Algo más que una industria

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MARIO H. GRADOWCZYK (desde Kassel, Alemania)

DE NUEVO KASSEL ocupa el centro de atracción internacional. El 16 de junio se inauguró Documenta 12, que aglutina a más de 120 artistas de diferentes partes del globo. En este caso fue organizada por Roger Buergel, su director artístico, y la curadora Ruth Noack, su esposa.

Al recorrer la lista de los artistas invitados y de sus obras sorprende la inmensa mayoría de nombres poco conocidos para el gran público, activos en diferentes épocas y continentes, que exhiben videos, esculturas, grabados, fotografías, pinturas, objetos, dibujos, instalaciones. Solo aparece el emblemático Ángelus Novus de Paul Klee, que Walter Benjamin le obsequió al filósofo y cabalista Gershom Scholem, obra que se encuentra en el Museo de Jerusalén (aunque el préstamo no se concretó porque la pintura estaba infectada de hongos). Se suman un trabajo de Agnes Martin y un retrato de Gerhard Richter. Esta es una decisión de alto riesgo, si se tiene en cuenta la tendencia museística actual de realizar mega-exposiciones con nombres que atraigan a un público masivo, y la acción de sostenidas corrientes locales que ven con desagrado cómo se "malgastan" los dineros públicos.

Si el visitante piensa que se va a encontrar con un relato visual que siga un hilo conductor en un sentido temporal (historicista) se verá defraudado. Por el contrario, en casi todos los casos los curadores han tejido su trama disponiendo los artefactos de manera casi azarosa en los cinco grandes espacios ubicados en diferentes sitios de Kassel. Podría decirse que Documenta 12 resulta una deconstrucción de más de quinientos años de historia del arte. Por esos motivos requiere del observador un compromiso mayor: recomponer y asimilar fragmentos diversos: temporales y espaciales. Si lo logra, aunque sea sólo de modo parcial, estará en mejores condiciones para comprender el desarrollo del pensamiento artístico actual en sitios y contextos diferentes.

COLORES DE ALIVIO. Al recorrer los espacios expositivos se observa que se ha dejado de lado la idea del cubo blanco. Los muros, pisos y vitrinas responden a un juego de colores que alivian la inevitable fatiga visual. Hay hechos singulares que puntualizan épicas del modernismo, como por ejemplo la inclusión del fotomontaje Madí, realizado por la fotógrafa argentina Grete Stern, nacida en Alemania y alumna de la Bauhaus. O algunas asociaciones, como la estructura de hierro del concreto brasileño Luis Sacilotto confrontada con otra del escultor español Jorge Oteiza, ambas realizadas a fines del 50.

Otras asociaciones sólo son virtuales. Se incluyen por ejemplo cuatro heliografías de la serie de planimetrías urbanas de León Ferrari. Se destaca también la presencia de Iola de Freitas, escultora brasileña, con una gigantesca escultura con placas de policarbonato y tubos de acero que traspasa el espacio interno del Museo Fridericianum, para expandirse hacia el exterior sobre su fachada principal. Así, muestra las posibilidades de transformación que presenta la escultura contemporánea y su interacción con la arquitectura, en este caso un clásico y emblemático edificio del siglo XVIII. Luis Jacob, peruano radicado en Canadá recoge en su Álbum III, libro de artista desplegado en una gran sala, cientos de fotografías de situaciones, personas y objetos en una serie casi infinita, una suerte de museo a lo André Malraux.

La preocupación por reflejar lo político es tema recurrente para los curadores. Sonia Abián Rose, nacida en Argentina y residente en España, presenta un elegante mueble en un estilo campagnard que no desentona con el elegante museo Wilhelmshöhe. Pero al abrir sus diferentes cajones emergen representaciones del prostíbulo de Auschwitz entremezcladas con imágenes de Rubens y otros maestros, todo acompañado por una canción de Carlos Piegari. En esta línea argumental, Graciela Carnevale expone su documentación sobre "Tucumán arde", que refleja la preocupación de los artistas argentinos ante las consecuencias sociales provocadas por la clausura de ingenios azucareros durante la dictadura militar en 1968.

De existir dudas sobre la eficaz conjunción visual que hoy existe entre la poética de los nuevos medios y el contexto, el video de la artista chilena Lotte Rosenfeld, Una milla de cruces sobre el pavimento (1979), y las incisivas frases de otro chileno, Gonzalo Díaz, sirven, en un caso, para registrar las atrocidades de Pinochet y, por el otro, para desplegar la potencia conceptual de frases resignificadas por medios visuales, medios que las transportan al plano de la imaginación y de la sugestión.

Lo antropológico es otro tema que abunda. Se exhiben los esfuerzos concretos para urbanizar las "favelas" de Rio de Janeiro que lleva a cabo el arquitecto Jorge Mario Jáuregui, mientras que Dias & Riedweg recrean en un video la historia antropofágica de tribus brasileñas según la narración de un expedicionario alemán sobreviviente.

Los cinco pabellones incluyen, entre tantas obras y artefactos, las miniaturas persas e indias realizadas a partir del siglo XVI, el neo-constructivismo de una checa casi desconocida, Bela Kolárová, o un descarnado retrato de Bolívar del chileno Juan Dávila (radicado hace más de 30 años en Australia), donde combina la estética del marco recortado Madí con sus propias obsesiones eróticas. Entre la docena de sus trabajos se exhiben dos pinturas con el personaje Juanito Laguna. Por otra parte Romuald Hazoumé, nacido en Benin, articuló una instalación en la que mezcla una fotografía, un texto con un gigantesco bote realizado con cientos de fragmentos de bidones de plástico. Cabe preguntarse si no hubiera sido preferible confrontar esta poética del descarte con la expresividad del original de Berni en lugar del "ersatz" (sustituto) propuesto por Dávila.

La exposición alcanza quizá una de las vibraciones más altas en el museo del castillo de Wilhelmshöhe, donde se establece un contrapunto entre las maravillosas pinturas de Rembrandt ubicadas en su sala central con un fotomontaje de la artista polaca contemporánea Zofia Kulik.

En un pequeño cuarto, dos pinturas abstractas realizadas a principios del 60 por la norteamericana Lee Lozano escoltan airosas el retrato de una mujer pintado por Richter al modo de Vermeer. Esto marca la justa reivindicación de una artista ya fallecida y largamente ignorada. Se trata quizá del mayor homenaje a la pintura que se observa en Documenta 12. No es un hecho fortuito, porque este agrupamiento exhibe, por un lado, la capacidad multifacética del alemán y, por el otro, demuestra lo inadecuado que resulta aplicar a rajatabla el concepto de legitimación como medida de valorización del arte moderno y contemporáneo.

EL VIENTO Y EL ARTE. Una magnífica escultura de 12 metros de altura del chino Ai Weiwei estaba armada por soportes, puertas y ventanas rescatadas de antiguas construcciones destruidas de las dinastías Ming y Qing. Ocupaba un espacio central de la muestra. Pero la estructura no resistió los primeros vientos fuertes que soplaron en la zona, y sus restos esparcidos fueron registrados por la prensa y la televisión. No será reconstruida.

Por otro lado, Lotty Rosenfeld pintó en varias calles céntricas líneas blancas, como un remedo de las cruces de su impactante video. Antes de la inauguración, el servicio de limpieza del ayuntamiento de Kassel, tal vez no informado de esta intervención urbana, las removió. Miserias del desarrollo.

Consultado Buergel sobre cual sería, para él, el legado de esta Documenta 12, respondió: "Si logra agitar a la gente y transmitir una idea del arte como algo más que una industria, seré feliz". Podría pensarse que, en efecto, el arte debiera ser visto como un fenómeno universal, que está adquiriendo una nueva perspectiva en el mundo globalizado. Porque lo global no debiera verse como una superficie perfectamente lisa y pulida con curvatura constante. Cuando uno se acerca a su superficie, existen cúspides y simas, fracturas peligrosas y valles umbríos, seres al acecho, luces brillantes y tinieblas insondables. Éste es el mundo donde vivimos, y el arte de nuestro tiempo no le es ajeno.

En el tiempo y el espacio

MARIO TRAJTENBERG (desde Kassel)

LA CIUDAD ESTÁ en el centro geográfico de Alemania, a pocos kilómetros de lo que hace apenas 17 años era la frontera del Este, rodeada de montañas celebradas por la poesía y la música e impregnada aún por la presencia de sus ciudadanos más ilustres, los hermanos Grimm.

La muestra Documenta 12 empezó en 1955 como ofrecimiento a un país destruido y una sociedad desmoralizada. Con el tiempo ha ido creando nuevos espacios dentro de la ciudad y atrayendo a decenas de miles de turistas. Esta edición reúne alrededor de 500 obras y terminará el 23 de setiembre. Están distribuidas en cuatro edificios de arquitectura clásica y un gran pabellón construido especialmente, precario como pueden serlo las definiciones del arte contemporáneo.

Lo primero que desconcierta es la cantidad de testimonios del pasado, el director Roger M. Buergel y la curadora Ruth Noack los han incluido en forma voluntaria y casi desafiante, para poner al desnudo las raíces de la contemporaneidad. Se trata mayormente de tapices orientales y pintura de distintas tradiciones indias incluida la de los mogoles. De un pasado menos remoto (1956) viene una obra curiosísima, "Electric dress", de la japonesa Atsuo Tanaka, que exige vestirse con docenas de lámparas de colores conectadas a la electricidad. Hay también algún dibujo que recrea voluntariamente la inocencia de la niñez (Peter Friedl) y una obra "primitiva", pero en realidad muy sofisticada, que trasmite la visión despojada de una artista inuit, o esquimal, Annie Pootoogook. El pasado más o menos inmediato también está presente como origen de obras contemporáneas. Es así como una pequeña escultura metálica del español Jorge Oteiza, "Conjunción dinámica de dos pares de elementos curvos y livianos" (1957), que ya puede hacer casi figura de clásico, se contrapone de lejos a una pieza enorme e invasora de la brasileña Iole de Freitas, producida 50 años más tarde en base a una combinación de bordes de acero y láminas curvas transparentes de policarbonato, que atraviesa el muro del museo Fredericianum y se ve sobre su fachada. En su gracia y su dinamismo inmóvil, esta obra puede considerarse emblemática de toda la muestra.

Si se quiere buscar hilos conductores no hay que ir mucho más lejos que la abundancia de fotografías. Cumplen su doble función de testimoniar una realidad geográfica e histórica, y de atrapar un momento, por ejemplo el happening, del cual no queda más rastro que un video, cuando existe. Esto último es lo que se propone Graciela Carnevale, con su foto de una broma pesada que gastó a un grupo de personas en Rosario (1968), dejándolas encerradas en una tienda. Otras imágenes registran una visión caótica o anarquista del mundo exterior, como la del peruano Luis Jacob, o un despojo territorial como el que han sufrido los pueblos indígenas norteamericanos ("Spiral clouds", de Andrea Geyer) o los beduinos de Palestina ("Goter" de Ahlam Shibli), o una protesta política en clave, como la que hizo Lotty Rosenfeld en Santiago (1979) pintando cruces en el pavimento para enmascarar las franjas trazadas por la autoridad.

COMPROMETIDOS. Si uno va a Documenta 12 esperando sólo una experiencia estética sale chasqueado. El director y la curadora han incluido una cantidad abundante, por no decir abrumadora, de ejemplos de posicionamiento político ante la realidad, trátese de la situación de la mujer, del cambio social, la explotación económica, los atentados contra el medio ambiente o el urbanismo invasor. Muchas de estas reacciones del artista son familiares desde hace años para quien haya visitado por ejemplo el museo contemporáneo de Berlín, donde, a un paso de los restos del infame Muro, Anselm Kiefer ha puesto sus detritus industriales. La alusión política es evidente por ejemplo en el búlgaro Nedko Solakov, ex soplón de los servicios secretos, que en "Top secret" (1989) muestra una caja de fichas personales semiabierta. El chileno Juan Dávila, residente en Australia, tiene varias grandes imágenes que interrogan los mitos americanos y la pornografía difusa en la publicidad, llegando a exponer un Bolívar mulato con senos de mujer (1994). La preocupación por el medio ambiente, leitmotiv de todos los partidos políticos europeos, se manifiesta de múltiples maneras, empezando por una mesa de 16 metros que Ines Doujak ha cubierto con sobres de semillas para aludir a la piratería genética que está despojando al tercer mundo de muchas especies vegetales. Aunque debe agregarse que las hojas y flores, en otra de sus obras ("Siegesgarten") aluden a prácticas sexuales fetichistas. En este contexto es significativa la presencia de los artistas chinos, que ocupan la muestra con obras generalmente muy extendidas en el espacio. Lu Hao, en una pintura sobre tela de varios metros de largo, testimonia la transformación de Pekín retratando con todos sus edificios una avenida que corta la ciudad en dos ("Recording 2006 Chang`an street"). El bien llamado "Cuento de hadas" de Ai Weiwei incluye no sólo 1001 sillas de la dinastía Qing sino la visita de otros tantos ciudadanos chinos que fueron invitados a Kassel en cinco grupos. Zheng Guogu tuvo una curiosa idea para atacar uno de los mitos sagrados de la cultura china: la caligrafía. Su "Waterfall" es literalmente eso: una cascada sólida, producida con la inmersión de miles de textos caligráficos en cera. No falta tampoco alguna producción de la otra China, "Who`s listening?" del formosano Tseng Yu-Chin, un tierno video que documenta los mimos entre una mujer y su hijito.

ANIMACIONES. El video es instrumento de una larga escena realizada por el irlandés James Coleman, "Retake with evidence". Harvey Keitel aparece recitando fragmentos poéticos en un desierto poblado por ruinas clásicas, a la manera de Giorgio de Chirico. El efecto de esta presentación, que ocupa un salón por sí sola, es decididamente hipnótico.

Uno de los cuadros animados de la muestra es tridimensional y en vivo: "Floor of the forest" de Trisha Brown, que ha instalado en un espacio semiabierto un bosque de cuerdas y ropa colgada, en el cual evolucionan varios jóvenes que improvisan una secuencia distinta cada día.

Entre obras más fáciles de absorber están por ejemplo las formas esféricas puramente blancas de Mária Bartuszová, que aluden al origen de la vida, o "Minnesota" (1989) de John McCracken, un ídolo verde de perfecta lisura y forma geométrica, compañero ajeno de su mandala "Tantric" (1971) y nacido de una misma experiencia de concentración y meditación. Estos volúmenes estáticos son como oasis en el mundo caótico e interminable de Documenta 12.

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