Raro

 cultural Luis Guzmán 20071026 200x252

OSCAR BRANDO

RECUERDA Jorge Herralde, fundador de la editorial Anagrama de Barcelona: "Descubrí Buenos Aires en agosto de 1974 (…) Una noche Eugenio (Trías) me llevó a conocer a sus amigos a una cafetería de la calle Corrientes, en una época de pleno bullicio nocturno de librerías, bares, restaurantes, de vida intelectual en plena calle. En la cafetería estaban Germán García, Osvaldo Lamborghini y Luis Gusmán. Recuerdo una prolongada y deslumbrante tertulia, con Germán García llevando la voz cantante (…) Esos mosqueteros, en el inicio de sus carreras, habían tomado el poder en una minúscula editorial llamada Noé (…) En ella publicaban una revista, en formato de libro de bolsillo alargado, llamada Literal. Me regalaron un número que encontré literalmente impenetrable y también un librito de Lamborghini llamado Sebregondi retrocede, que me pareció deslumbrante, y una novela de Luis Gusmán, El frasquito, que me temo se extravió y no llegué a leer. Un craso error, por lo visto. Hace pocos días compré un volumen de la Historia de la literatura argentina que dirige Noé Jitrik, titulado "La narración gana la partida". En ella mi amigo Luis Chitarroni escribe: `No hay en la literatura argentina de la década del 70 un texto más pleno (exceptuando Sebregondi), más rico que El frasquito´`. En todo caso, quedó en mi memoria el `toque literal` de un Buenos Aires audaz y transgresor" (Lamujerdemivida Año 2, No. 17).

Cierto azar objetivo hizo posible que Herralde diera con un reducto intelectual bastante excéntrico. La trilogía de Literal quedaba bien definida: la voz cantante era la de Germán García, mientras Lamborghini fulguraba con un libro; entre los dos, Gusmán se perdía para ser reencontrado en el balance de las décadas. La revista consagraba el carácter sectario del grupo. A la moral del contenido, ampliamente dominante en la Argentina de esos años, los "literales" oponían la moral de la forma. A las facilidades del mercado, la espinosa dificultad de su escritura. La soberanía otorgada a la palabra iba en detrimento de elementos fuertes de la literatura comprometida como el referente, la representación, la estructura, la retórica, la recepción (Jitrik). Debajo o antes estaba Oscar Masotta, que había introducido a Lacan y fundaba, en ese annus mirabilis, la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

REPRESIONES. Es aún posible encontrar entre las teorías de la literatura algunas que sostienen que un texto literario tiene algo más o algo menos que otros tipos de escrituras. No sería disparatado afirmar que el más de esos textos sale del menos. Por ejemplo, un texto de cualquier tipo puede ser leído como texto literario una vez que se pierde el interés por la existencia de un referente exterior a él. Un documento histórico o un registro antropológico, escritos con otros fines, pueden adquirir, si lo tienen, valor literario en la medida en que resignen su misión original.

En otro orden: de lo implícito, de lo no dicho, de aquello que se tacha y es repuesto por la lectura, se nutre la escritura literaria. Esta pondría en acción mecanismos de desplazamiento y formas de lectura que atenderían a los silencios, a lo omitido, a lo borrado, recuperando el sentido en las huellas trazadas sobre los signos presentes. Se trata de un mecanismo represivo. No se puede decir todo: no hay posibilidad de hacerlo. El creador censura, enmascara, transfigura. Esta sería su virtud, su diferencia ante otras formas de comunicación. Pero esta represión interior, productiva (¿qué dice lo que no está dicho?) puede confundirse con otras represiones externas: una retórica muy rígida que obligue a respetar leyes de composición; un recorte ideológico que exija la eliminación de algunos significados y la exposición de otros. Todavía podría agregarse una tercera represión: la de la lectura crítica, en tanto ésta tienda a estabilizar el sentido de lo ausente o a clarificar lo borroso de una escritura.

En épocas de represión política las formas de censura se confunden. El sistema de defensa de la creación busca hacer coincidir las interdicciones: el creador debe poder transformar la prohibición externa, el "corte" efectuado sobre los textos, en zonas de ingreso en el abismo significante, en reconocimiento de latencias de significación.

RUINAS CIRCULARES. En 1973, mientras Cortázar panfletizaba con el Libro de Manuel y la intelectualidad argentina radicalizaba sus inscripciones políticas, Gusmán publicaba su relato El frasquito, en la tradición inmediata de El fiord de Osvaldo Lamborghini. Textos casi imposibles, literalmente inaguantables, exudaban violación, trituraciones, dolores, perversiones, amputaciones. El libro de Gusmán tenía como figura perversa al padre y se sostenía en la confusión de alguien que cuenta y un mellizo que ha muerto o fue asesinado y cuyo espíritu ciego y errante vaga por el útero materno. Este efecto de atextualidad, de ruptura de toda trama narrativa va a ser un rasgo de largo aliento en la escritura de Gusmán. Atravesará su literatura escrita antes, durante y después del período de dictadura argentina 1976-1983, por lo que no debe ser atribuido a esa circunstancia. La poética de las tachaduras va a ser puesta en consideración en un libro autobiográfico, La rueda de Virgilio (1989), y tendrá su crisis en Villa, una novela que publica en 1995.

Los libros que Gusmán escribe a partir de Villa hasta el muy reciente El peletero parecen dictados por una intención distinta a la que guiaba los de las décadas anteriores. Sin embargo no cesa la rareza de estos relatos, aparentemente atados, ahora, a ficciones casi realistas. El "casi" lo describió Beatriz Sarlo en un artículo sobre Villa que tituló "Coincidencias": hay demasiadas coincidencias en la novela. Sin embargo se debe admitir que la coincidencia en la novela romántico-realista es la declaración de su fantasía: los personajes se vuelven a encontrar por casualidad, sin causa justificable y eso desata la trama; o heredan de un tío desconocido y ello les cambia la vida. Esa manipulación, extrema en muchas novelas del siglo XIX (Los miserables es antológica), construye el registro realista que Villa adopta. Villa, el protagonista, es un médico a pesar de sí mismo, al servicio de la represión y las torturas en la década del 70 en Argentina. Lo singular de esta novela es inventarse alrededor de ese personaje abyecto, que ha anulado su juicio moral por pusilánime o miedoso y que, incapaz de resolver absolutamente nada, navega a la deriva de los hechos azarosos. No quedan rastros de la tensa amoralidad de El extranjero. Su juego está muy lejos de la indiferencia, es la negación rotunda de la libertad.

En la reciente novela, El peletero, también parece dominar un modelo realista. El peletero del título pide ayuda a un desconocido que se convierte en su amigo para realizar un atentado a un barco de Greenpeace. Pero ni las decisiones morales, ni la amistad de los personajes, ni el desarrollo del plan de acción y sus avatares de aquí para allá están sostenidos en los viejos criterios de verosimilitud realista. Puede pasar cualquier cosa en cualquier orden porque la acción narrativa se ramifica o va para atrás todo lo que se le antoja, se corta y pega cuando quiere. Nada explica la rápida amistad que los dos personajes hacen ni lo que el peletero arriesga ni lo que gana ni el interés que puedan tener sus decisiones dentro o fuera de la novela.

Hace poco tiempo se desató una polémica alrededor de una novela argentina que ganó un premio importante: Bolivia construcciones. Según se dijo en ese momento la arquitectura narrativa no respondía al modelo clásico de novela sino a un arbitrio, en ese caso testimonial, que exigía otro régimen de verosimilitud narrativa. De manera que si, ahora, a uno se le ocurre pedirle a El peletero lo que, en apariencia, ese tipo de novela debería ofrecer (coherencia argumental, temática y tal vez psicológica), lo más probable es que termine defraudado. Más bien se debería aceptar, como nueva poética, lo poco razonable del argumento y de los argumentos que movilizan a los personajes.

Recorrido un largo camino, parece resonar en la trama de la novela de Gusmán el eco de aquella escritura pulsiva, rara, irracional, inconsciente.

EL PELETERO, de Luis Gusmán, Buenos Aires, Edhasa, 2007. Distribuye Océano. 246 págs.

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