia de los vencidos, sobre el fondo de una galleguidad universal (Galicia es valle de labriegos, montaña de pastores y contrabandistas, fue hasta hace poco puerto de emigrantes y es mar de pesqueros y buques de altura: ¿cómo no va a ser universal?).

En La Coruña, el 19 de agosto de 1936, grupos falangistas queman libros. Son de las bibliotecas de sindicatos y ateneos, así como también de la de un proscrito ilustre: Santiago Casares Quiroga, republicano y galleguista, Jefe de Gobierno cuando el alzamiento contra la República. De pronto, uno de los incendiarios orina sobre la pira. Lo imitan casi todos. Este hecho verídico es el eje de la novela, pues deja su marca en los personajes que Rivas crea para que lo presencien, sean del bando que sean: franquistas victoriosos, vencidos libertarios o republicanos y humanos neutrales en la guerra pero no ante la barbarie.

La hoguera de libros "enemigos"- coherente con el asesinato de sus dueños y lectores- marca la diferencia entre dos mundos: en el cuarto capítulo un grupo de jóvenes trabajadores libertarios planea un paseo en tren a una romería, previsto para el 2 de agosto, que el alzamiento del 18 de julio aplazará definitivamente. Antes, las esperanzas a la vista: casarse con tal muchacha, progresar en cual oficio (cantante, electricista, boxeador o poeta, según el caso). Luego: sobrevivir con la mayor dignidad posible.

Eso los vencidos. Los quemalibros hacen carrera (por más que el "puesto en Madrid" no les llega nunca o, cuando le llega a alguno, es insignificante). Los vencedores tienen el poder, el lujo y la pompa (aunque no el buen gusto). Rivas muestra en contrapunto las dos Coruñas: la de los que, tras quemar libros peligrosos, tratan de inventar una "vida cultural" a tono con el régimen y la de quienes, en la pobreza y sin poder alzar la voz, mantienen vivos sus amores, sus familias, su tradición y su decencia.

En estos personajes de vida pequeña deposita Rivas el espíritu que habitara en los libros antes de la quema. Muchos de ellos son trabajadores y autodidactas. Otros no son muy leídos, pero respetan a los libros y los hombres cultos, porque ellos también guardan tesoros de cultura: el saber de la vida, el dominio de sus oficios y los cuentos y cantos del folklore gallego. Para Rivas, la cultura letrada y la popular no pueden sino ir de la mano. Salvo que se las separe de modo autoritario o hipócrita. Rivas muestra con humor certero y burlón a los falangistas cultos, como el Comandante Dez, censor, que además de ser homosexual en privado, prohibe libros para robarles los manuscritos a los autores y publicarlos a su nombre, o el catedrático Sulfe, que en sus clases loa los clásicos más adustos pero en privado se regodea con libros picantes, y sobre todo el Juez Samos, que de joven dirigiera una de las quemas de libros.

Rivas usa de modo hábil el paso del tiempo. Por una parte para mostrar el deterioro del régimen, no por la pérdida de su capacidad para hacerle la vida imposible a la gente sino por su incapacidad para producir logros culturales valederos (representada en la pena de Franco, que por más que insiste como pintor aficionado no consigue hacerlo bien). Por otra, para mostrar que los vencidos sobreviven y se reproducen. Y también para revelar que a alguno de los poderosos la peor derrota lo espera en el frente doméstico.

Esta novela requiere lectura pausada y atenta. Las reapariciones de personajes y objetos cargados de sentido, así como también ciertos pasajes de acertada ambigüedad, piden que uno se detenga, reflexione, vuelva atrás en el libro, sin que por ello resulte menos entretenido y conmovedor.

¿Arden mal los libros? No importa: alumbran bien.

LOS LIBROS ARDEN MAL, de Manuel Rivas. Alfaguara, Buenos Aires, 2007. Distribuye Santillana. 616 págs.



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