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Cartas de Antón Chéjov y Olga Knipper
Una mujer como la luna

ROSARIO PEYROU

LA PUESTA en escena en Montevideo de Tu mano en la mía de Carol Rocamora, basada en las cartas de Antón Chéjov a Olga Knipper, llama la atención sobre la vida íntima de uno de los escritores más influyentes en la historia del cuento y el teatro modernos. La obra, que fue dirigida en 2003 en Europa por Peter Brook, se puede ver en El Galpón dirigida por Mariana Wainstein.

solo en la multitud. "Para quien está solo, el mundo entero es un desierto", escribió Antón Chéjov a su amigo y editor Suvorin. Quien conozca la biografía de Chéjov no podrá menos que sonreír frente a esta afirmación seguramente sincera. Pocos escritores vivieron tan estorbados por las circunstancias familiares y sociales. Chéjov, un hombre discreto y pudoroso, estuvo siempre rodeado de parientes cargosos y pedigüeños y no tuvo una habitación propia (como pedía Virginia Woolf) hasta que se encontró con una celebridad que probablemente no había soñado. Tuvo una vida llena de calamidades y todo lo soportó con una sonrisa amable y escéptica, con una ironía y un humor atravesado de piedad. "El mundo es bello. Una sola cosa es mala: nosotros", escribió con perfecta síntesis en su diario de viaje a Singapur.

A diferencia de los otros grandes escritores rusos del XIX, Dostoievsky, Tolstoi, Turguéniev, Chéjov tuvo un origen humildísimo. Su abuelo fue un siervo que consiguió la libertad y la de sus cuatro hijos varones pagando 3500 rublos juntados con sudor y lágrimas. (Había también una niña; el dinero no alcanzaba para ella "pero el señor, generosamente, dice Irene Nemirovsky, se la dio de yapa, como quien vende trece manzanas por una docena"). El padre de Antón, un tabernero ignorante y brutal, imponía su triste autoridad a fuerza de golpes a su mujer y sus hijos. Nacido en Taganrog en 1860, Antón fue el tercero de una familia de seis hermanos, y su infancia parece tomada de una novela de Dickens. "Recuerdo, escribió alguna vez, que mi padre empezó a educarme como a los cinco años o, para decirlo más claro, a azotarme cuando sólo tenía cinco años. Me golpeaba, me tiraba de las orejas, me pegaba en la cabeza. La primera pregunta que yo me hacía en la mañana, al despertar era: ¿seré golpeado nuevamente hoy?". Fanáticamente religioso, Pavel, el padre de Chéjov, obligaba a los hijos a levantarse de madrugada para ir a la iglesia antes de entrar a la escuela, y luego les hacía trabajar en su taberna llena de borrachos hasta altas horas de la noche. Probablemente esa experiencia extenuante fue útil para el futuro escritor que conoció allí a muchos de esos personajes que poblaron sus cuentos: pequeños funcionarios, empleados de comercio, soldados, todo un ejército de seres mínimos a quienes retrató con agudeza y comprensión. Truffaut decía que una infancia desdichada hace muy difícil la felicidad futura, pero suele hacer seres fuertes y resistentes. El suave Chéjov, fue por cierto resistente. Ni siquiera guardó rencor hacia su padre, a quien mantuvo hasta la muerte del terrible viejo, ocurrida en 1898.

Cuando Chéjov tenía dieciséis años, su padre, lleno de deudas con los bancos y temeroso de terminar en la cárcel, huyó a Moscú donde estaban estudiando sus hijos mayores. Poco después partió su mujer con los más pequeños. Dejaron a Antón solo en Taganrog para que terminara sus estudios secundarios. En esa ciudad de provincia sobre el mar de Azof, Chéjov había hecho sus primeros ejercicios con la escritura en un periódico juvenil fundado con sus hermanos, Alejandro que también escribía y Nicolás, ilustrador. La partida de la familia lo dejó librado a su propia suerte pero sintiéndose libre. "Tuve fe en el progreso desde la infancia -escribió, con ironía, mucho después a un amigo- ya que la diferencia entre el tiempo en que me castigaban y el que eso cesó era inmensa". En su hermoso libro sobre Chéjov (1946), Irene Nemirovsky señala la diferencia de Chéjov con Dickens: "El rusito no sufrió su pobreza, su miseria, de la misma forma que el inglés. Jamás, sin duda, Antón sintió la vergüenza que torturaba a Charles Dickens recordando su pasado. Era menos orgulloso, más simple que un occidental. Era desdichado, pero no se envenenaba de vanidad herida. No escondía con confusión su ropa usada, sus zapatos rotos. Sentía por instinto que eso no era lo esencial, y ni siquiera muy importante y no tocaba en nada su verdadera dignidad". Un amigo de la familia había prometido hacerse cargo de la casa y salvarla de los acreedores. Y la salvó, por cierto, pero se quedó con ella. Ese hombre le ofreció a Antón alojamiento y comida a cambio de clases para un sobrino. Antón no se sintió humillado por vivir de prestado en su propia casa. Fue vendiendo los enseres que quedaban, cacerolas, platos, cubiertos y enviándole el dinero a su madre con cartas alegres y optimistas. Y no la pasaba mal. A los dieciséis años era libre, iba a la biblioteca, se reunía con amigos, paseaba, conquistaba muchachas. Escribía en un diario humorístico que había fundado con sus hermanos y componía pequeñas piezas teatrales.

EN MOSCÚ. Cuando tres años después Chéjov llegó finalmente a Moscú, su familia iba de mal en peor. El padre no había conseguido trabajo, y vivían cambiándose de alojamiento a casas cada vez más miserables y durmiendo en el suelo. No había dinero para que Miguel, el menor, entrara al liceo, y ni hablar de María, la única hermana, que se había convertido en la sirvienta de la casa. Todos vivían de los escuálidos ingresos de Alejandro y Nicolás, los mayores, que colaboraban en pequeñas publicaciones ilustradas o daban algunas clases. "Papá y mamá tienen que comer", repetía el padre cada vez que les pedía dinero. La frase, contada por Alejandro, se convirtió en un chiste familiar que Antón solía repetir años después cuando alguien le decía que por su salud debería trabajar menos.

Por fortuna, poco después de la llegada de Antón el padre obtuvo un trabajo de sereno que lo mantenía lejos de casa y la familia pudo respirar un poco. Chéjov está feliz de vivir en Moscú, que se abre con posibilidades infinitas a su curiosidad. Ha decidido ser médico, y para ayudar en casa (los hermanos mayores ya se han ido) consigue en 1990 publicar algunos cuentos en una revista de humor. "Mi esposa legítima es la medicina, la literatura es solo mi amante", escribió alguna vez. Lo creía realmente: tenía una sorprendente facilidad para contar historias cómicas que hacían morir de risa a sus amigos y resolvió aprovecharla para obtener dinero en un momento en que la prensa ya era una forma masiva de comunicación. Tanto no cree todavía en un destino literario que firma con seudónimo: Antocha Chejonte. Un momento decisivo será su encuentro con Nicolai Leykin, un dinámico y culto editor de periódicos que le encarga un cuento semanal de cien líneas pidiéndole que se cuide de la censura zarista. Entre 1880 y 1885 Chéjov escribió trescientos cuentos. Lo hacía de noche después de la jornada en el hospital, en medio del ruido de la familia, agrandada ahora con los hijos de Alejandro. Como Quiroga, adaptará su talento literario a la brevedad del espacio y se convertirá en un maestro de la condensación y la eficacia narrativas.

UNA CARTA. En 1884 tuvo la primera hemorragia. Nicolás, su hermano, estaba tuberculoso y Chéjov era médico: sabía perfectamente qué significaba un pañuelo manchado de sangre. No quería morir, tenía 24 años, le gustaba la vida, amaba la naturaleza, los libros, el teatro, los amigos.

Hasta ese momento la literatura no había sido más que un medio para conseguir dinero. En 1886, una carta le cambió la vida y le dio el impulso para sentirse escritor. Grigorievich, un autor famoso entonces, le escribió lleno de admiración, estimulándolo a que publicara fuera de los periódicos y respetara el talento excepcional que le había sido dado. Que se dedicara a la literatura, que firmara con su nombre, y escribiera las obras admirables que, estaba seguro, le estaban reservadas. Chéjov contestó emocionado sobre el impacto que esas palabras habían provocado en él. "Sus palabras han sido para mí como una orden", escribió. No dejó la medicina, que siguió ejerciendo hasta el final de su vida, casi siempre en forma gratuita, pero entendió que era antes que nada un escritor. La medicina, dice Somerset Maugham, alimentaba su literatura: lo puso en contacto con toda clase de personas: campesinos, obreros, dueños de fábricas, mercaderes y funcionarios, terratenientes empobrecidos. Su experiencia de la vida, su notable capacidad de observación lo convirtieron en "el más sutil analista de las relaciones humanas", como lo definió Virginia Woolf. El método Chéjov, su capacidad para hacer literatura con lo cotidiano, no con lo excepcional sino con la vida vulgar, su destreza para penetrar en lo invisible sin subrayados, es su mejor herencia: eso es lo que Katherine Mansfield o Raymond Carver (dos maestros del cuento del siglo XX) aprendieron de él.

En 1889 murió su hermano Nicolás, y su muerte además de un dolor fue una advertencia. Huyendo de los duros inviernos de Moscú, Chéjov había comprado con dinero prestado una casa en Melinhovo a 60 kms. de la capital y como siempre acarreó consigo a toda su familia. Allí escribió varios de sus mejores relatos, ahora bien pagos, publicó varios libros de cuentos, se inició en el teatro, construyó escuelas y caminos de su bolsillo. En esos años hizo también algunos viajes al extranjero y visitó la remota isla penitenciaria de Sajalin para conocer la vida de los presos. Quiso ser testigo del trato inhumano a los prisioneros, asistió a las ejecuciones, y escribió luego sobre esa experiencia terrible. Finalmente por consejo de los médicos, y a su pesar, porque era feliz en Melinhovo, se estableció en 1899 en Yalta, en Crimea. Ya era célebre y admirado en toda Rusia. Había renovado el arte del cuento, y comenzado una carrera como dramaturgo, con un teatro que rompía las convenciones tradicionales y buscaba según sus palabras "sólo la verdad, la verdad incondicional y honrada". Sus asuntos, hechos de la misma materia mínima de los cuentos, no se impusieron con facilidad. Era un teatro demasiado extraño para ser comprendido por un público habituado a la escena clásica, basada en la acción. Sus obras mayores en cambio giran en torno a la grandeza de los sueños y la fragilidad de los hombres y mujeres para ponerlos en práctica. Más que la acción, importa el proceso íntimo de los personajes. Fue el encuentro con Stanislavsky y el Teatro de Arte de Moscú lo que daría a la dramaturgia de Chéjov la resonancia que merecía, una resonancia que no ha hecho más que crecer con el tiempo al punto que, después de Shakespeare, es el autor más representado en el mundo occidental.

UNA RELACIÓN A LA DISTANCIA. En la primavera de 1899 Chéjov fue a Moscú para ver la puesta de La gaviota del Teatro de Arte, una nueva compañía joven fundada por directores, músicos, pintores y artistas de talento. Quedó impresionado con la labor de los directores, Stanislavsky y Nemirovich Danchenko, y especialmente con Olga Knipper, la primera actriz. A sus 38 años Chéjov había tenido muchos amoríos, pero se había mantenido siempre distante con las mujeres, huyendo más bien del compromiso. Se sabía enfermo, cargaba con una familia numerosa, el dinero nunca alcanzaba. En una carta a Suvorin, quien le insistía en que se casara, Chéjov había escrito, medio en serio, medio en broma: "Me gustaría casarme, pero dénme una esposa que sea como la luna, que no esté siempre en mi cielo. Ella en Moscú, yo en el campo". El deseo resultó profético. La relación con Olga Knipper duró apenas seis años, los últimos de la vida de Chéjov, y fue intensa, pese a lo esporádico de los encuentros. Se escribieron cientos de cartas tiernas y divertidas durante el noviazgo y el matrimonio, y pasaron juntos las temporadas en que Olga no hacía teatro y viajaba a Yalta o Chéjov estaba lo bastante bien de salud como para ir a Moscú. Son los años del triunfo teatral del escritor, mientras ella crece como actriz junto a Stanislavski, haciendo Tío Vania, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos, las obras mayores de Chéjov.

Las cartas de Chéjov a Olga -como las que escribió a otros corresponsales en los años de Yalta- son interesantes también respecto a sus ideas sobre el teatro y la evolución de su talento de dramaturgo, que prefigura ya al teatro del siglo XX, y especialmente a Beckett. Nombres como Meyerhold, Stanislavsky, Nemirovich Danchenko, Gorki, Tolstoi, Nekrasov son referencias habituales. Pero sobre todo las cartas son una fuente notable para los biógrafos del escritor.

EL HUMORISTA MELANCÓLICO. Olga Knipper era hija de un brillante ingeniero judío alemán, que tuvo la mala idea de morir prematuramente, dejando a la familia llena de deudas. Vivía con su madre, sus hermanos y sus tíos en un piso bastante estrecho donde la madre daba clases de canto. Uno de los tíos era médico, el otro oficial. Todos talentosos, cultos, alegres y vitales. Gorki los llamaba "la loca familia Knipper". Olga era inteligente y joven, y Chéjov parece haber encontrado en ella un carácter impulsivo, una pasión por su oficio y un amor a la vida que le gustaban. Ella tenía por él una admiración sin límites, y un sentimiento contradictorio entre su amor por Chéjov y su pasión por el teatro. Una sombra de culpa pesa siempre en las cartas de Olga. Junto con las historias sobre los éxitos y los fracasos teatrales, a los alegres relatos de fiestas y estrenos, lo atiborra a preguntas: si pasa frío, si come bien, si duerme. Él contesta siempre en broma: "No como todos los días porque la ciudad está lejos para ir, y porque dedicarse a cocinar mina el prestigio. Por las tardes como queso". También su galantería tiene un aire zumbón: "Me inclino ante ti profundamente, tan profundamente que toco con la frente el fondo de mi pozo, cavado ya hasta una profundidad de diecisiete metros." Las cartas de ella son largas, ansiosas, llenas de cuidados maternales. Las de Chéjov son breves, cómicas, tiernas. Rara vez se queja. Su sentido del humor disimula su conciencia de la soledad, su aburrimiento en Crimea, la sombra de la muerte que ve cercana. Es el mismo humor de sus cuentos, tristes y cómicos. Nabokov lo dice con precisión: "Los libros de Chéjov son libros tristes para personas con humor; es decir, sólo el lector provisto de sentido del humor sabrá apreciar verdaderamente su tristeza". (...) "Para él las cosas eran jocosas y tristes al mismo tiempo, pero no se veía su tristeza si no se veía su jocosidad, porque las dos estaban unidas". Eso es lo que se siente frente a las cartas: la sonrisa melancólica de un hombre resignado a su suerte que no deja sin embargo de amar la vida. Cuando ella se queja de la separación él le contesta: "Si ahora no estamos juntos no es por culpa mía ni tuya sino del diablo, que ha puesto en mí el bacilo y en ti el amor al arte". En alguna ocasión se le nota la ansiedad por no poder ir a Moscú a ver los ensayos de Las tres hermanas o de El jardín de los cerezos: le da instrucciones a Olga sobre su personaje, teme que Stanislavsky con su manía de usar ruidos en escena estropee la obra. Aclara, espantado, que El jardín de los cerezos es una comedia, y no un drama como creen todos.

El casamiento, en 1901, no cambió las cosas. Siguen viéndose sólo en el verano y en alguna escapada suya o de Olga. Ella se siente mal por abandonarlo. Él la consuela: sabe que Olga no sería feliz si dejara el teatro:" Reflexiona un poco: si tú pasaras todo el invierno en Yalta conmigo, tu vida estaría fracasada y yo tendría remordimientos y las cosas apenas serían mejores. Yo sabía bien que me casaba con una actriz; es decir, en el momento del matrimonio me di cuenta claramente de que tú pasarías los inviernos en Moscú. Yo no me considero para nada herido o abandonado; por el contrario, me parece que todo va bien o al menos como debe ser; no me molestes con tus remordimientos. En marzo volveremos a vivir juntos y no volveremos a sufrir la actual soledad. Cálmate, mi amor no te preocupes, espera y atiende". (20 de enero de 1903). Y en otra: "No digas tonterías, tú en modo alguno eres culpable de no pasar el invierno conmigo. Por el contrario, somos unos esposos completamente adecuados si no nos impedimos el uno al otro hacer lo que tenemos que hacer. Y tú amas el teatro". (13 de marzo de 1903).

Es rara esa capacidad de comprensión en un hombre de su tiempo, más rara todavía en un escritor. Es que el modo chejoviano de ser escritor está fuera de los estereotipos habituales. Los escritores contemporáneos suyos tuvieron una relación muy distinta con sus mujeres: Tolstoi atormentó a su mujer, Dostoievsky tuvo en Ana Griegorievna una esposa y una secretaria. Flaubert pospuso siempre a Louise Colet. Convencidos del valor de su obra la antepusieron a cualquier otra cosa. Modesto (demasiado según Thomas Mann), generoso y bienhumorado, Chéjov parece haber manejado con sabiduría el natural narcisismo de todo creador. Tal vez supo establecer una distancia peculiar con las cosas y las personas, una manera lúcida y desesperanzada de ver la vida que le mostraba la vanidad de toda vanidad.

Quizás también haya preservado su soledad. Pero Chéjov entendía a las mujeres. En sus obras aparecen la frustración femenina, los condicionamientos sociales, y también la energía, la fuerza interior de mujeres como Nina, el personaje de La gaviota.

Tu mano en la mía, la obra de Carol Rocamora, roza apenas la existencia de otra figura femenina que irónicamente podría servir de modelo para un personaje chejoviano: María Petrovna, su hermana, que lo adoró desde niña y le consagró su vida. María rechazó a todos sus pretendientes convencida de que Antón no se casaría nunca y la necesitaba. Lo cierto es que le costó aceptar el matrimonio de su hermano con Olga, pese a los esfuerzos de la actriz por hacerse querer. La única carta amarga de Olga muestra los celos que ella a su vez sentía por María: "He comprendido, por alusiones de Macha, que a ella le has contado cosas sobre la obra que proyectas. A mí no me has dicho ni una palabra, por más que debes saber hasta qué punto me afecta. Pues bien, Dios te guarde, no confías en mí". Él la reprende: "¡Pero qué tonta eres, corazón, qué simple llegas a ser!... No te he escrito nada sobre la futura obra no porque no tenga confianza en ti, como dices, sino porque aún no tengo confianza en la obra"… "¡Deja de entregarte a la melancolía, por favor! ¡Ríete! Yo tengo derecho a estar deprimido porque vivo en el desierto, no tengo nada que hacer, no veo a nadie y estoy enfermo casi todas las semanas, pero ¿tú? Quiérase o no, tu vida es, a pesar de todo, plena". No exageraba: Chéjov amaba la vida de la gente de teatro, los paseos, las fiestas en el jardín, los estrenos, la compañía de personas inteligentes. "Olga personificaba para él esa existencia brillante y libre, de la que estaba excluido", dice Irene Nemirovsky. "Estoy rabioso -le escribió una vez- Envidio la rata que vive bajo la planchada de vuestro teatro".

Cuando en marzo de 1902 Olga pierde un embarazo, se siente avergonzada frente a las bromas (un tanto bárbaras, por cierto) de un actor ("Nuestra primera actriz se ha deshonrado: un niño de semejante hombre y no ha sabido guardarlo"). Chéjov le manda una carta cariñosa, como si fuera una niña: "Corazón mío, mi alfeñique, mi cachorrito, tendrás hijos sin defectos, lo dicen los médicos. Sólo hace falta que te recuperes por completo"(….) "y un marido que viva contigo durante todo el año. Pero yo, pase lo que pase, encontraré un medio y no me separaré de ti durante un año entero; y te nacerá un niñito que romperá la vajilla y tirará a tu basset de la cola".

Sus deseos no se cumplieron. En la primavera de 1904 se agravó su salud. Los médicos le recomendaron una clínica en Badenweiler, Alemania. Esta vez Olga pudo acompañarlo. Encontraron un hotel rodeado de jardines, y una habitación con grandes ventanales. Chéjov está muy débil: se fatiga al hablar, pero consigue inventar historias para hacer reír a Olga. Ella está asustada y no se mueve de su lado. En Leyendo a Chéjov, Janet Malcolm hace el relevamiento de las distintas versiones sobre la muerte del escritor. Cada biógrafo lo ha contado a su antojo, pero algunos elementos se repiten: la presencia de un médico, llamado a pedido del propio Chéjov, una botella de champagne (encargada por el médico o por Olga), un brindis. Años después Olga (que vivió hasta 1954) dio su versión de los últimos momentos: "Antón Pavlovich se incorporó y, con una suerte de gravedad, dijo fuerte en alemán al doctor (él hablaba mal el alemán) `Ich sterbe` (me muero) luego tomó la copa, volvió su cara hacia mí, sonrió con su maravillosa sonrisa y dijo: `Hacía mucho que no bebía champagne`; bebió lentamente hasta la última gota, se recostó sobre el lado derecho, y dejó de respirar".

El entierro fue tragicómico y chejoviano. El vagón que llevaba el féretro a Moscú decía en grandes letras, "Ostras frescas". Una parte del público que lo esperaba en la estación siguió por error el cortejo de un tal general Keller a quien traían de Manchuria, y se sorprendió al creer que le rendían honores militares a Chéjov. "Cuando se dieron cuenta -escribió Máximo Gorki- algunos con sentido del humor se echaron a reír. Detrás del cortejo de Chéjov caminaban unas cien personas, no más. Recuerdo sobre todo a dos abogados, con zapatos nuevos y corbatas elegantes. Yo caminaba detrás de ellos y escuché a uno hablar de la inteligencia de los perros; otro, elogiaba el confort de su villa y la belleza del paisaje. Una dama con sombrilla de encaje trataba de convencer a un viejito de lentes: `Ah, él era extraordinariamente gentil, tan espiritual`... El viejo tosía con aire incrédulo. La jornada era calurosa y polvorienta. Un gran gendarme montado sobre un enorme caballo precedía majestuosamente el cortejo".

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