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La otra vida

FELIPE POLLERI

EN Aurelia, Gérard de Nerval (1808-1855) relata uno de sus accesos de locura, el más largo y el que dio a luz uno de los textos más bellos de la literatura. Pero tengo la sospecha que frente a Aurelia y las otras grandes obras de Nerval hay dos posiciones que se excluyen: determinada clase de lectores (por ejemplo, yo) enseguida se abandonan a la belleza alucinante de esa prosa impar. La otra clase, por el contrario, se deja ganar por la angustia. O al menos, la incomodidad. Comprobé muchas veces en mis ratones de laboratorio ese malestar que produce la obra del gran Nerval. Pasa que en Aurelia no existe la complicidad, esa aburrida seguridad, que los buenos anfitriones siempre ofrecen a sus invitados; visitar a Nerval, para muchos lectores, es entrar a un laberinto y escuchar, perdidos en la primera vuelta, los bramidos de ese Minotauro: la locura. Verdad que Nerval no pretende asustar a nadie y describe sus locas euforias y depresiones con una bonachonería y un afán casi didáctico que ya en la primera página revelan la pureza de sus intenciones. Más todavía: lo que Nerval pretende es describir la locura desde la cordura de un escritor ya felizmente curado, uno de los paladines del romanticismo francés. Pero los sueños y ensueños (bellísimos), las pesadillas y las alucinaciones (bellísimas), los saltos temporales, el delirio, la locura, en fin, se apoderan de las palabras quitándoles su sentido unívoco, aceptado, cómodo. De hecho: pronto se hace obvio que Nerval se encuentra lejos de estar convencido de que lo que experimentó durante la locura no haya sido tan real como lo que los otros llaman la realidad; en una frase o en la siguiente afirma como verdadero lo que antes había denunciado como falso, y viceversa. Sus extraordinarias visiones, muchas de ellas hijas de su iniciación en el ocultismo y la cábala, muchas hijas de sus temores más profundos e incontrolables conviven con su amor fracasado por esa "mujer a la que llamaré Aurelia", con los esfuerzos de sus amigos por volverlo al mundo de la razón, con las calles de París, etc. No quiere demostrar nada (a no ser que "el sueño es otra vida"), ni criticar nada, ni vendernos nada; apenas pretende darnos un trozo, especialmente significativo para él, de su extraña vida. Y logra, con su genio verbal, con su espíritu visionario, con su desgarradora sinceridad, brindarnos una experiencia estética y vital de una riqueza incomparable.



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