Álvaro Ojeda
ES INEVITABLE para el lector del libro de Saul Friedlander volver una y otra vez la mirada hacia la portada. El rostro inescrutable del Cardenal Pacelli (Pío XII) parece indicar alguna cosa. Enjuto, levemente crispado, casi cadavérico. Poco importa la esvástica que como incentivo para la venta le brota desde la cabeza. El rostro sobresale igual en su parca ambigüedad, en su afectada pulcritud, en su frialdad de estadista. Sin embargo, nada más alejado del escándalo que este libro, redactado por un judío salvado del exterminio por una familia católica francesa. El texto posee una pavorosa objetividad. Friedlander sabe que la convicción no es condición suficiente. Sabe que la verdad necesita documentos, archivos, pruebas. Y las obtiene con la terrible excepción de los archivos vaticanos. Esta mudez constituye para el autor otro dato objetivo, jamás una suposición de intenciones. En el peor de los casos, un obstáculo.
PURO DATO. La descripción de las fuentes es minuciosa. Archivos de la cancillería alemana, archivos alemanes microfilmados por los aliados, biografías oficiales del Papa. En esa vasta burocracia de muerte que fue el nazismo, Bergen, el embajador ante la Santa Sede, fue esencial. Si bien era funcionario del Reich, no formaba parte de los cuadros nacionalsocialistas. Y su alegría con el advenimiento del cardenal Pacelli al papado no deja de sorprender. De Bergen constan casi todos los informes redactados en ese lenguaje aséptico de los diplomáticos. Alemania siempre es admirada por el nuevo Papa. Las protestas por los sacerdotes polacos asesinados son discretas. No lo son tanto las cartas personales del Papa felicitando a Hitler. Son demostraciones de admiración algo impúdicas. El Cardenal Pacelli fue nuncio en Alemania largos años. Seguramente su admiración por el pueblo alemán era enorme. Tan enorme como su odio al bolchevismo, al que supo enfrentar cuando la revolución espartaquista de 1919 en Munich.
Si el jefe de la iglesia debe obrar como estadista, Pío XII pasó de la admiración a la concesión cuando ni siquiera Chamberlain pastaba por esas praderas. Si presionar a los obispos latinoamericanos para enfrentar la posición estadounidense reflejada en el Tratado de Río, si silenciar al Osservatore Romano en sus comentarios sobre la política de exterminio en el este de Europa, son razones de estado, el Papa cumplió como todo un estadista. Salvó a casi 40 millones de católicos. Si el Papa debe ser considerado como el conductor de una fe y de una moral que pretende transformar al mundo, la evaluación cambia. El silencio se espesa, se transforma en ambigua complicidad.
EL PROBLEMA DE LAS PERSPECTIVAS. La última palabra del libro es "perspectiva". La perspectiva del Vaticano frente a Hitler no difería demasiado de la que tenían las potencias democráticas europeas antes de la entrega de Checoslovaquia en 1938. Sólo que se prolongó en el tiempo sin inteligencia ni piedad. Algunos obispos alemanes no coincidían con esta posición. "Sabemos qué ocurrió ayer, ignoramos lo que ocurrirá mañana; pero somos testigos de lo que sucede hoy: en el exterior de esta iglesia la sinagoga está ardiendo y también es la casa de Dios". Estas premonitorias palabras del obispo Lichtenberg, en Berlín, dan otra perspectiva. Acaso el Papa no sabía de la Kristallnacht, acaso no supo de la muerte de este mismo obispo cuando era conducido al campo de concentración de Dachau. Acaso el informe y la entrevista con monseñor Bernardini, nuncio en Berlín, de por lo menos tres organizaciones judías relatando detalladamente el Holocausto, no llegó a oídos del Papa. Acaso el Papa suponía, como le comunicó al presidente Roosevelt, que la neutralidad estadounidense era necesaria para realizar una propuesta de paz junto a la Santa Sede, y de paso ver qué pasaba con la URSS, el anti Cristo. Acaso es por todo esto que luego de 40 años de publicado este libro se sigue sin respuestas oficiales de la Santa Sede. Acaso Pío XII, desde otra perspectiva, fue sólo un emergente de conceptos más especiosos que la Iglesia Católica Apostólica Romana debe aclarar al mundo. Sobre todo cuando exige a ese mundo pensamientos, conductas, actitudes. En la encíclica Mit brennender Sorge, del año 1937, el predecesor de Pío XII, condena de manera abrumadora al nacionalsocialismo, estableciendo de paso ciertas aprensiones de la cancillería del Reich que el cardenal Pacelli aventó en cuanto fue nombrado sucesor en el solio del judío Pedro. La encíclica expresa: "Quien tome la raza o el pueblo, o el Estado, o la forma del Estado, o los depositarios del poder, o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana -cosas todas ellas que ocupan en el orden terrenal un lugar necesario y honorable- quien tome estas nociones para retirarlas de esta escala de valores incluso religiosos y las divinice mediante un culto idólatra, invierte y falsea el orden de las cosas creado por Dios".
Hasta aquí parecía razonable la preocupación nazi sobre Pío XI. El problema, el que hace de su sucesor, Pío XII, más un emergente, o en todo caso un continuador doctrinario en la ortodoxia, sobreviene en otro texto: "Sin embargo, de todas estas enseñanzas que afectan a las ideas racistas, no se puede ni mucho menos deducir que condene necesariamente toda medida particular adoptada por un determinado Estado contra la llamada raza judía. Su ideario comprende sobre este punto distinciones y matices, que es conveniente señalar. Por consiguiente, el asunto debe ser tratado distintivamente."
Una cuestión de perspectivas.
PÍO XII Y EL TERCER REICH, de Saul Friedlander. Península, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 253 páginas.
Las cualidades del Führer
DURANTE 1941, a escasos tres meses de iniciada la invasión a la URSS, el intercambio de palabras conciliadoras entre el Papa y el Führer llega a extremos inquietantes. El 14 de octubre, Weizsacker, segundo al mando en la Cancillería del Reich detrás del ominoso Von Ribbentrop escribe: "El embajador de España, recién llegado de Madrid, me ha comunicado por orden de Serrano Suñer el contenido de dos entrevistas idénticas, una de ellas con el nuncio en Madrid, la otra entre el nuncio en Vichy y el embajador español en dicha ciudad. Por consiguiente, dichas entrevistas son fruto de instrucciones precisas. Ambos representantes de la Curia declararon haber informado al Papa de que, al parecer, el Führer dijo a Franco en Hendaya que el Papa Pío XII era un enemigo del Führer. En caso de que tales palabras hubieran sido pronunciadas, o en el caso de que representaran la opinión del Führer, el Papa lo lamentaría sinceramente. El Papa tenía sentimientos amistosos hacia el Reich. Nada deseaba más vivamente para el Führer que una victoria contra el bolchevismo. Después de una derrota decisiva de la Unión Soviética, tal vez llegaría el momento de una posibilidad de paz". El Papa lamentaría que, en el preciso instante en que el Führer y el Tercer Reich llevaban a cabo tan grandes hazañas, circularan en Alemania opiniones tan poco fundamentadas en cuanto a su actitud.
El 17 de noviembre el embajador Bergen zanja la cuestión.
"El embajador de España en la Santa Sede, Yanguas Messía, llegado después de un permiso de cuatro meses y recibido en audiencia privada por el Papa, me ha contado que, siguiendo instrucciones de Franco, había confiado a Pío XII que las informaciones a él llegadas y según las cuales el Führer había declarado al Caudillo en Hendaya que Pío XII era un enemigo del Führer, eran falsas. El Papa replicó que se alegraba sinceramente de esta noticia pues siempre había tenido no sólo la más viva simpatía por Alemania, sino también admiración por las grandes cualidades del Führer".