FELIPE POLLERI
DAVID Foster Wallace (1962) es uno de los pocos escritores vivos que me asombra. Creo que (salvando a Cormac McCarthy, si el viejo está vivo) Wallace es el escritor vivo más importante de USA. Leí dos libros de cuentos: La chica del pelo raro y Entrevistas breves con hombres repulsivos y una novela: La broma infinita; pero estas tres obras alcanzan y sobran para ubicarlo muy por encima de Philip Roth, Updike, Don DeLillo, Pynchon, etc. Su permanente invención formal, la invariable belleza y claridad de su prosa (aún en las traducciones se nota que tiene un "oído" excepcional). Su extraordinaria contemporaneidad que lo invita a usar todas las jergas culturosas del Imperio y satélites, su humor ácido, su maravilloso don para la sátira de costumbres unido a una pudorosa compasión, sin olvidar los riesgos que corre abandonándose a las volteretas de su imaginación, etc. , etc. , lo convierten en uno de mis preferidos.
Hay un término musical (no sé nada de música, excepto que me gusta Goyeneche) que dicen que dicen que se llama "ataque". Creo entender que es el momento en que por ejemplo un cantante, retrasándose, adelantándose, aullando o lo contrario, "ataca", de manera inesperada y extraordinaria y completamente personal, el silencio que se produjo. Bueno: el "ataque" de Foster Wallace, el originalísimo ángulo con que "ataca" un tema complejo es invariablemente el más simple y el más rendidor de todos los posibles e imposibles. Por ejemplo, hay que ver la forma con que "ataca" el tema de la depresión para que no sea tan aburrido y deprimente como de costumbre. Leamos juntos entonces el fragmento de un cuento, "La persona deprimida", muy apropiado además para este mundo lleno de personas deprimidas. "Y la persona deprimida siempre se tomaba la molestia, cuando ya siendo adulta intentaba explicar a alguna amiga de confianza las circunstancias de la pugna por el coste de su ortodoncia y el legado de angustia emocional que tuvo aquella pugna en ella, de admitir que tanto a su padre como a su madre podría muy bien haberles dado la impresión de que en realidad se trataba justamente de eso (es decir, de una cuestión de "principios"), aunque desgraciadamente aquellos "principios" no tenían en cuenta las necesidades de su hija ni sus sentimientos al recibir el mensaje emocional de que obtener pequeñas victorias mezquinas sobre el otro era más importante para sus padres que su salud maxilofacial (…) Esto no es más que un ejemplo. La persona deprimida interpolaba un promedio de cuatro disculpas cada vez que les contaba por teléfono a las amigas que le prestaban su apoyo (…) lo doloroso y aterrador que resultaba no ser capaz de explicar la angustia atroz que producía la depresión crónica y estar obligada a contar ejemplos que probablemente parecían, tal como ella siempre se molestaba en admitirlo, siniestros o autocompasivos o la hacían quedar como una de esas personas narcisísticamente obsesionadas" y 30 páginas más de la misma cháchara sicoterapéutica.
En fin: dudo que encuentren en el panorama actual de las letras a un escritor más creativo que este niño de 40 y pocos años, es decir, con 60 años por delante (o más si vive en un ambiente 100x100 libre de humo de tabaco)