MERCEDES ESTRAMIL
CUANDO Mary McCarthy publicó Pájaros de América, en la que trabajaba desde hacía cinco años, la más lapidaria de las críticas le vino desde las páginas del diario The New York Times: "Mary McCarthy, nuevamente es su propia heroína: un producto congelado de mala calidad" se titulaba la nota de Helen Vendler del 16 de mayo de 1971, indicando de forma irónica que la novelista era parte de aquello que criticaba: el consumismo, la comida rápida, fácil y congelada. Vendler acusa a McCarthy de hacer ensayo en gran parte de la novela y circunscribirse a su propia experiencia, tanto que los personajes principales -Peter Levi y Rosamund- parecen dos versiones temporales de sí misma.
Que la crítica la afectó puede verse leyendo algunas de las cartas a su íntima amiga Hannah Arendt, traducidas al español en el volumen Entre amigas (Lumen, 1999) que reúne su correspondencia desde 1949 hasta 1975 cuando Arendt muere. A ella le dedicó la novela y le habló de ella desde su gestación en 1964, cuando ideaba el personaje de Peter, un joven tímido y con conciencia moral, inspirado según ella en su propio hijo y en los hijos de sus amigos. El miedo de la escritora en esa época era que la historia pudiera parecerse a El guardián entre el centeno de Salinger, una sombra que planeaba sobre cualquier protagonista adolescente. Y McCarthy detestaba a Salinger, o a su extraña condición de estrella en la oscuridad. En los años setenta, luego de haber sido cronista en The Partisan Review y otros medios y de conocer el éxito editorial con la novela El grupo (1962, llevada al cine por Sydney Lumet en 1966), McCarthy apostaba todas las cartas a estos pájaros de América en los que pretendía retratar a sus propios compatriotas y a ella misma, una mujer de amplias migraciones en varios sentidos.
VIDA DE NOVELA. Mary Therese McCarthy nació en 1912 en Seattle (Washington) y murió de cáncer en Nueva York en 1989. Buena parte de su infancia aparece en Memorias de una joven católica (1957), un curioso libro autobiográfico en el que la solvencia de la memoria aparece cuestionada: al final de varios capítulos la autora compara sus recuerdos con los de familiares y testigos de la época y admite que no concuerdan y que los diálogos que transcribe son inventados; en suma, que también las autobiografías son ficciones.
Lo cierto es que sus padres, un católico irlandés y una protestante convertida al catolicismo, murieron por la epidemia de gripe de 1918, cuando Mary tenía seis años y era la mayor de cuatro hermanos. La vida itinerante en varios hogares familiares (abuelos paternos, tíos, abuelos maternos), la amenaza latente del orfanato, el internado en un convento y el pasaje por varios centros de estudio, fueron formando una mujer independiente y aventurera. Entre sus decisiones tempranas estuvieron perder la virginidad a los catorce años y perder la fe católica asumiéndose atea. En su contabilidad amorosa hubo cuatro maridos y tres divorcios, y fue con su segundo esposo, el crítico literario Edmund Wilson, que tuvo a su único hijo y comenzó a escribir con regularidad. Pero al margen de sus uniones oficiales y mientras duraron, su vida estuvo poblada de amantes que ella misma se encargó de enumerar y puntuar en una lista centenaria, con igual seguridad y audacia con que defendió la izquierda trotskista, o se fue a Vietnam para ver aquello de cerca, o se puso a investigar en el escándalo Watergate. Apodada alguna vez "la mujer con navaja de resortes", pudo sentir claramente su odio la escritora Lillian Hellman, a quien calumnió en público afirmando que mentía hasta cuando decía "and" y "the", pero otros sintieron su adhesión incondicional. Fue el caso de Arendt cuando ésta publicó su controvertido libro sobre el criminal nazi Adolf Eichmann y la comunidad judía se le tiró encima acusándola de culpabilizar más a las víctimas que a los victimarios.
EL BIEN SUPREMO. Pájaros de América es una novela melancólica y crítica, ambientada a mediados de los sesentas, cuando Estados Unidos se metía de lleno en el conflicto de Vietnam y lidiaba en lo interno con disturbios racistas y estudiantiles. Su protagonista, Peter Levi, judío por parte de padre, pertenece a la clase media intelectual, liberal y acomodada. Cuando sus padres, divorciados, no le permiten irse al Sur a manifestar por los derechos civiles, Peter decide estudiar un año en París. Viaja cargado de cultura grecolatina y bíblica, de moral kantiana, de dudas sobre la democracia y de un ambiguo sentimiento respecto a Norteamérica y su lugar en el mundo. También lleva -y no es un peso menor- su complejo de Edipo, su virginidad, y la necesidad de liberarse afectiva y espiritualmente de los veranos pasados en Rocky Port con su madre. Viajar es crecer. Pero nada es tan simple, parece decir con sorna la vocecita de McCarthy.
Una vez en la vieja Europa y pese a la vergüenza que Peter siente por sus compatriotas, termina rodeado de ellos: pasa las fiestas con un militar de la OTAN, defiende a un polaco estadounidense en una razzia, se enamora de una vegetariana oriunda de Filadelfia, y tiene largas conversaciones sobre arte y turismo con un tutor oportunista apellidado Small ("pequeño"). Sus conductas y reflexiones pueden parecer insólitos pero logran implicar al lector: sacar a pasear a su planta, cuestionarse las razones de dar o no dar propina o limosna, o limpiar los inodoros de uso común aunque no los haya ensuciado él. Y no se trata de un personaje ingenuo ni tonto. Aun guiándose por los imperativos categóricos de Kant, Peter no termina de creerse la bondad excesiva de su madre que hace parecer malos a los demás, o la pureza de una vegetariana fumadora, o su propia ilusión de hacer el bien recogiendo a una clocharde para sentir de inmediato que la mujer le provoca asco y miedo. El elitismo subyacente en su discurso, impregnado de conceptos justicieros, igualitarios y pacifistas no impide que los demás lo vean "tan americano como las hamburguesas o los perritos calientes". Y el mundo que visita (París, Roma) no está tan pendiente de los americanos como su propio antiamericanismo le hace prever.
La narrativa de McCarthy suele ser elaborada y amena. Brilla en potencia visual, agilidad narrativa y léxico (aun en una traducción con vicios de laísmo y dequeísmo como ésta). En cada uno de los capítulos y/o episodios aparece la habilidad de McCarthy para crear situaciones y diálogos oportunos a su proyecto, que es el de mostrar el viaje a la deriva de la vida, donde prejuicios, ideologías y certezas pueden perder su absolutismo al menor contratiempo. Esta es una novela sobre migraciones internas y sobre la variedad y vastedad de sus motivos; no es casual que Vietnam, con su contexto de guerra fría y anticomunismo, sea el telón de fondo y que la muerte de un modo de vida americano sea conversación recurrente.
En buena medida y pese a su humor y fina ironía, Pájaros de América es un canto fúnebre. Comienza mencionando la muerte del búho de una reserva y termina con un Peter accidentado y delirante a quien visita el mismísimo Kant para decirle que la Naturaleza ha muerto. Pero hay otras deserciones, algunas como parte de ciclos naturales (las migraciones de animales y de hombres) y otras como daños colaterales de la civilización: Rosamund desespera porque ya nadie hace helados ni mermeladas caseras, y porque las viejas sendas indígenas son convertidas en autopistas; y Peter se enoja porque la Capilla Sixtina es un hervidero turístico, olvidando que él mismo viajó hasta ahí por una decepción amorosa. La novela es también una despedida de la niñez y la adolescencia, de sus inamovibles verdades y sus muros protectores.
Aunque McCarthy no lo quisiera, el estudioso y confiado Peter Levi sí se parece un poco al depresivo y cínico Holden Caulfield de Salinger, al menos en su grandiosa vulnerabilidad, y no es un elogio menor.
PÁJAROS DE AMÉRICA, de Mary McCarthy. Tusquets, Barcelona, 2007. Tr. de Pilar Vázquez. Distribuye Urano. 380 págs.