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Un clásico de Pink Floyd
Cuando el loco diamante brilló

SEBASTIÁN AUYANET

HAY QUIENES piensan que Pink Floyd es sinónimo de discos conceptuales y los impactantes shows de rock progresivo. Otros incluso creen que el primer período del cuarteto, es decir, cuando Syd Barrett estaba al mando, fue apenas un comienzo marcado por el delirio y la adicción de su líder que rápidamente se corrigió. Esa apreciación fácil pero que no termina de ser del todo acertada marca la reputación de The Piper at the Gates of Dawn, primer disco de Floyd que cumplió cuarenta años el 7 de agosto del año pasado, y que arrastra el problema de haber nacido en una época en la que los astros se alinearon y dieron luz a muchas otras obras que contribuyeron a definir la música rock actual y -cómo negarlo- también a la del futuro.

Para cuando los Beatles ya habían reinventado la música pop con Revolver (1966), Barrett aún versionaba a esa y otras bandas de la época junto a un trío llamado Sigma 6, compuesto por los jóvenes estudiantes Nick Mason, Rick Wright y Roger Waters. Por aquel entonces lo que llamaba la atención de "The Pink Floyd Sound" (como se los conocería al poco tiempo) eran los extensos y ruidosos intervalos instrumentales entre versión y versión de un cuarteto más arraigado al blues que a otros géneros (de hecho "Pink Floyd" es un nombre compuesto de los bluseros Pink Anderson y Floyd Council).

Cuenta Nicholas Schaffner en La odisea de Pink Floyd que entonces se comenzaban a gestar las primeras fiestas de la comunidad psicodélica llamadas "Spontaneous Underground"; celebraciones del delirio inducido por el LSD y la experimentación musical y visual. Un espacio propicio para el nacimiento de una escena musical alternativa que explotaría al poco tiempo con la llegada del "Verano del Amor". Para cuando abrió el club UFO, verdadero epicentro de esta movida de inciensos, diapositivas y ambiente festivo, Syd y compañía ya estaban adoptados por ella como lo que Waters definiría: "la orquesta residente del movimiento". Las corrientes contraculturales crecían a pasos agigantados y muchos veían en los shows multimediáticos de experimentación, luz líquida y proyecciones de Floyd la prueba de que video y música podían ser determinantes en la expansión de la conciencia humana.

Para cuando "The Pink Floyd Sound" cerró el "Sueño tecnicolor", definitiva experiencia psicodélica de catorce horas y más de treinta grupos en el todavía vigente Alexandra Palace, su primer single grabado para la EMI "Arnold Layne" ya era un éxito. Tras la salida de "See Emily Play", su segundo single, la banda resolvió entrar al estudio a buscar un "larga duración". La obra en la que se sustentaría la reputación de Syd Barrett y parte del perfil musical histórico de Pink Floyd estaba a punto de gestarse.

DENTRO DEL ESTUDIO DOS. "Nuestra música puede producirte gritos de horror o de éxtasis. En la mayoría de los casos, es lo segundo", dice Roger Waters. "Piper" es el ejemplo definitivo de esto: una extraña mezcla entre el más fino pop inglés, guitarras rasgueadas de forma desprolija, pedales de wah-wah y versos que se balancean entre momentos luminosos y oscuros. Así era la poética de Barrett, frecuentemente asociado por sus versos al escritor inglés Lewis Carroll. En "Matilda Mother" un chico pide a su madre que termine de contarle un cuento antes de dormir. Schaffner recuerda los versos de esa canción como parte de la extracción más fina del trabajo del compositor: "Why`d`ya have to leave me there, hanging in my infant air, waiting? You only have to read the lines, they`re scribbly black and everything shines" (¿Por qué tienes que dejarme aquí, colgado en mi aire infantil, esperando? Sólo tienes que leer las líneas garabateadas en negro y todo brilla). Unicornios, reyes, gnomos y espantapájaros también aparecerán a lo largo del álbum, mientras la música se va descubriendo, según palabras de Schaffner, como "una fragmentación total de los estilos del pop y el blues", a los que tanto se recurría en aquel momento. Los primitivos efectos de las cámaras de eco y las voces artificiales de "Astronomy domine" son también precursoras del género "Space Rock" que luego profundizaron otros grupos como los más recientes Spiritualized. Barrett también añade en estas grabaciones el uso de la guitarra slide, en aquel tiempo exclusivamente asociada al blues. Norman Smith, ingeniero de sonido de los Floyd, recuerda que la imprevisibilidad de Barrett fue un escollo, pese a ser ése su momento más creativo: "Creo que él usaba la música como una declaración formulada en un momento determinado. Quiere decir que si llegabas cinco minutos más tarde para hacer otra toma, es probable que la interpretación ya no fuera la misma. Era probable que ni siquiera la melodía fuera la misma". Muchos recuerdan a Syd armando figuras al azar con las perillas de la consola para probar diferentes mezclas de sonido. Aquí también nacerá el famoso e hipnótico sonido cuadrafónico que emplearían durante el resto de su carrera.

La única canción firmada por Waters en el disco es "Take up thy stethoscope and walk", claramente desmarcada del resto de los temas y que, de lejos, se ve como una pausa frenética y con intenciones más volcadas hacia el sonido pop (desde un principio Waters y el baterista Nick Mason estaban interesados en que Pink Floyd tomara caminos similares a los de Beatles y Stones). "Bike", quizá la más incoherente letra de Syd en todo el disco, cierra la lista. Los bruscos e inquietantes efectos sobre el final de la canción son recordados hoy como un anuncio de los rumbos que la cabeza de Syd estaba tomando. Meses después, el ácido y el estrés de ser un ídolo pop lo arrojarían al exilio cerebral y psíquico que lo convirtió en el primer muerto en vida de la época psicodélica, recluido hasta el final de sus días en casa de sus padres. Luego de su partida, Pink Floyd conservó la excelencia y perfección del trabajo en estudio que cimentaría las grandes obras conceptuales enseñadas por Roger Waters al mundo entero años después. Pero el vuelo surreal a nivel poético y musical se iría con Barrett, proyectándose como una sombra permanente sobre la existencia del cuarteto reformado con la llegada de David Gilmour.

En "Piper…", así como también en cada "Shine on you crazy diamond" o "Wish you were here" entonados en vivo late el recuerdo de un genio malogrado y condenado a ser un eterno enigma.

PARALELOS QUE SE CRUZAN. "Estoy seguro de que los Beatles copiaban lo que nosotros hacíamos, así como nosotros copiábamos cosas que oíamos por el pasillo", recuerda Peter Jenner, uno de los dos manager de la banda en aquel entonces. En aquellos meses veraniegos de 1967, los Beatles grabaron su definitivo Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band en el estudio uno, mientras que los Floyd lo hacían en el dos. Norman Smith había trabajado en varios discos anteriores de los de Liverpool (luego los Beatles lo llamarían despectivamente "Normal" por la tendencia a la poca experimentación y al pop efectivo que tenía en su forma de encarar la música) y por eso algunos efectos artesanales, como las toallas sobre las baterías para lograr una percusión casi sorda, eran comunes al proceso de ambos cuartetos. "Fue algo realmente extraordinario", comenta a Schaffner el escritor Barry Miles, sobre el encuentro de Lennon y McCartney con los Floyd, a quienes ya conocían por frecuentar las fiestas psicodélicas. "Los Floyd eran muy ingenuos. Decían `¿puedes oirme?` ya que pensaban que el cristal a prueba de sonidos del estudio lo impedía, cuando en realidad tenían todos los micrófonos abiertos. Era una completa inocencia, algo realmente conmovedor". Miles también recuerda que los Beatles ya veían en Pink Floyd el nacimiento de una nueva vertiente musical: "En mis conversaciones con McCartney siempre se mostraba convencido de que se produciría una nueva síntesis de música electrónica y técnicas de estudio y rock n´ roll. No consideraba que los Beatles fueran el vehículo adecuado para ello. Pero sí pensaba que los Pink Floyd estaban haciendo eso mismo de lo que él hablaba".



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