Los ocho locos

Felipe Polleri

ROBERTO Arlt (1900-1942) no tenía "buen gusto". Las elegancias, las exquisiteces, los elevadísimos rompecabezas intelectuales de un Borges que lo catapultaron al Primer Mundo, eran totalmente ajenos al terraja de Arlt, que aún hoy es un completo desconocido en los círculos VIP de París o Nueva York. Parece que hay que ser rioplatense (o, en su defecto, un gran lector o un gran crítico) para saber que Arlt es, como el tango, el mejor portavoz de nuestra tristeza y nuestro resentimiento, de nuestra filosofía y nuestra metafísica, de nuestra desesperación y nuestra locura.

Valiéndose de sus porteños chantas y/o delirantes, de su Buenos Aires aplastante y gris, levantó una obra en la que con la fuerza bruta del genio se adelantó (o reinventó) al expresionismo, al existencialismo, al miserabilismo, al surrealismo y a cuanto ismo importante sea o haya sido.

El juguete rabioso, su primera novela, casi una autobiografía, se centra en un niño fantasioso y maltratado que se transforma en adolescente para sufrir las mil y una humillaciones del trabajador de la baja clase media; releerla hoy es comprobar que sigue tan intacta como nuestras frustraciones.

Ya la novela Los siete locos y su continuación Los lanzallamas es adentrarse, sin perder jamás el cable a tierra, en el imaginario rioplatense: nuestros sueños más escondidos, más negados, vergonzosos y ridículos, son expuestos y vividos por una galería de personajes tan ordinarios en público como alucinados en privado. A fin de cuentas, todos esos locos que sueñan con la revolución (financiada por una cadena de prostíbulos) o con la riqueza (fabricando los inventos más disparatados) o con el amor puro e ideal (mientras se casan con prostitutas o pequeñoburguesas) no son otra cosa que hombres y mujeres aplastados por esa mediocridad, tan bonaerense, tan montevideana, que nos enloquece y distingue. El personaje arltiano lucha contra ella, hasta el suicidio, hasta la locura, pero es inútil; siempre termina como la sirvienta que sueña que heredó Trescientos millones (uno de los grandes dramas de Arlt), mientras el hijo de la patrona, borracho, le grita: "Abrí… Abrí, no te hagas la estrecha", sin que el Galán, el Hombre Cúbico o el mismísimo Rocambole puedan rescatarla de su miseria y de la nuestra. Porque somos Arlt, porque a todos nos dijeron: "¡Rajá, turrito, rajá!".

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar