Un castillo afortunado

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CARLOS Ma. DOMÍNGUEZ

ESCRITA en 1985, El castillo blanco es la novela que consagró internacionalmente a Orhan Pamuk, que obtuvo el Nobel de Literatura en 2006. Es su tercera novela. Fue traducida del inglés en los años noventa y llega ahora en una traducción directa de la editorial Mondadori, jerarquizada por la fama del autor, nacido en Estambul en 1952, hijo de una familia acomodada y culta de Turquía.

Poco antes de recibir el Nobel, Pamuk denunció los crímenes de su país contra los armenios y los kurdos, lo que le valió un juicio del estado y una amenaza de muerte. Algunos críticos aseguran que se trató de una estrategia oportunista, pero siempre habrá alguien dispuesto a argumentar contra los premios de la Academia sueca con razones plausibles, desde que la literatura y los escritores, de tanto en tanto, encuentran en la política un generoso eco (ver El País Cultural No. 876).

"Está estructurada como una novela histórica, pero su contenido es principalmente una historia sobre cómo nuestro ego construye historias y ficciones de diferentes tipos. Muestra que la personalidad varía", dijeron los miembros de la academia. No parece un mérito incontrastable tratándose de un género que exhibe esos supuestos desde el Quijote de Cervantes. Como valoración es ingenua; en cambio John Updike la celebró como "una novela brillante, digna de un narrador único, excepcional".

Narra la historia de un joven científico italiano que, en el siglo XVII, es capturado por una flota turca mientras viaja de Venecia a Nápoles y, convertido en esclavo de un Rajá, luego es regalado a un sabio musulmán. Ambos se parecen como hermanos gemelos y durante veinticinco años comparten una relación de competencia y colaboración, amor y odio, a la sombra de las dádivas y beneficios otorgados por un joven sultán.

El tema de la novela es el doble, sus fantasmas, los conflictos de identidad entre dos personajes que remiten en sus vacilantes confrontaciones a los de Oriente y Occidente. Además de dos implícitas referencias a Cervantes, la novela comienza con la presentación de un narrador que halló el antiguo manuscrito en una tienda y la inteligencia de su intriga -más que una intriga, una paradoja-, es que resulta imposible determinar cuál de los dos protagonistas escribió el libro.

Pese a los halagos recogidos, la trama es excesivamente morosa y somete el interés a los sucesivos cambios de actitud de unos personajes sin profundidad psicológica, como maquetas de las intenciones que los dominan. Su carnadura es intelectual. Son personajes para leer, más que para creer en ellos, y su lectura es la de la alegoría. El peso del relato es llevado por sus conversaciones en torno a las distintas estrategias para seducir e influenciar al pequeño sultán, un niño en los comienzos del relato, y a los diversos proyectos que emprenden: un reloj para dar la hora de los rezos, una batería de fuegos artificiales, un libro de animales imaginarios, augurios, oráculos e interpretaciones de sueños, una máquina de guerra. Más que sabios o científicos del siglo XVII, parecen dos truhanes en busca de poder. Uno necesita del otro, la semejanza les permite intercambiar sus roles, reconocer similitudes y diferencias a medida que se confiesan sus recuerdos. Esa es la zona que coloca a la novela en la clave discretamente política de su intención, pero la experiencia estrictamente literaria se resiente, demasiadas secuencias llevan al lector por argumentaciones triviales y círculos de tedio y nimiedad.

Un anexo escrito por el autor explica de dónde Pamuk ha tomado cada referencia, las de Cervantes, las de Leonardo da Vinci o las de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, pero el texto está lejos de la grandeza de sus fuentes y las comparaciones no lo benefician. Desde luego, hay escritura, vocación narrativa auténtica y la obra no carece de virtudes, pero ha sido magnificada por la tensión internacional entre Oriente y Occidente, notoriamente externa a la dimensión de la historia narrada.

EL CASTILLO BLANCO, de Orhan Pamuk, Mondadori, Buenos Aires, 2007. Distribuye Sudamericana. 183 págs.

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