Los bordes de la Historia

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MARÍA DE LOS ÁNGELES GONZÁLEZ

DESDE HACE unas décadas, el discurso histórico viene apartándose progresivamente de su carácter aseverativo, y la posibilidad de concebirlo como una construcción verbal equiparable a otras, como la literatura de ficción, ha ganado terreno, socavado en parte sus bases teóricas e instrumentales. Se ha hecho frecuente que el texto histórico problematice el alcance y el estatuto de su propia tarea. Consciente de que la historia es, en definitiva, un relato, y de que todo relato implica selección, jerarquización e imprime un sentido a los hechos, el historiador sospecha de la tradición, advierte lo que "ha quedado afuera" y se desvela por multiplicar sus fuentes. La "microhistoria", de la que Carlo Ginzburg ha sido su principal representante, revaloriza las fuentes que delaten las voces olvidadas, se propone narrar lo cotidiano, reconstruir las vidas anónimas, de las que sólo quedan rastros escritos indirectos o casuales. Se trata de indagar entre los intersticios de los grandes hechos, para descubrir lo pequeño, jerarquizar lo inadvertido: lo que se conserva en las cartas privadas o puede rescatarse de una causa judicial. La prensa también puede ser una fuente heterodoxa si se atiende lo que sugiere la publicidad, la información que aportan las cartas de los lectores o el correo del corazón. El método exige del historiador una tarea de reconstrucción más explícita, puesto que los documentos apenas proporcionan indicios. El riesgo de la parcialidad es tanto o mayor que cuando se trabaja con los grandes hechos políticos o económicos, la diferencia es que el investigador actual lo asume y aun puede sacar partido de él.

VERDAD E INCERTIDUMBRE. Ana Ribeiro es historiadora, ha recibido en tres ocasiones el Primer Premio de Ensayo de la Academia Nacional de Letras, entre otras muchas distinciones, y además publicó varios títulos en su especialidad, bajo los sellos de Ediciones de la Plaza y del diario El País: Historia e historiadores nacionales (1940- 1990) (1991), Historiografía nacional (1880- 1940) (1994), Montevideo, la Malbienquerida (1996, 2000, 2007; Ver recuadro), Lanzas en el umbral de la democracia (1998), Los tiempos de Artigas (1999) y 200 cartas y papeles de los tiempos de Artigas (2000). En 2003 dio a conocer El Caudillo y el Dictador (Planeta). Como lo evidencian estos títulos, su trabajo parte de la preocupación por el establecimiento de una tradición historiográfica en relación al pasado local y de una formación y metodología clásicas. Sin embargo, en Montevideo, la malbienquerida, que acaba de reeditarse, aflora la inquietud por acudir a otros discursos que sirvan de contrapunto a la investigación histórica. En el Prólogo manifiesta: "La dicción de la ciudad acusa recibo de la ruptura de los modelos históricos globales que habían delineado su imagen. Estas elaboraciones globales, que toda escritura contiene, hermanan a la historia y la literatura: ambas denotan una idéntica búsqueda de sentido que parte del escritor hacia la realidad, imantando al lector". Sin fuente teórica declarada, la autora opta por llamar dicción -un término en general vinculado al habla- a los variados textos que integra para ilustrar la evolución material y simbólica de la ciudad capital. Así, los textos literarios se intercalan en el mismo nivel que los documentos históricos o los textos periodísticos. Para eso, parte de la premisa -con cierto riesgo- de que la literatura siempre está ligada a un referente material. A partir de esa homogeneización de lo que llama dicciones, ubica las voces autorales en distintas categorías, desde escritores-poetas, escritores-periodistas, escritores-historiadores, hasta escritores-políticos, escritores-montevideanos, escritores-burgueses-letrados o escritores-soldados. Si bien los rótulos buscan evidenciar que todo texto es escritura, puesto que es construcción verbal marcada por un sujeto, la clasificación tiene sus debilidades, en la medida en que mezcla tipos discursivos con oficios y posiciones sociales. La operación podría llevarse al infinito, y encierra en su propio cuadro la duda, porque además de escritor-historiador, Alberto Zum Felde fue poeta, crítico literario y dramaturgo.

En El Caudillo y el Dictador, Ana Ribeiro continuó explorando formas alternativas de escribir la historia y de tratamiento de las fuentes. Por eso, no sorprende que proponga en el Prólogo a su reciente y nuevo libro Historias sin importancia: "Elegí para el relato la lógica literaria, porque siempre me pareció superior a la del relato histórico", argumentando, entre otras razones, que el relato literario "libera de la posibilidad [...] de saber el desenlace posterior de su historia, de su episodio o de su personaje", dando paso a la incertidumbre, en general ajena a la "rotundidad del hecho histórico". La forma en que la autora presenta sus relatos en este nuevo libro, estructurado en episodios independientes que abarcan desde la fundación de Montevideo hasta 1925, consiste en un tratamiento libre de las fuentes -periodismo, crónica, archivos públicos y privados, literatura, memorias-, con una dosis importante de imaginación para rellenar los huecos de lo que no ha sido escrito. Para eso, echa mano a distintas voces narrativas: asume a veces la tercera persona omnisciente, en otras le da voz a los protagonistas o elige la suya propia para dar cuenta de las dudas del investigador y las dolorosas limitaciones en el establecimiento de la verificación. En la mayoría, se ajusta a nombres y hechos que realmente existieron; en otros, se permite inventar, fiel a su convicción de que la literatura debe ser entendida como construcción de lo verosímil.

HISTORIAS MÍNIMAS. "Cualquier cosa pequeña, en la palma de la mano, desarrolla una fascinante luminosidad interna". La frase es del narrador gallego Manuel Rivas y con acierto la elige Ana Ribeiro como acápite de Historias sin importancia, porque sirve para ilustrar un método de trabajo y un enfoque. El último capítulo del libro gira en torno al descubrimiento de una hipotética fotografía de Artigas que, de haber sido en efecto auténtica, sería la única que habría sobrevivido del héroe patrio. La historiadora narra con qué devoción aplicó la lupa para indagar en los pequeños detalles del antiguo daguerrotipo. El procedimiento sirve como metáfora del conjunto: se trata de mirar con lupa en los pliegues de los grandes acontecimientos, para rescatar las anécdotas, las figuras secundarias, las menudencias de la vida cotidiana o de las costumbres que, sin embargo, forman parte de su explicación. Muchos de los relatos se centran en figuras irrelevantes para la macrohistoria. Por una serie de breve cuadros pasan figuras como Trinidad Guevara, primerísima actriz de la Casa de Comedias y amante de Oribe, de quien tuvo un hijo, o Manuel Amenedo Montenegro, Cura Párroco de San Carlos, quien dejó un registro de todas las actividades locales, en especial un relato de las Invasiones Inglesas que no tiene nada que envidiarle a los cuentos del realismo mágico. Ribeiro aporta lo suyo para aumentar la tensión con que narra la espera de los invasores por parte de los lugareños, quienes, en su pánico, llegan casi a la alucinación, confundiendo un ejército con un rebaño de ovejas, un episodio que ya había inventado Cervantes. En otros capítulos, un narrador ficticio de un diario de bitácora cuenta la llegada de los primeros pobladores a Montevideo; una mujer pobre y renga es socorrida por Oribe, a menudo tan inflexible, durante el Sitio de Montevideo; una elegante procesión con posterior banquete celebrando la caída de Sebastopol se cruza en la Plaza Matriz con el levantamiento local de fines de 1855; la Revolución de 1886 es seguida en sus mínimos detalles, a partir de un diario firmado por Juan Chabrier (seudónimo de Juan Ánfora). Cada historia se basa en materiales de distinta índole, que constan en general en nota al pie, y es trabajada con procedimientos también diversos.

GRANDES HOMBRES. "Felipe II lloró al hundirse su flota. ¿No lloró nadie más?": es el otro acápite de Historias sin importancia, tomado de Bertolt Brecht. Se sabe que no hay testimonios que puedan dar cuenta de los tantos que habrán llorado, porque la Historia escrita ha gravitado en torno a los grandes hombres y los grandes acontecimientos, de los que han quedado registros y puede inferirse que han cambiado, en una hora, en un día, en un año, el curso del futuro. Más allá de las voces anónimas perdidas o reconstruidas con dificultad, también es un desafío encontrar huellas de las miserias cotidianas de los grandes personajes. Es otra línea en la que incursiona, casi siempre con éxito, Ana Ribeiro. Dedica un capítulo a Francisco Acuña de Figueroa, ya bastante desacreditado, basándose en el Diario Histórico del Sitio de Montevideo; en otro recrea la devolución de los Trofeos de la Guerra de la Triple Alianza a un Ministro de Paraguay, llevada a cabo por Máximo Santos; tiene un recuerdo para la dureza y el autoritarismo de Latorre y otro para la ferocidad de Gregorio Suárez. Un relato rescata un episodio casi desconocido: los años que Pedro Ramón y Cajal, hermano del Premio Nobel y también científico, pasó en Uruguay al servicio de Timoteo Aparicio. La forma de vida y el culto al coraje de los Saravia se recrean en dos capítulos, uno centrado en Nepomuceno y otro en la escaramuza que le costó la pierna a Aparicito, el mayor de los hijos del General. En una carta de Cándida, la esposa de Aparicio, se lee la conformidad de quien antepone el servicio a la patria al interés personal, pero Ribeiro rastrea entre líneas el dolor de la madre. Y afirma que Luis Alberto de Herrera habría visto llorar a Aparicio cuando a su hijo le amputaron la pierna. También se pregunta por los otros que habrán llorado: "La madre del indio muerto por Nepomuceno no dejó carta alguna para la Historia".

LA INTIMIDAD VIOLADA. Otra clase de historias rozaron nombres conocidos: aquellas que, aunque en apariencia silenciadas oficialmente, resurgen cada tanto por el gusto de dar difusión al escándalo. Un amor adúltero entre personajes de las clases altas montevideanas alcanzó una gran trascendencia, por el destino que le esperaba a uno de los involucrados, y gracias a los versos de un poeta. En 1904, Celia Rodríguez Larreta, casada con Adolfo Latorre, se enreda sentimentalmente con el joven Luis Alberto de Herrera. Por mediación de Teófilo Díaz, los esposos aceptan intentar una reconciliación, en un encuentro en el Hotel del Prado, que resulta infortunado, porque Latorre mata allí mismo a su esposa. Enterado Díaz, mata a su vez a Latorre, y es internado en una casa de salud por el resto de su vida, por insanía mental. Herrera no interviene más en la historia. Pero durante las honras fúnebres de Celia, Roberto de las Carreras irrumpe con la lectura de un poema -su "Oración Pagana"- en homenaje a quien considera víctima del amor libre. Por esos días, el caso es utilizado por quienes abogan por la ley de divorcio. Ana Ribeiro recrea el episodio, concluyendo que "a Celia el tiempo la ocultó, de tanto nombrarla en voz baja, porque de Celia se habla a escondidas, se murmura, pero no se escribe". No puede pensarse que este sea el único caso de adulterio con final trágico en el 900; alguna investigación futura o en curso podrá develar más datos al respecto. De los muchos que habrán ocurrido, este, que roza la presumida aristocracia local y una figura pública es, sin embargo, el más célebre, porque el prejuicio actúa en estos casos consolidando la memoria. Hace cuarenta años, Ángel Rama narró los pormenores del suceso en la edición del Psalmo a Venus Cavalieri, de Roberto de las Carreras (Montevideo, Arca).

LA FOTOGRAFÍA COMO PRUEBA. Si bien Historias sin importancia se presenta como una construcción literaria basada en algunos soportes documentales, la importante presencia de las fotografías en el volumen refrenda la necesidad de verificación que es pretensión del relato histórico. Eso, más allá de la libertad en el manejo del discurso, visible en especial en la renuncia a la tercera persona que, desde Herodoto, se fijó como base de la técnica del historiador para indagar objetivamente el pasado. A pesar de la preocupación por despejar la necesidad de construir certezas, y de la conclusión final que asume que la supuesta fotografía de Artigas puede considerarse tan falsa como verdadera, según se mire, lo cierto es que el relato histórico mantiene un campo de trabajo y un formato fiel a ciertas necesidades, que Roger Chartier define como "una relación específica con la verdad, [en la medida en] que sus construcciones narrativas intentan ser la reconstrucción de un pasado que fue".

HISTORIAS SIN IMPORTANCIA, de Ana Ribeiro. Ed. Planeta. 2007. Montevideo. Distribuye Planeta. 232 págs.

Imágenes de Montevideo

CIUDAD MÁGICA y tormentosa. Así definió Ida Vitale a Montevideo, su ciudad natal, y ella misma la advirtió como una construcción fantástica de la literatura y el mito, porque la edificación de una "imagen ideal es necesaria a toda ciudad para que esté de veras viva y fuera de peligro de extinción". Cada día, sus residentes y sus turistas, contribuyen a alimentar ese mito, que consiste en descubrir repeticiones y ausencias y otorgarles un sentido.

En 1996, Montevideo fue declarada Capital Iberoamericana de la Cultura. La Academia Nacional de Letras convocó a un concurso sobre "Cronistas e historiadores de Montevideo", del que resultó ganador el ensayo de Ana Ribeiro, Montevideo, la malbienquerida. Editado en 1996 por la Academia Nacional de Letras, fue reimpreso en 2000 por Ediciones de La Plaza y ahora por Planeta. Allí Ribeiro se ocupa de enhebrar la historia de la ciudad, desde su fundación hasta los años 90 del siglo XX, a través de testimonios de cronistas y viajeros, fragmentos literarios, artículos de prensa, siempre insertándolos en un contexto de época. El resultado es un mosaico rápido, heterogéneo y fragmentado que permite asistir a la construcción, los vaivenes y las contradicciones del imaginario que da carácter a la ciudad y en cierta medida, modela a sus habitantes.

MONTEVIDEO, LA MALBIENQUERIDA, de Ana Ribeiro. Ed. Planeta, Montevideo, 2007. Distribuye Planeta. 224 págs.

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