Costumbres españolas

JUAN JOSÉ MILLÁS

Ficciones

HASTA LA SEMANA pasada, las mujeres solteras tenían que rellenar una casilla con el nombre del padre al inscribir a su hijo en el Registro Civil. "Pero si mi hijo no tiene padre", protestaban algunas. "No importa, ponga uno cualquiera". Somos hijos de la ficción, del cuento, de las quimeras. Imagino a esos niños de mayores, preguntando a sus madres quién era ese tal Luis que aparece en su DNI. "No es nadie, hijo, había que poner un padre ficticio y dije el primer nombre que se me vino a la cabeza". También hasta hace poco, cuando ibas a divorciarte, tenías que rellenar una casilla donde ponía "culpable". Y no se disolvía el matrimonio a menos que uno de los cónyuges fuera un malvado. Muchas parejas lo echaban a cara o cruz: otra ficción, otra novela que el Estado te obligaba a componer para acceder a un derecho real.

Y todavía hay gente convencida de que la frontera entre la realidad y la ficción está claramente delimitada. Si somos rigurosos, el mayor productor de ficciones es el Estado, que se pasa el día expendiendo certificados rarísimos e inventando cosas que, como el impuesto sobre el valor añadido, no son sino recursos narrativos para vender más. No soy anarquista porque creo que el hombre no puede vivir sin ficciones. Los relatos ordenan el mundo, lo articulan, le dan sentido. El objetivo último de la anarquía no es que no haya jefes, sino que no haya relato. Los anarquistas pretenden hacernos creer que hay vida más allá de la ficción como los curas quieren convencernos de que hay vida más allá de la muerte. Son dos propuestas sugestivas, pero completamente indemostrables.

El hecho de que la culpabilidad ya no sea obligatoria para obtener el divorcio no mejora ni empeora el relato: lo adecua a los tiempos. Me entenderán si les digo que en tan sólo una semana han aparecido tres o cuatro libros sobre la felicidad. Una sociedad en la que está de moda la dicha no soporta los argumentos desgraciados. En cuanto a los niños sin padre, ya no les perseguirá un fantasma llamado Luis, o Pedro, que quizá se les aparecía en sueños para reñirles por sacar malas notas. No tendrán, como hasta ahora, un padre imaginario. Aunque, para padres de ficción, los de verdad.

La coma

EL BANCO de Santander está llevando a cabo una campaña de publicidad en la que aparecen las fotografías de hombres o mujeres (supuestos clientes de la entidad), acompañadas de un texto que reza así: "Gracias Isabel por hacernos el mejor del mundo". No sabemos qué controles ha pasado esta campaña, pero está mal escrita. El texto debería decir: "Gracias, Isabel, por hacernos el mejor del mundo". Isabel va entre comas porque se trata de un vocativo. Es posible que el redactor que las haya suprimido por ese rechazo absurdo que el mundo de la publicidad tiene hacia los signos ortográficos. Hace años, también en una campaña de publicidad, Telefónica, que era una empresa esdrújula, devino en Telefonica, una organización llana. Le arrebataron la tilde a una firma que debía todo a las matildes. ¿Pero qué tienen ustedes contra los acentos, contra las comas, contra el lenguaje en general?

José Antonio Millán ha publicado un curioso libro, titulado Perdón imposible, en cuyo primer capítulo relata una anécdota demostrativa de cómo el desplazamiento de una coma puede cambiar el sentido de una vida. Según la leyenda, le pasaron a Carlos V a la firma una sentencia que decía así: "Perdón imposible, que cumpla su condena". El emperador, que se había levantado generoso, cambió la coma de lugar, dejando el texto de este modo: "Perdón, imposible que cumpla su condena". De este modo, alguien se libró de la cárcel, quizá de la horca.

Todos hemos soñado con algún método para quedarnos con la calderilla de los bancos. Si el Santander me pasara las monedas de un céntimo que al final del día se le quedan entre las uñas, continuaría siendo el mejor banco del mundo y yo sería millonario. No lo hace porque sus directivos conocen mejor que nadie la importancia de los matices. Medio punto arriba o abajo en la cotización puede marcar la diferencia entre un buen y mal ejercicio. Deberían ser con las comas tan escrupulosos como con los céntimos. Gracias, querido Banco de Santander, por escuchar esta recomendación, aunque tengas que modificar los originales de toda la campaña.

El autor

JUAN JOSÉ MILLÁS nació en Valencia en 1946, pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. En 1974 publicó Cerbero son las sombras, su primera novela. Trabaja en el diario El País de Madrid, donde se ha destacado como columnista. Tiene alrededor de treinta libros publicados, entre los que se cuentan Papel mojado (1983), El desorden de tu nombre (1986), La soledad era esto (1990), Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995), El orden alfabético (1998), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002), Hay algo que no es como me dicen (2004), Laura y Julio (2006). Obtuvo el Premio Planeta 2007 con su última novela, El mundo.

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