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La historia de la tecnología nuclear
El comienzo del juicio final

JORGE ABBONDANZA

EN LA MADRUGADA del 16 de julio de 1945, una gigantesca columna de humo se levantó con estruendo sobre el desierto de Nevada hasta formar lo que luego se denominaría un hongo nuclear. Con esa prueba se inauguraba la Era Atómica, un período de la historia bajo cuya sombra ha vivido la humanidad hasta hoy. Pero en aquel amanecer de hace 63 años, los científicos que habían fabricado la bomba ni siquiera sabían si el artefacto funcionaría. Podía no haber estallado y cabía la otra posibilidad de que su reacción en cadena fuera incontrolable, contaminando todo un continente con su lluvia de radioactividad. Sin embargo la bomba funcionó tal cual se esperaba, de manera que tres semanas más tarde otro dispositivo similar pudo lanzarse sobre la ciudad japonesa de Hiroshima con las consecuencias que son de dominio público.

Allí culminó el proceso que el estudioso P. D. Smith cuenta en las 552 páginas de su libro Doomsday Men (Penguin). Esos hombres del día del Juicio Final a que alude el título, fueron las lumbreras del equipo de físicos, químicos, ingenieros y matemáticos que tuvo a su cargo el Proyecto Manhattan, un carísimo emprendimiento en el que llegaron a trabajar 130.000 personas y cuyos cerebros mayores se encerraron durante dos años en el laboratorio secreto de Los Alamos, hasta que su terrorífico producto explotó por primera vez en aquella mañana de 1945. La crónica de ese proceso abarca etapas novelescas, como la carta que Albert Einstein le mandó el 2 de agosto de 1939 al presidente Roosevelt alertándolo sobre la posibilidad de que Hitler llegara a tener armas atómicas, un riesgo que pudo cambiar la historia contemporánea.

El libro de Smith demuestra que Hitler perdió esa carrera porque su política de antisemitismo obligó a salir de Alemania a un batallón de científicos de primer orden, que no sólo eran la flor y nata de su época sino que en poco tiempo integrarían los centros de investigación de Inglaterra y Estados Unidos donde se desarrolló el control de la energía atómica. Cuando el nazismo llegó al poder en 1933, el 20 por ciento de los profesores universitarios del Reich eran judíos, pero en los grandes institutos científicos (como el de Dahlem, donde trabajó Einstein) esa proporción era mayor, de modo que ello permite calcular lo que Hitler perdió y lo que ganaron los países anglosajones en el curso de unos pocos años, período que coincidió con la creación de la Bomba del Juicio Final. Claro que Hitler se suicidó cuatro meses antes de Hiroshima y no pudo ser testigo de la consecuencia más atronadora de su estrategia racista.

ANTECEDENTES. Lo que P. D. Smith se toma el trabajo de enumerar no son solo los rasgos de asombrosa capacidad anticipatoria contenidos en muchas novelas de futurología desde fines del siglo XIX, en especial las de H.G. Wells (La guerra de los mundos, Lo que vendrá), donde hay anuncios de la hecatombe nuclear con pormenores que Nostradamus podría envidiar. El autor detalla además la hilera de descubrimientos científicos que fueron abriendo camino para el estudio del átomo y la posibilidad de partir lo que se consideraba indivisible, porque en muchos sentidos esos avances también abrieron la cabeza de los investigadores, colocándolos al borde de lograr el sueño de los antiguos alquimistas. Entre esos descubrimientos figuran los Rayos X y por supuesto el radio, elemento químico aislado a partir de minerales de uranio por Marie y Pierre Curie, cuyas propiedades en apariencia misteriosas fueron el cabo del ovillo para otros descubrimientos espectaculares. Uno de ellos consistió en la división del átomo con ayuda de los neutrones, una operación capaz de liberar energía produciendo una fuente descomunal de calor y de fuerza. Pero antes de que los físicos exploraran ese territorio, la fantasía literaria se les adelantó no sólo gracias a Wells sino también a Aldous Huxley o al diplomático Harold Nicolson -marido de la conspicua Vita Sackville West- que en los años 30 escribió un libro donde ya hablaba de "las nuevas armas de destrucción masiva" sin imaginar la macabra popularidad que esa frase tendría siete décadas más tarde. De hecho, tales armas eran una obsesión desde la época de la Primera Guerra Mundial, en la que científicos como Fritz Haber experimentaron con gases venenosos esparciéndolos sobre las trincheras enemigas con un efecto devastador que luego los Aliados sabrían imitar. Las armas químicas y biológicas (lanzar gases asfixiantes o virus mortíferos sobre filas militares o aún entre poblaciones civiles) han sido una idea que perduró más allá de la guerra de 1914, hasta Saddam Hussein incluido, pero en materia de destrucción masiva fueron superadas por el alcance letal de las bombas atómicas, que el 6 de agosto de 1945 mataron a 100 mil personas en Hiroshima y tres días después a otras 70 mil en Nagasaki, determinando la capitulación del gobierno japonés, aunque abriendo también una polémica sobre la ética de tales holocaustos.

Claro que Smith se ocupa de aclarar al lector que la inmolación masiva de poblaciones civiles no se inauguró en Hiroshima. Para ello, repasa minuciosamente lo que había ocurrido poco antes en los bombardeos con armas convencionales sobre Colonia (1942), Hamburgo (1943), Dresde (1945) y Tokio (1945), donde las bombas incendiarias ya asesinaban a otros cientos de miles de hombres, mujeres y niños, convirtiendo a los civiles en las nuevas víctimas de la guerra y borroneando la frontera que separa a los Buenos de los Malos en un moderno conflicto bélico. Hasta Churchill se espantó verbalmente ante el horror de Dresde, esa ciudad que era una joya del Barroco y que las bombas inglesas y norteamericanas convirtieron en un paisaje lunar donde hubo que armar parrillas gigantes para quemar los cuerpos de los muertos.

CONSECUENCIAS. Pero nada de eso se compararía con las armas atómicas después que Hiroshima mostró las temperaturas de miles de grados centígrados que derretían la carne y los huesos (también el carbón) o los vientos con una velocidad similar a la del sonido que desencadenaba la explosión de la nueva bomba, demoliendo todos los muros y techos a su paso. Ese terror moderno estrenado en 1945 provocó el rechazo de una parte de los científicos que habían intervenido en la confección de la bomba, 68 de los cuales firmaron un documento donde advertían sobre las consecuencias de la energía que habían ayudado a liberar. Pero ya era tarde, porque luego de las primeras bombas vino la respuesta soviética desde 1949 (fecha en que la URSS detonó su primer artefacto atómico) y llegó sobre todo en los años 50 la bomba de hidrógeno, mil veces más potente que su predecesora de Hiroshima, seguida del monstruo de la bomba de cobalto, con la cual se podría borrar todo rastro de vida sobre el planeta. De todo eso habla P. D. Smith agregando oportunas referencias cinematográficas, porque la pantalla supo ocuparse del temor nuclear con películas dramáticas (La hora final, 1959) o ejercicios de humor magistral (Doctor Insólito, 1964), donde Stanley Kubrick transparentaba un largo friso de la realidad, desde el legado exterminador del nazismo hasta la locura de militares aliados enrolados en delirios similares, mientras las superpotencias competían por el número de megatones que podían alcanzar sus respectivas bombas. A esa altura, los investigadores embarcados en la carrera termonuclear ya proclamaban sus reparos morales ante unas armas suicidas, pero también lo hacía un sector de la opinión pública en marchas pacifistas dispuestas a frenar la calamidad atómica y la amenaza del polvo radioactivo que algunas mentes afiebradas proponían rociar sobre territorio enemigo.

REFLEXIONES. La historia es injusta y su memoria es desprolija, porque retiene en una categoría estelar el nombre de Albert Einstein, pero puede borrar en cambio el de otros participantes en el desarrollo atómico, desde el italiano Enrico Fermi o el alemán Otto Hahn, hasta la austríaca Lise Meitner, el francés Frédéric Joliot-Curie, el dinamarqués Niels Bohr o el húngaro Leo Szilard, un genio extravagante que viajó en su juventud desde Budapest a Berlín, allí trabajó brillantemente, escapó luego del Führer hacia Londres y después se afincó en forma definitiva en Nueva York y Chicago para compartir el protagonismo en la generación de la bomba. Al dejar atrás el nazismo creyó que también se salvaba de la policía secreta, pero se sorprendería cuando la vigilancia norteamericana comenzó a sospechar de él por su conducta excéntrica, su afición a las delicatessen, su acento alemán y su origen judío, todo lo cual constaba en largos informes confidenciales. Ese espionaje era el embrión del maccarthysmo, una oleada represiva cuyo estallido ideológico fue posterior a Hiroshima y cortó la actividad de unos cuantos científicos, incluido Robert Oppenheimer, que había dirigido el Proyecto Manhattan y después de esa proeza no fue premiado sino perseguido.

Desde 1945, Prometeo había vuelto a robar el fuego de los dioses. Por primera vez en la historia humana se llegó a producir un arma capaz de aniquilar a la misma cultura que la había creado. Lo que poca gente sabe es que el paraje del desierto de Nevada en que tuvo lugar la primera prueba atómica en julio de aquel año, había sido bautizado por los españoles del siglo XVI como Jornada del Muerto. Cuatrocientos años más tarde, el nombre no sólo era sombrío sino además profético.



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