Un viaje por el tiempo

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DANIEL VELOSO

ORIENTE SIEMPRE llamó la atención de los viajeros europeos. Las enormes distancias que separaban a los pueblos orientales de los occidentales servían de campo de cultivo a innumerables historias y leyendas. Estos relatos viajaban junto a los caravanas de un extremo a otro de la ruta de la seda, por lo menos desde el primer milenio antes de Cristo. La ruta, que en realidad era una profusa red comercial, se extendía a lo largo del continente asiático, desde Siria hasta la lejana China. De ella se desprendían otros ramales que iban de Siberia a los oasis de Asia Central. Se comercializaban pieles del norte por cereales del sur, o caballos de las estepas por seda de la China. Ésta era muy apreciada por sus colores y resistencia, tanto que los emperadores chinos contenían a los bárbaros de las fronteras pagándoles con este tejido. Por el siglo I antes de Cristo el comercio de la seda llegó a Persia, donde la conocerían los romanos. Los emperadores y el patriciado romano enloquecieron por ella a pesar del excesivo precio que pagaban. De qué planta o animal se obtenía esta tela prodigiosa era un secreto celosamente guardado por los chinos, estando en riesgo la vida de quien lo revelara. Recién en el siglo XIII el imperio mongol comunicó los extremos del continente, haciendo que China y Occidente comenzaran a intercambiar noticias. Aprovechando la relativa seguridad de los caminos que ofrecía la Pax Mongólica, misioneros y comerciantes europeos viajaron hacia el este. El más conocido, Marco Polo, relató en el libro Il Milione su viaje a China y lo que allí encontró. De ahí en más el Libro de las maravillas atraería hacia Oriente a una multitud de viajeros y exploradores.

SOÑANDO CON OCCIDENTE. Colin Thubron nació en Londres, Inglaterra, en 1939. Comenzó su vida de viajero en los años sesenta, recorriendo Siria y el Líbano. De sus impresiones surgieron los libros Semblanza de Damasco en 1967 y Las montañas de Adonis en 1968, recopilados en Entre Árabes (Península, 2002). El éxito de estos relatos lo convirtieron en un escritor de libros de viajes, cosa que lo llevaría en las décadas siguientes hasta Rusia y Asia Central. En el 2003, a los 64 de edad, comenzó el más ambicioso de sus viajes: recorrer la ruta de la seda en solitario, desde China hasta el Mediterráneo, a pesar de que la ruta "oficialmente ha desaparecido", como aclara.

Hoy el Asia Central está cruzada por intrincadas fronteras que no permiten la libre circulación de personas y bienes como en el pasado. Las ex repúblicas soviéticas junto a las grandes potencias como China y Rusia se reparten esta región rica en recursos energéticos. Seguir la ruta de la seda "es seguir a un fantasma" dice Thubron.

En el libro que cuenta su viaje, Thubron prioriza los diálogos con las personas que va encontrando, más que los paisajes. Muchas veces, al verse solo, atravesando grandes espacios deshabitados, o simplemente durmiendo en una tienda nómada, añora su hogar y a su familia.

En Xi`an, la que fuera la capital del primer emperador chino, el escritor conoce a Huang, un joven chino que quiere dejar su trabajo como empleado y emigrar a Brasil "a trabajar de lo que sea", aún sin saber portugués. El joven "había crecido en la nueva China, donde ser rico era glorioso", explica Thubron. La ciudad de Xi`an, de la que alguna vez partieron caravanas de hasta mil camellos, había sufrido grandes cambios desde que el inglés la visitara en los ochenta. Las calles ahora bullen de autos nuevos, los jóvenes andan vestidos a la moda occidental y los anuncios ofrecen las mejores marcas de Occidente. Sólo al internarse por calles alejadas del centro, Thubron ve la vieja ciudad, pero también encuentra a los hombres y mujeres que quedaron al margen del cambio. Esos ancianos, piensa, después de sobrevivir a la ocupación japonesa o a la Revolución Cultural de 1966, ya "habían terminado por descubrir que sobraban".

DONDE CHOCAN LOS IMPERIOS. En un ómnibus destartalado, Thubron es el único occidental, apretujado entre un grupo de campesinos uigures, parte de la etnia turca de la provincia autónoma de Xinjiang. A ambos lados del camino sólo ve la arena que hace volar el viento. De pronto el ómnibus es detenido en mitad de la nada por unos hombres vestidos de blanco y con tapabocas. Bajan a los pasajeros y los conducen hasta unas carpas donde les toman la temperatura. Se trata de un puesto de control de las autoridades sanitarias chinas para intentar frenar a la neumonía atípica propagada desde las ciudades de la costa.

Días más tarde, viaja hasta la ciudad de Urümqi para ver en un museo las momias de un pueblo caucásico que habitó Asia Central hace cinco mil años. Mantenidas por el ambiente seco del desierto, las momias conservan sus cabellos rojizos y sus tejidos de lana. Son la prueba del desplazamiento de pueblos venidos del oeste siguiendo las viejas rutas. En Yongchang, una ciudad rural, el escritor le pide a un guía que lo lleve a conocer a los hombres que los chinos dicen que provienen de Lijiang, la lejana Roma. Tal vez, explica, sean los descendientes de los legionarios romanos capturados en la batalla de Carras contra los partos en el 53 a.C. Llega a una granja humilde donde vive una anciana con su hijo, casi albino. El muchacho no comprende bien qué ocurre, pero con sus ojos grises lo mira como si pudieran "ser parientes", escribe. Por no tener rasgos chinos, el muchacho es segregado en su pueblo. Es un "romano" como el extraño visitante. "¿Va a llevarme de regreso a Inglaterra con usted?", le pregunta. El inglés, sorprendido, piensa por qué se mete en tales problemas.

Viajando hacia el oeste, rodea el Takla Makán, el desierto "más peligroso del mundo", una extensa depresión rodeada de montañas. En sus bordes están los oasis, como Hotán, donde se crían gusanos de seda, el secreto tan celosamente guardado por los antiguos chinos. Más al oeste termina China y comienza el mundo musulmán. La cadena montañosa Tian Shan se alza con sus 7.000 metros y en sus faldas está la antigua Kashgar. En ella los imperios ruso y británico jugaron su partida por los recursos de Asia. Hoy es China la que juega sus cartas remodelando la ciudad medieval en una moderna urbe de cemento. Thubron visita una mezquita llena de fieles. Allí un muchacho uigur le cuenta que quiso casarse con una chica uzbeca, pero los padres de ella lo impidieron. "Somos una minoría perseguida y nadie quiere casarse con un uigur", se lamenta. El problema, piensa Thubron, es que la provincia es valiosa por los grandes depósitos de hidrocarburos que tiene. Por eso el gobierno chino trabaja eficazmente para desarticular el nacionalismo uigur. El escritor piensa que si Rusia hubiera conquistado Xinjiang en el siglo XIX, los uigures, tras el fin de la Unión Soviética en 1991, hubieran obtenido un estado independiente, como les ocurrió a sus vecinos.

NUDO DE FRONTERAS. En su recorrido por las ex repúblicas soviéticas, Thubron nota que sus economías están deprimidas, con sus viejas industrias abandonadas por los rusos que han emigrado. En Kirguistán charla con jóvenes sobre el futuro de su pequeño país. "Somos un país pobre, nunca buscamos la independencia", le dice Daniar de treinta años. "¿En qué debemos creer?, ¿En el Islam? El árabe no es mi lengua. Somos gente de montaña", le explica.

Más adelante Thubron baja al fértil valle de Fergana, atravesado por varias fronteras que le dan a la región la apariencia de un puzzle, como se aprecia en los mapas que trae el libro. Las diferentes policías fronterizas suben en cada estación en que para el tren buscando droga, contrabando y el infaltable soborno. En Uzbekistán visita Samarcanda, capital del conquistador Tamerlán, feroz genocida, que por ser amante de las artes y la poesía, hoy es el prócer de Uzbekistán. Luego llega al río Amu-Daria, el antiguo Oxus que cruzara Alejandro Magno en sus campañas, y actual frontera con Afganistán. Ante la mirada de la guardia, pasa caminando por un largo puente. En 1989 las tropas soviéticas usaron ese puente para abandonar el país. En 2003 se cumplían dos años de la invasión estadounidense y el derrocamiento de los talibanes.

Thubron sigue el viaje por Irán, donde el paisaje se hace más urbanizado, para volver a las montañas del Kurdistán hasta llegar al mar Mediterráneo, en Antioquía, Turquía. En este punto, había completado más de 11.000 kilómetros de recorrido siguiendo el camino de la seda, hasta los puertos en que ésta era embarcada a Roma.

LA SOMBRA DE LA RUTA DE LA SEDA, de Colin Thubron. Ediciones Península. Barcelona. 2007. Distribuye Océano. 429 págs.

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