Mercedes Estramil
MIENTRAS SE aguarda la traducción española de Exit Ghost, última novela de Philip Roth, se puede paliar la espera con la reedición de El profesor del deseo de 1977, que cuando salió a la venta por primera vez contenía una advertencia sobre su escabroso interior. La nueva portada luce en cambio la foto de un limón. Apropiada, porque se trata de un libro agrio, como en general lo es su narrativa, por más que esté envuelta en un discurso inteligente y chispeante, con personajes rebosando ironía y sarcasmo.
Philip Milton Roth nació en Newark (Nueva Jersey) en 1933, hijo de emigrantes de la Galitzia europea. Ejemplo de literatura urbana introspectiva, detallista de las miserias espirituales de la clase media judío americana, Roth integra junto a Bernard Malamud, Isaac Bashevis Singer y Saul Bellow un cuarteto de referencia a la hora de hablar de escritores judíos de la segunda mitad del siglo veinte, post Holocausto y post creación del Estado de Israel. Todos dueños de una mirada crítica. La propia definición de "escritor judío" aparece cuestionada en Roth, que como judío, americano y escritor se ubica a sus anchas en la línea del desarraigo.
Elabora para eso tres antihéroes a su medida, similares entre sí y que, dependiendo de la crítica, se disputan el ser sus auténticos alter egos. Uno es Alexander Portnoy, el adolescente que se masturbaba sin cesar en El lamento de Portnoy (1969), la novela desopilante que lo consagró en el mundo, y no por sus avatares sexuales sino por la despiadada descripción que hacía de su familia judía como extenuante cárcel afectiva. Otro era Nathan Zuckerman, nacido en The Ghost Writer (1979) y presente a lo largo de nueve títulos, un escritor judío estadounidense cuestionado por su comunidad de origen, autor de una novela escandalosa y con cuya celebridad debe lidiar a lo largo de su vida.
Y el tercero es David Kepesh, docente universitario protagonista de El profesor del deseo y personaje de otras dos novelas: El pecho (1972) y El animal moribundo (2001). En El profesor... Kepesh va al psiquiatra para buscarse a sí mismo, pero convencido de que no encontrará nada, y mucho menos logrará desembarazarse de la psicología de la culpa o de la exigencia de éxito (económico, profesional y social) del álbum familiar. Después de una reprimida infancia, una liberada sexualidad veinteañera y un penoso matrimonio, Kepesh vegeta en una no menos penosa vida intelectual. Al contrario de su amiguito de infancia, Herbie, que de joven es un tiro al aire pero luego es un brillante profesional padre de una hermosa familia, Kepesh no logra acceder al panorámico de las apariencias. Recién a la muerte de su madre y mucho después de que su matrimonio acabe, conoce a la mujer con quien podría realizar el sueño de la casita feliz. Sólo que no es su sueño, sino el de sus padres. Los protagónicos de Roth no tienen verdaderos sueños; piensan en ellos pero no se los creen, viviendo cada introspección como un descenso a los infiernos, anticipando siempre la existencia del gusano en la manzana. Hay que ver a Kepesh visitando la tumba de Kafka y comprobando que ni ahí se libró de la cercanía paterna, para calibrar cuánta condena kafkiana de vida sin clímax ni respuestas se cierne también sobre él. "Hay un Kafka para cada ciudadano bloqueado", dice un personaje. También hay uno para Roth, prolífico y premiado, vendible y elogiado como nunca lo fue en vida el funcionario más famoso de Praga, y sin embargo, creador de personajes que tampoco llegan a ninguna parte, ni entienden nada ni se sienten a salvo.
EL PROFESOR DEL DESEO, de Philip Roth. Ed. Mondadori, Buenos Aires. 2007. Distribuye Sudamericana. 253 págs.