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Jóvenes en guerra
Niños de malos recuerdos

HUGO FONTANA

COMO SI NO FUERAN en sí flagelo suficiente, los conflictos armados modernos han dejado al desnudo una de las mayores plagas de estos tiempos: la utilización de niños y adolescentes en los campos de batalla, tanto cargando un arma como siendo objeto de comercio sexual o simples víctimas de guerras en apariencia menores o llamadas de baja intensidad, capaces sin embargo de diezmar a pueblos enteros.

El periodista estadounidense Jimmie Briggs, cuya firma aparece habitualmente en medios tan prestigiosos como The Village Voice, Life, The New York Times y Amsterdam News, nombrado por las Naciones Unidas embajador de buena voluntad y enviado especial para conflictos armados con niños, reunió en un volumen el trabajo de largos años cubriendo enfrentamientos bélicos en Colombia, Sri Lanka, Ruanda, Uganda y Afganistán, siguiendo en particular la participación en ellos de menores de dieciocho años, suceso que parece repetirse cada vez con mayor regularidad.

Según el cronista, no hay lugar, raza o cultura que pueda eludir el fenómeno, y la indiferencia o el desdén de los países centrales, más allá del dinero volcado en organizaciones no gubernamentales encargadas de la reinserción de los menores a la vida civil, es uno de los problemas fundamentales del asunto. Ya sean las facciones en pugna motivadas por razones ideológicas, tribales o religiosas, todos los grupos involucrados en los combates han convertido el reclutamiento o secuestro de menores en un hecho habitual, cuando no decididamente generalizado. Los especialistas calculan que en la actualidad más de 300.000 niños y niñas participan en estos sucesos, siendo obligados a cometer los actos más arriesgados, sanguinarios y crueles.

TRES LUGARES LEJANOS. Ruanda es un pequeño país situado en el centro de África, conocido como "las nieblas de África" o "tierra de mil colinas", productor de café y de apellidos casi imposibles de pronunciar, como Uwilingiyimana (ex primera ministra) o Habyarimana (general hutu responsable del golpe de Estado de 1973, asesinado veintiún años después). Poblado hace cientos de años por los pigmeos twa, hace diez siglos recibió a las primeras tribus hutus, que se establecieron pacíficamente. En el siglo XV llegaron integrantes de la etnia tutsi, y durante décadas compartieron el territorio. Pero sobre finales del XIX, cuando Alemania ocupó el país, y luego del traspaso del gobierno a Bélgica al finalizar la primera guerra mundial, todo pareció ir de mal en peor para los ruandeses. Declarada su independencia recién en 1962, la minoritaria población tutsi gobernó el país durante algunos años, hasta que la mayoría hutu se hizo con el poder. Poco tiempo después se registraron brutales enfrentamientos que desembocarían en 1994 en lo que dio en llamarse el Genocidio de Ruanda, el que, en apenas dos meses, cobró la vida de unos 800.000 tutsis y hutus moderados. Los organismos internacionales suponen también que prácticamente cada una de las mujeres sobrevivientes fue violada durante el conflicto, y la mayoría de los niños nacidos de esas violaciones, conocidos como enfants mauvais souvenirs (niños de malos recuerdos) fueron luego rechazados por sus familias o directamente asesinados.

Momentos hubo en la historia reciente de Uganda en que la locura del dictador Idi Amin, quien gobernó aquel país del centro-este de África entre 1971 y 1979, pudo compararse con un rapto de mal humor. Lo cierto es que durante esos ocho años, Amin y sus militares se cobraron la vida de unos 300.000 ugandeses, y si bien una invasión de refugiados en Tanzania terminó con su despótico mandato, casi de inmediato dio comienzo una larga cadena de enfrentamientos regionales que aún siguen provocando centenares de víctimas. A finales de los 80 fue fundado el Ejército de Resistencia del Señor, bajo el liderazgo de un personaje siniestro, "un tal Joseph Kony", según escribe Briggs. Desde entonces, grupos insurreccionales con asiento en Sudán han venido sosteniendo una guerra de guerrillas en el norte de Uganda, y entre sus víctimas frecuentes se cuentan decenas y decenas de menores de edad. No es tampoco demasiado difícil concluir que los niños son una población absolutamente vulnerable si tenemos en cuenta que en el país llega a 7 el promedio de hijos por mujer.

Sri Lanka, isla ubicada en el Océano Índico, a veces conocida como la "Lágrima de la India", otras veces recordada como la República de Ceilán, es una de las mayores productoras de té del mundo, y también de nombres y apellidos no menos raros que los ruandeses, como por ejemplo Ratnasiri Wickremanayake (actual primer ministro), Ranil Wickremesinghe (anterior primer ministro) o Sirimavo Bandaranaike (primera mujer en el mundo que -en 1960- ocupó un cargo de primer ministro). Los cingaleses, primeros habitantes de la isla, llegaron cinco siglos antes de Cristo, en tanto los tamiles, en fechas que se desconocen, arribaron desde India. Desde un primer momento las relaciones entre ambas etnias fueron complejas y se vieron enfrentadas una y otra vez a lo largo de siglos. Ceilán logró su independencia del Imperio Británico en 1948, en 1972 pasó a llamarse Sri Lanka, y desde 1983 la tensión entre las dos facciones fue en aumento y el conflicto cada vez más cruento. Las luchas entre la mayoría cingalés en el gobierno y la guerrilla de los Tigres para la Liberación de Tamil Eelam, o sencillamente Tigres Tamiles, ha cobrado miles de muertos. Las células femeninas, formadas por adolescentes, son las más aguerridas y temibles dentro de la guerrilla tamil. Como si todo esto fuera poco, la naturaleza se ensañó en diciembre de 2004, cuando un terremoto ocurrido en el Índico provocó el tsunami que devastó las costas del país y acabó con la vida de millares de nativos y turistas.

CILINDROS Y FUSILES. Reclutar niños se ha convertido en una práctica común en estas zonas en conflicto, a las que, en el libro, se agregan las situaciones que se viven en Colombia, en particular las que dependen de las FARC y de los paramilitares, y en Afganistán, alrededor de los grupos liderados por los talibán y las fuerzas opositoras en su momento -y luego integradas al actual gobierno de la Alianza del Norte-. "Poco antes de diciembre de 2000 unos dieciséis mil chicos menores de dieciocho años habían servido en el ejército colombiano", informa Briggs en el capítulo dedicado a la nación andina. Protestas de diversos organismos obligaron al gobierno de Álvaro Uribe a reducir estos contingentes, que sin embargo no han dejado de operar en una y otra zona de Colombia. El panorama en el entorno de los grupos insurgentes y de los paramilitares no es menos dramático. "Las FARC me prepararon poco a poco, sobre todo con entrenamiento y lucha", contó al autor Luis, un joven alistado por la guerrilla a los catorce años. "Me entrené ocho meses. Algunas veces los jefes nos trataban bien y otras mal", continuó el muchacho. Poco después fue ascendido y se especializó en el armado de bombas incendiarias y cilindros bomba utilizados en los ataques a destacamentos policiales y bases militares.

Los cilindros se confeccionan con fertilizante, gas, combustible y pólvora. Luis cortaba chapas de metal e introducía los trozos en los cilindros, a modo de metralla. "Era un trabajo peligroso, porque no se pueden mezclar los productos químicos. (…) Cuando preparas los cilindros, pueden salir disparados y matar a mucha gente."

La venta indiscriminada de armas livianas ha permitido además, tanto en Colombia como en el resto de los países aludidos, el fácil manejo por parte de jóvenes, infantes a veces. Briggs enumera algunas de las utilizadas en Colombia, citando a los Galil (fusiles de asalto israelíes), Kalashnikov, pistolas parabellum 9 mm., carabinas ligeras M4, fusiles de asalto M14 y M16, fusiles AR-15 "que pueden perforar el cemento", granadas de fragmentación y minas antipersona.

UN MAPA Y UNA VAGA IDEA. Un muchacho afgano de catorce años acabó con la vida de Nathan Ross Chapman, un suboficial de treinta y tres años, tres meses después del atentado contra las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001. Fue el primer soldado estadounidense muerto tras la invasión a Afganistán, en lo que dio en llamarse, entre tantos otros eufemismos, Operación Libertad Duradera.

En 2004 Briggs viajó a Afganistán intentando dar con el joven guerrillero, "provisto únicamente de un mapa y de una vaga idea de cómo llegar" a Jost, localidad fronteriza con Pakistán, donde había ocurrido el hecho. Se encontró en un país con unas diez millones de armas ligeras, además del armamento pesado dispuesto por invasores y otros grupos beligerantes, y pudo también comprobar que su propio país "ha sido el mayor obstáculo para la constitución del Tribunal Penal Internacional (TPI) por temor a que su personal militar pudiera ser objeto de persecución judicial". A esa altura, las conclusiones de Briggs pueden parecer un tanto ingenuas, aun cuando no hay en sus páginas la menor justificación "de la furia militar estadounidense", además de un reconocimiento expreso de que Estados Unidos ha ofrecido ayuda militar a los cinco países abordados en el libro, y de que en el caso afgano, entre los sospechosos de pertenecer al talibán y a Al Qaeda detenidos en Guantánamo, hay varios menores.

Finalmente Briggs arriba a Jost y se entrevista con varios líderes locales, hasta que uno de ellos le ofrece hablar con el padre del niño victimario, oferta que el periodista no acepta. Hasta allí llega su investigación. Antes de volver a su hogar, pide que lo lleven a visitar el sitio donde había caído Chapman. "Dejamos atrás las ruinas de una mezquita blanca, a unos metros de la carretera, que los estadounidenses habían bombardeado el primer día del Ramadán. Mataron a ochenta personas. Era muy probable que Chapman hubiera visitado el lugar justo antes de su muerte."

NIÑOS SOLDADO. Cuando los niños van a la guerra, de Jimmie Briggs, Editorial Océano, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 188 págs.

Violadores enmascarados

EN 1990, cuando Ida tenía doce años, la familia la envió a la India. Cuatro años después volvió a Sri Lanka y fue testigo del asesinato de dos de sus hermanos a manos de un grupo paramilitar aliado con el gobierno. A los diecisiete decidió unirse a los Tigres Tamiles y se integró al frente femenino conocido como liberation birds (pájaros libertadores), en el que las guerrilleras reciben un estricto entrenamiento militar y "se les entrega una cápsula de cianuro, que deben colgarse del cuello con un cordel para ingerirla en caso de ser capturadas". Ida permaneció cuatro años con los Tigres, pero finalmente solicitó regresar a su casa. Se entregó al ejército cingalés; volvió junto a su madre. El 12 de junio de 1999 cinco hombres enmascarados la fueron a buscar. En ningún momento se identificaron como pertenecientes a alguno de los dos bandos. La ataron. Cuando la familia encontró su cadáver, pudieron descubrir que la habían violado reiteradamente, que le habían disparado en el vientre y la habían mutilado. "Su cuerpo presentaba dieciocho heridas de bala y de mordeduras humanas."

"Me siento culpable pero no"

EN LA PRIMAVERA de 1994 el ruandés Francois Minani tenía dieciséis años y junto a sus padres y hermanos cultivaba tapioca, alubias y ñame. Una mañana, una pandilla invadió la casa familiar y llevaron a Francois y a cuatro pequeños sobrinos colina arriba. "Si nos das cinco mil francos, nosotros mataremos a los hijos de tu hija", dijo el líder de la banda a la madre de Francois. "Si no, Francois tendrá que hacerlo por nosotros". Munido de una azada, el muchacho, hijo de madre tutsi y padre hutu, hundió el cráneo de sus sobrinos y empujó los cadáveres a una fosa repleta de cuerpos. Después volvió a su casa. Una vez finalizado el conflicto, el gobierno tutsi lo encarceló junto a otros 5.000 menores por haber participado en el genocidio. Fue juzgado y condenado a cárcel. Cuando regresó a su casa, era un hombre desolado y destrozado. Diez años después de la matanza, el autor lo detectó en su aldea natal. Hacía dos años que se había casado. Tenía un hijo. "Algunas veces, cuando lo pienso, me siento culpable, pero otras no", le dijo a Briggs.



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