SALVADOR NOVO
CUANDO llegaron a Montevideo el jefe de la delegación mexicana a la conferencia y sus demás miembros, los recibí con aquella cierta superioridad que confiere el derecho del primer ocupante. Yo sabía ya a qué distancia quedaba el hotel Carrasco y, aproximadamente, qué número de baños no tenía el Parque [Hotel]. De suerte que los plenipotenciarios se fueron al Carrasco y otros al Parque; pero yo induje a Juanito Correa Nieto a vivir en Lanata, en mi céntrico hotel, rendez-vous copetinesco de lo mejor de Montevideo, las peculiares distimias atróficas de cuyos cuartos de baño, insolubles para los huéspedes, son inmediatamente resueltas por el mucamo gallego o por la también gallega mucama. Esta tenía 25 años de servir en Lanata, desde que llegó, moza, de España. Había conocido a los huéspedes más distinguidos: la Tina di Lorenzo, María Guerrero y su marido. Y como yo le pregunté si recordaba haber visto ahí a Anatole France:
-¿El novelista francés? -me dijo-. ¿Uno con barbas y con un secretario? Sí -agregó después de breve esfuerzo-; tenía la habitación del fondo, con recibidor. Gastaba mucho papel.
Nunca he oído mejor definición de France, de labios de una mucama, al menos. Sin embargo, en estos hoteles de Montevideo, en que han pasado tantas cosas, se olvidan todas ellas, y aun se procuran ocultar las que todo el mundo conoce. Amado Nervo murió en el hotel Parque, y sus dueños se han negado categóricamente a que una placa indique el hecho y la habitación en que se registró. Y así por el estilo...
La misma tarde en que llegaron los delegados, ofreció el ministro de México un recibo en la legación, al que nos aconsejó concurrir una hora después de la fijada en las invitaciones. Pero yo tenía, sobre mis compatriotas, el privilegio de saber que esto es lo que debe hacerse. Nuestra pequeña legación se fue llenando poco a poco de gente. El tono del diálogo fue subiendo, subiendo, hasta que asumió el carácter de una inmotivada protesta colectiva; porque como nadie dejaba oír a nadie, todos hablaban cada vez más fuerte. Yo me escurría de un lado a otro, tímido, sin saber qué hacer, hasta que dos señoritas, a quienes había encontrado en Amigos del Arte se pusieron a conversar conmigo. Hablamos de las conferencias.
-Acá -me dijo una- Carlos Reyles nos habló recién sobre un escritor francés muy interesante; es posible que lo conozcan en México, es Proust, Marcel Proust.
Yo tuve que aceptar, resignado, que sí lo conocíamos un poco.
-Es -continuó- un escritor muy raro. Figúrese usted que nunca había escrito, y una vez, en un recibo, le dieron chocolate. Mojó una magdalena e inmediatamente se puso a escribir. Y era tan raro, que hizo forrar su cuarto de corcho para no oír ruidos.
-Sí -me atreví a replicar-; pero mojó la magdalena en té.
-Ah, no -repuso indignada-; fue en chocolate, che, ¿no es verdad? -dirigiéndose a su hermana-. ¿No dijo Carlos Reyles que Proust había mojado la magdalena en chocolate? ¿Verdad que no fue en té?
-No -aclaró la hermana-; fue precisamente en chocolate.
Era evidente que mi autoridad acerca de la nutrición de Proust no bastaría a convencer a estas dos lindas chicas del líquido punto de partida de la sinfonía proustiana, ni de que es a Juan Ramón Jiménez a quien se atribuye la celda de alcornoque. Iba muy a mano Alfonso Reyes y convenía que sus autorizadas palabras nos reconciliasen.
-Díganos, Alfonso -le pregunté-, ¿en qué mojó la magdalena Proust?
-En té -respondió desconcertado, y siguió su camino. No las convenció su prisa, y hubimos de recurrir a Díez-Canedo.
-Enrique -le dije-, estas dos señoritas insisten en que Proust mojó una magdalena en chocolate y forró su cuarto de corcho. Yo les aseguro que la mojó en té, y ellas se niegan a admitirlo. Sírvase dirimir esta cuestión.
-Ninguno está en lo cierto -explicó-: según mis noticias, mojó la magdalena en corcho y forró su cuarto de chocolate. ¿Pasamos al buffet?
El autor
SALVADOR Novo (Ciudad de México, 1904-1974) conformó junto a Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza el grupo (y la revista, desde 1928) de "Los Contemporáneos". Su obra, que fue un punto de referencia de la renovación y la modernización de las letras hispanoamericanas, incursionó en la poesía, el ensayo, las memorias, el teatro, la crónica. En 1933 Novo fue designado como relator de la delegación mexicana a la Séptima Conferencia Panamericana que se realizó en Montevideo. El relato de ese viaje a Montevideo será la materia de su libro Continente vacío, subtitulado "Viaje a Sudamérica", de 1935. Surge en él un Montevideo contemplado desde los detalles generalmente olvidados, una mirada atenta a las perspectivas marginadas, los paseos a barrios modestos junto a la imagen de una capital literaria donde reinaba, absoluta, la figura de Juana de Ibarbourou. La observación penetrante, la elegancia del estilo, el lenguaje preciso, el humor y la inteligencia se aúnan en este clásico de la crónica latinoamericana.