CARLOS REHERMANN
EL 12 DE MARZO de 2002 el gobierno de Estados Unidos anunció un Sistema de Alerta de Seguridad Nacional (Homeland Security Advisory System), que se indica mediante un sistema de códigos de colores con cinco variantes. El verde significa bajo peligro; azul anuncia una situación de cautela; el amarillo indica peligro elevado; el naranja, alto riesgo para la seguridad, y el rojo, grave peligro.
Desde que se instauró el sistema jamás ha estado en azul ni en verde. Su estado más frecuente ha sido el de amarillo, con largos períodos de naranja y uno de rojo para los vuelos desde Gran Bretaña en agosto de 2006. El sistema se aplica a todo el territorio estadounidense, pero también a áreas o sistemas específicos, como los aeropuertos o la zona financiera de Manhattan.
LA CIUDAD Y LA SEGURIDAD. El nacimiento de las ciudades está unido a la seguridad. La ciudad no es un simple resultado del crecimiento de la aldea campesina, sino una nueva unidad económica, establecida como sede de un poder que administra y protege el entorno productivo. La ciudad nació como una forma cerrada, protegida por murallas, y creó una nueva categoría de lugar: el individuo puede estar, ahora, dentro de algo (la ciudad) y al mismo tiempo fuera de algo (su casa). La conciencia de esta dualidad dio inicio a la arquitectura.
La guerra de Troya, la guerra por antonomasia, fue una guerra de hordas contra la ciudad. Cae la ciudad cuando se destruye su piel, la muralla que define el par adentro/afuera. La Ilíada es, antes que nada, una oda a la ciudad, que habla de ella a través de un canto al deseo y al ímpetu de la conquista. Los estados modernos se generaron a sí mismos a imagen de la ciudad: como contenidos de una frontera, idea sólo comprensible porque era visible en la unidad política previa, la ciudad amurallada.
Con los estados modernos nació una nueva clase de guerras, en las que las ciudades, desprovistas de murallas, no eran tan importantes como algunos puertos, ciertas carreteras, determinadas zonas de producción. Fue un largo proceso de deslocalización del campo de batalla, que parece haber terminado definitivamente el 11 de setiembre de 2001.
Ese día, la ciudad volvió a ser protagonista de la guerra. Abierta, sin murallas, la ciudad está representada por los edificios que emergen de la masa indiscernible. Los rascacielos se plantan a sí mismos como blancos en esta nueva guerra.
Cuando no hay murallas que penetrar, los monumentos urbanos, puntos arquitectónicos singulares, emergen con nuevos significados. La teoría de la arquitectura se enfrenta a nuevos desafíos.
El arquitecto alemán Stephan Trüby dice que así como existen sistemas culturales a los que se puede asignar códigos simples, debería poderse hablar de un sistema arquitectónico. Por ejemplo, el sistema científico tiene un código binario "verdad / falsedad"; el sistema político funciona a través del código "tener poder / no tener poder"; el sistema artístico, que antes funcionaba mediante "bello / feo", ahora corre a través de "coherente / incoherente".
Para Trüby, la arquitectura de nuestros días no sabe qué es ni para qué existe, y tampoco se sabe bien qué hacen los arquitectos, de manera que no es fácil proponer un código. Es difícil determinar dónde termina la arquitectura y empieza el mundo. En el sistema político estamos afuera en cuanto no tomamos en cuenta el poder; salimos del sistema científico si dejamos de preocuparnos por la verdad; ¿cuándo salimos de la arquitectura?
Desde el 11 de setiembre de 2001, salimos del sistema cuando no corremos peligro de un ataque terrorista.
LOS CINCO CÓDIGOS EN ARQUITECTURA. Los códigos de peligro establecidos por el sistema de amenazas norteamericano aparece, entonces, como una posibilidad de codificación apto para la arquitectura.
Al menos así lo ven los miembros de un instituto de investigación de la Universidad de Stuttgart (Institut Grundlagen Moderner Architektur und Entwerfen -IGMA) en el libro 5 CODES. Arquitectura, Paranoia and Risk in Times of Terror (IGMADE, Birkhauser, 2006).
El código verde es la utopía, la Edad de Oro, la era primordial en la que los buenos salvajes vivían en una choza en el bosque.
El código verde representa un estado anterior al nacimiento de la ciudad, que el teórico alemán Gerd De Bruyn relaciona con el ideal de la cabaña de Thoreau, que le sirvió de ermita en Massachusetts. Pero hoy esa cabaña le sirve también al Unabomber, el terrorista solitario que armaba sus explosivos en una cabaña en los bosques de Montana. Buen salvaje.
El código azul instala un temor indefinible en el espacio. Para el crítico británico Sam Jacob, el espacio urbano que lo representa mejor es el suburbio norteamericano. La ciudad industrial atrajo a la nueva clase proletaria, que la invadió ruidosamente, la ensució, y la convirtió en un lugar peligroso y de mal gusto. La burguesía se alejó a lugares donde no llega el servicio de transporte público. Numerosas comunidades suburbiales estadounidenses se niegan a extender las redes de trenes subterráneos hasta sus barrios, lo cual les ahorraría más de una hora y media diaria de automóvil, para evitar que algún desarrapado de la ciudad comience a deambular por la cuadra.
El código amarillo es el estado de referencia. Para el arquitecto israelí Eyal Weizman, el amarillo siempre ha simbolizado la expulsión y el sentimiento de exclusión. Era el color que los nazis destinaban a los judíos. Weizman pone como ejemplo la urbanización en Israel, planteada como sistema de fortificaciones defensivas contra las conurbaciones palestinas. La construcción del muro que separa Israel de Palestina es el caso más extremo de esta política preventiva.
Pasar de amarillo a naranja significa pasar de la pasividad a la acción. Acción que en este caso sólo puede significar evasión, salida. Este es el punto débil de cualquier plan de seguridad: la seguridad de un banco se rompe por la necesidad de disponer de salidas para caso de incendio. El naranja no está representado por un espacio, sino por una acción: el escape. El crítico de arquitectura británico Martin Pawley habla de "seguridad fantasma" para referirse a vastos sistemas electrónicos que aseguran la permanencia de la información aunque no la supervivencia de los usuarios de los edificios. Es lo que ocurrió con los contenidos de la banca Morgan en el World Trade Center: no se perdió ni un bit de información; las pérdidas humanas fueron totales. Los espacios preferidos para un ciudadano que vive en el estado naranja es el "no lugar" definido por Marc Augé: lugares de paso, supermercados, aeropuertos, autopistas, donde la permanencia es transitoria, de fugaz duración.
El código rojo es la fantasía final, manifestada por primera vez en el cuarto de comando o War Room. No tiene ventanas, pero sí pantallas capaces de ver cualquier lugar del mundo. Son ventanas ubicuas, puesto que el cuarto de control es el lugar de Dios. Este empíreo tiene su contraparte en el infierno que necesariamente ocupan los diablos de ese estado rojo: la cárcel de Abu Ghraib, el campo de Guantánamo, espacios secretos, de suplicio, en el que sus habitantes no tienen ningún estatus: no se sabe quiénes son o cuánto tiempo habrán de permanecer.