CARLOS CIPRIANI LÓPEZ
A 70 AÑOS DE LA MISTERIOSA desaparición del científico italiano Ettore Majorana, se editó en nueva traducción al español la novela que -en 1975- Leonardo Sciascia dedicó al oscuro caso.
Majorana nació en 1906 en Catania, la antigua capital de Sicilia. Fue educado en una escuela jesuita de Roma y en el liceo Torcuato Tasso. A los 16 años ya había completado los estudios secundarios. En 1923 se matriculó en la escuela de Ingenieros de la Universidad de Roma y luego de cuatro temporadas de estudios solicitó ser transferido al Instituto de Física Teórica.
Se licenció en 1929 y obtuvo el doctorado con mención honorífica. Desde ese momento, por las cosas del destino, estuvo cerca de un par de científicos famosos.
A principios de los 30 trabajó con el profesor Enrico Fermi, (quien en 1938 ganó el Premio Nobel "por sus demostraciones sobre la existencia de nuevos elementos radioactivos", y en 1942 condujo la construcción de la pila nuclear, logrando la primera reacción en cadena controlada de fisión nuclear, en la Universidad de Chicago).
Un tiempo después, en 1933, cuando fue becado por el Consejo Nacional de Investigación y residió en la ciudad alemana de Leipzig, casi convivió con Werner Heinsenberg, ganador del Nobel en 1932. Con él Majorana mantuvo una sincera amistad, mientras a la par resultaba testigo del ascenso al poder de Hitler. Sobre este hecho, a través de algunas cartas, opinó siempre con recato. Admiraba la eficiencia germana y acaso le agradaban los elogios que el poder alemán y su prensa dedicaron a la Italia fascista, su armamento y su fútbol. Pero en realidad, así como Majorana reveló en diversas circunstancias de su vida pública el porte de un tipo chúcaro, también se manifestó apolítico, y nunca pudo probarse su adhesión al nazismo ni actitudes colaboracionistas.
HIPÓTESIS. En 1937, después de un concurso manipulado que lo marginó groseramente de un grado académico para el que le sobraban méritos, Majorana fue nombrado profesor de la Universidad de Nápoles, a manera de pobre compensación. Ya impuesto en el cargo docente, el 25 de marzo de 1938 se embarcó para un viaje corto, desde Nápoles hasta Palermo. Y desde ese día nadie lo vio más, o mejor dicho: nadie parece haber podido afirmar a carta cabal que lo vio.
Durante años se manejaron varias hipótesis, algunas amparadas en cartas por él firmadas. Y otras, basadas en estrafalarios testimonios. Se habló de suicidio, de secuestro llevado a cabo por bandos fascistas que lo habrían entregado a los nazis, también de una fuga hacia la Argentina, y hasta de una desaparición en un globo extraterrestre.
El maestro Fermi, cinco años mayor y a la postre una especie de rival cotidiano, llegó sin embargo a decir que Majorana no resultó un científico de primera línea, sino un genio a la par de Galileo y Newton.
Fue a partir de ese juicio que también se ha manejado como hipótesis en torno a su desaparición la posibilidad de que Majorana se anticipara a todos sus colegas para reconocer la capacidad destructiva de la energía atómica, al punto de decidir su propia reclusión en un monasterio, a su regreso de Nápoles, un día después del citado viaje a Palermo. Con eso habría conseguido alejarse completamente de cualquier chance de incidir en el desarrollo de artefactos capaces de tentar a los poderes en pugna, pero sobre todo a los más "familiares" o "fronterizos", los de Mussolini y Hitler.
Precisamente, el Duce, no bien tuvo noticias de la desaparición de Majorana, impartió en vano una orden rotunda: "¡Quiero que lo encuentren!" .
TENSIÓN MAGISTRAL. En el libro de Sciascia se identifican dos carriles de intriga. Por uno se avanza en el tiempo, el narrador se vuelve una especie de historiador-detective que indaga en diversas fuentes y encadena el "gran hecho" con sus causas posibles. Por el otro carril se vuelve al mismo acontecimiento que motiva la novela, una desaparición (una muerte) que es interpelada e interpretada de diversas maneras, hasta dar a entender una versión muy cercana a la verdad, y eso gracias a una comprensión cada vez más honda del suceso y del personaje.
Se trata en principio de una verdad literaria, compleja y verosímil en el despliegue de la trama. Pero se insinúa como algo más que una verdad literaria, aunque no haya alcanzado el rango de cosa juzgada en los tribunales.
La tensión manifiesta entre dos órdenes (lo que Todorov definió como registro del "hacer" y registro del "ser"), propia de los policiales clásicos, en manos de Sciascia traspasa categorías genéricas. El propio autor definió este libro como "novela filosófica de misterio", y parece perfecto, porque supera incluso los límites de otros trabajos suyos que también él etiquetó como "novelas de investigación judicial".
A medida que el lector avanza en el texto se siente cada vez más sumergido en un mundo en donde la estética enfrenta y se opone a la simpleza de las versiones estatales o de particulares involucrados.
Y así como la historia documental ha contrapuesto tres relatos acerca de la muerte del también siciliano Arquímedes, en su novela Sciascia contempla todas las razones que podrían haber llevado a la desaparición de Majorana, y además perfila un desenlace que genera impacto.
El atrevimiento del autor para enfrentar un misterio y ensayar una revelación brilla por sí mismo, pero también por la estupenda estructura sobre la que se manifiesta.
Otra vez en este libro es demoledora la suma de evidencias que permiten establecer una convicción, y es impecable el estilo para entretejer cartas con recortes de prensa y testimonios diversos.
LA FÍSICA Y EL AJEDREZ. Las pruebas para un nuevo planteo del caso llegaron a Sciascia gracias al aporte de Erasmo Recami, otro profesor de Física Teórica que a comienzos de los setenta fue nominado por el Consejo Nacional de Investigación para reunir la obra completa de Majorana.
Según diversas fuentes, Recami nunca rechazó las suposiciones de Sciascia, como sí lo hizo Eduardo Amaldi, que también estudió para su doctorado con Fermi, aunque un año después que Majorana. Para Amaldi era imposible prever por los años treinta en qué derivaría la investigación nuclear, por ejemplo durante la Segunda Guerra, cuando el profesor Fermi participó en el desarrollo de la bomba atómica dentro del proyecto Manhattan.
Pero si bien las conjeturas de Amaldi asoman sensatas para estudiosos del tema, la determinación de Majorana quizás haya superado en inteligencia a la de sus docentes y condiscípulos.
Se cuenta por ejemplo que ya a los 7 años de edad apareció presentado en páginas de un periódico catanés como un temible jugador de ajedrez. Y también se cuenta que mientras Fermi resolvía complejas ecuaciones a lo largo de días, Majorana llegaba a los mismos resultados en pocas horas.
Algunos de los papeles que cita Sciascia dejan entrever o directamente indican que si algo no tenía Majorana, eso era sentido común. Fue un fumador empedernido, y un genio nacido para despistar, un italiano con rasgos de árabe, capaz de renunciar a la ciencia por puro miedo o quizás por pura prestancia lógica, en pro del cosmos.
LA DESAPARICIÓN DE MAJORANA, de Leonardo Sciascia. Tusquets Editores. Barcelona, 2007. Distribuye Urano. 116 págs.