HUGO FONTANA
CUANDO EN 1942 Albert Camus dio a conocer El extranjero, la esencia conceptual de su novela pudo entenderse como una advertencia ante el avance de un estado de cosas que podía llegar a afectar a todos los seres humanos: la imposición -o peor aún, el reinado- de la indiferencia ante cualquier otro estado emocional, una suerte de nihilismo metabolizado socialmente a fin de que cualquier acto de violencia terminara sujeto a una genealogía involuntaria o al menos equívoca, aleatoria.
En la novela de Camus, Mersault, su protagonista, un hombre que no pudo llorar en el funeral de su madre, asesina a un árabe. Tras dispararle cuatro veces a su víctima, toda reflexión posible lo lleva a estas palabras: "Comprendía que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz". Y con esa misma indolencia asiste al proceso judicial, a su condena a la pena de muerte y a su propia ejecución. Pero lo que para aquel entonces era en ojos del autor una suerte de amenaza -en particular si se tiene en cuenta que él escribió y publicó su obra maestra en el París ocupado por los nazis- , para otros escritores más cercanos en el tiempo, acaso atrapados en la misma moralidad, el asunto se ha transformado en parte ineludible de nuestra cotidianeidad, más allá de que el escenario cambie tan radicalmente como de la Sudáfrica del apartheid al Londres de comienzos de los 60 o a la Australia de estos días.
Camus cargaba con un complejo: nacido en Argelia, colonia de Francia, el talento y el tiempo lo convirtieron en uno de los mejores escritores de lengua francesa, al que le fue concedido el Premio Nobel en 1957. Algo similar, aun ante la benevolencia cosmopolita de las últimas décadas, le ha ocurrido a John Maxwell Coetzee. Nació en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 9 de febrero de 1940, hijo de colonizadores ingleses que, más allá de haberse enfrentado al sistema racista que rigió en esta república hasta principios de la década del 90, fueron dueños de un idioma en el que se escribieron los decretos de un gobierno retrógrado, que pareció inconmovible a todo tipo de protestas durante una verdadera eternidad.
Si soy una O. Para Coetzee, la geografía es el lenguaje que los individuos hablan, una geografía que va de la ciudad moderna al medio de la nada, del estallido verbal al silencio. Entre esos dos puntos cardinales coexisten el crecimiento y el sexo, la ética y la violencia, la barbarie y la literatura. La mayoría de sus personajes escriben o intentan hacerlo: el profesor de Desgracia (que asiste a la violación y embarazo de su hija sin que le sea permitido reaccionar), la veterana novelista de Elizabeth Costello, la náufraga de Foe, Susan Barton, la cancerosa de La edad de hierro, el muchacho que él mismo fue de Juventud, la parricida de En medio de ninguna parte, el padre al rescate de la memoria de su hijastro de El maestro de Petersburgo, el hombrecito de Vida y época de Michael K. Algunos escriben cartas o diarios; otros, novelas secretas o formidables. Algunos piden ayuda a escritores consagrados, como la mujer que tras sobrevivir un año a un naufragio y conocer a Cruso (Robinson Crusoe) y a Viernes en una isla, le envía a Foe (Daniel Defoe) bocetos de su propia aventura para que éste la auxilie a redactar un libro que dé cuenta de los pormenores padecidos; algunos la rechazan, como el Paul Rayment de Hombre lento, quien tras perder una pierna en un grave accidente y decidir no acusar al victimario ni implantarse una prótesis, se cruza intempestivamente con la Costello, la que le ofrece integrarlo a una historia distinta a la que él ha elegido para sí.
Moralista al fin, como un Juan Carlos Onetti sudafricano, Coetzee cree en la salvación por la escritura, y con ese designio carga a sus criaturas, las envuelve y en cierto modo las inculpa. Y como para Jean Paul Sartre el hombre es un ser condenado a la libertad, para Coetzee el hombre es un ser condenado a la resignación y al uso de la palabra, y en ello radica su felicidad y su desdicha, su construcción como hombre o como mujer y, simultáneamente, su deconstrucción como tal. "Señor Foe, hágame recobrar el ser que he perdido, esta es mi súplica", pide la Barton al escritor, a sabiendas de que solo reconstruirá su vida cuando se convierta en agonista de un testimonio. "Si soy una O, tal como a veces creo, debe ser porque soy mujer", dice la protagonista de En medio de ninguna parte, mejor titulado originalmente En el corazón del país, aunque para autor y personaje una y otra cosa termine resultando lo mismo.
Y allí, otra de las claves de su narrativa: de la indiferencia de Camus a la violencia del mundo donde se crió Coetzee no hay distancia alguna: ambos estados de cosas son parte de un mismo paquete, ocurra en los días que corren, a mediados del siglo XIX, o en nuestra contemporaneidad.
BRILLANTE EN MATEMÁTICAS. En Infancia, el autor sumerge al lector en un mundo familiar hosco, en un escenario afectivo donde las distancias se transforman en variables de comunicación interna y externa, tanto referidas al grupo primario como al país y a la situación política donde transcurre la niñez del narrador. Extranjeros aquí y allá, dentro y fuera de la casa paterna, todos crecen, todos se construyen, pero siempre bajo la sospecha de una lejanía que estalla sobre las páginas finales del libro. Pero quizá sea en Juventud donde esta hipótesis se refuerza hasta lo manifiesto. Cuando el joven Coetzee parte de Sudáfrica rumbo a Inglaterra a comienzos de los 60, más allá de pertenecer a una familia de raíces británicas, el choque con la cosmópolis le hará sentir sin piedad su condición de extranjería.
El estudiante de calificaciones brillantes en matemáticas arriba a Londres con el proyecto de seguir ahondando en su formación, y se emplea en la IBM como programador de las primeras computadoras, aquellas de tarjetas perforadas, antepasado prehistórico de los actuales ordenadores. Pero Londres le ofrece dos cosas más, que descubrirá inherentes a su esencia: la literatura y el sexo. Ezra Pound y muchachas, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Franz Kafka y muchachas, Ford Madox Ford, Oscar Wilde, Brecht, Enzensberger y muchachas. Ciudad del Cabo va quedando cada vez más lejos, pero lo que no se puede sacar de encima es su circunstancia foránea: en el lugar que visita, ya sea un museo, una biblioteca, un pub, alguien o algo desprecia su origen ajeno, lo que luego irá trasladando a sus personajes cuando, y tras asentarse en Estados Unidos, comience a desarrollar su obra.
En 1974 publica Tierras en penumbra, y en 1977 En medio de ninguna parte. En ésta, Magda, una mujer en medio de la Sudáfrica rural, asiste al segundo casamiento de su padre. Vive prácticamente sola, su madre ha fallecido mucho tiempo atrás, jamás ha conocido los misteriosos placeres del sexo. Lleva un diario donde va dando cuenta de la brutal soledad, del brutal silencio que la rodea, en tanto describe y en cierto modo envidia la vida de los empleados negros, individuos al borde de la esclavitud. Uno de estos, Hendrik, lleva un día a una muchacha, Klein-Anna, a vivir con él en una de las construcciones anexas. Pronto, el padre de Magda y la joven negra comienzan un affaire que Hendrik consiente. Todo es sórdido, bajo, mezquino. Y de las fantasías más perversas, la narradora pasa a la acción y asesina a su padre. Con ayuda de Hendrik, lo entierran en un cementerio cercano y ella invita a la pareja a vivir en la mansión familiar. Espera, tras declararse una mujer vieja, fea y reseca, poder hacer el amor con el sirviente. Así sucede, con la indiferencia del hombre, dando a luz a un proceso en el que el amo se transforma en esclavo. Todo transcurre tórrido, furtivo, violento. Hendrik se cuela en la habitación de su patrona y la posee toda vez que tiene ganas, termina, se pone de pie, se viste, se marcha. "¿Lo estoy haciendo bien, Hendrik?", le pregunta ella a su súbito amante. "Me inclino sobre el borde de la cama y le tomo de la mano. Noto por el sonido de mi voz, y también él tiene que darse cuenta, que estoy cambiando". Lo inquiere nuevamente: "Hendrik, de todo esto no sé lo que se dice nada, ¿lo entiendes? Lo único que deseo es saber si lo estoy haciendo bien. Por favor, dame al menos esa mínima ayuda".
BUSCANDO AL ESCRITOR. En Esperando a los bárbaros, de 1980, si bien parece cambiar radicalmente el escenario y la época, mantiene en su anécdota una síntesis poderosa de la Sudáfrica natal, pero también de todo proceso totalitario. La novela está contada como debate entre el magistrado que narra y las fuerzas militares que se hacen cargo del gobierno tras demonizar a los bárbaros (no otra cosa que una tribu nómada y sin riesgos para el establishment que las milicias pretenden defender). La historia parafrasea la asunción de los poderosos a lo largo de los siglos, la pérdida de poder, el declive de los que alguna vez dictaron leyes, la posterior decadencia de los que alguna vez ejercieron sin control toda clase de poder. La novela trashuma olores y golpes, precariedad afectiva y tortura: es un friso bestial ubicado acaso a la salida del medioevo, acaso a mediados del siglo XIX, o a todo lo largo del XX: confrontación entre la ley y el decreto, entre la reflexión y la orden, en la que, según presupone Coetzee y la historia le da la razón, no hay vencedores, sólo vencidos.
Foe, de 1986, recrea la novela de Defoe, pero esta vez desde un punto de vista femenino y recalcando la necesidad de ser dicho y de poder decir. Tras naufragar, Susan Barton llega a una isla en apariencia desierta (que podría ser la misma Juan Fernández de la novela original) y encuentra a dos hombres, un viejo Cruso y el negro Viernes, extranjeros en tierra lejana pero que sin embargo mantienen el vínculo del poder y de la esclavitud. Viernes, más allá de su extracción étnica, es el esclavo porque alguien le ha cortado la lengua, y por lo tanto no se puede decir a sí mismo ni decir al otro. Viernes es el Otro porque no puede manejar otro lenguaje que el de algunos actos enigmáticos que Barton descubre y espía. Un año después, un barco los rescata y parten los tres rumbo a Londres. En el viaje Cruso fallece y, al llegar a la ciudad, la mujer se hace cargo de Viernes y envía cartas a Foe para que éste redacte su historia y les devuelva identidad a ambos: ella también, parece decir, ha perdido su lengua, y en tanto un escritor no ordene su peripecia, estará condenada a la mudez a perpetuidad. Sin voz no hay vida, no hay sexo (solo una vez lo tuvo con Cruso a lo largo de todo el año que debieron convivir), no hay futuro. Pero no cualquier voz, sino aquella prescrita por alguien que sepa hacerlo, por un especialista. Por un escritor.
De 1988 es Infancia, y de 1990 La edad de hierro. Una mujer madura le escribe desde Sudáfrica una larga carta a su hija, radicada en Estados Unidos. Le cuenta que le ha sido diagnosticado cáncer, que el médico se lo ha comunicado, que "no era una buena noticia, pero la recibí yo, era mía y solamente mía y no podía rechazarla. Tenía que cogerla en brazos y apretármela contra el pecho y llevármela a casa, sin negar con la cabeza, sin lágrimas. `Gracias, doctor -le dije- gracias por su sinceridad`.`Haremos lo que podamos -me dijo él-. Vamos a afrontarlo juntos`. Pero en aquel mismo momento, tras la fachada de camaradería, vi que ya empezaba a alejarse".
Por fin la mujer tiene algo de su absoluta pertenencia, que no podrá compartir con nadie, hasta que descubre que en el fondo de su casa aparece una suerte de homeless con la intención de aposentarse sin pedir permiso. La historia transcurre desde entonces en una triple dirección: hacia la hija lejana, hacia ese hombre sin presente, desde esa mujer sin futuro. Tres destinatarios apátridas. Tres extranjeros.
UNA NOVELA SUBJETIVA. En El maestro de Petersburgo, un fatigado Dostoievski retorna en 1869 a la capital rusa desde Dresde, Alemania, donde reside con su joven esposa, para recoger las cosas que Pavel, su hijastro, ha dejado tras su misterioso fallecimiento. Llega a la pensión donde se hospedaba el muchacho, regida por Anna Sergeyevna y su hija púber, Matryona. La policía ha secuestrado papeles y un diario que Pavel llevaba a la hora de su muerte, supuestamente un suicidio, aunque rondan versiones de que podría haber sido asesinado por los agentes del zar. Es un Dostoievski que no puede escribir, que quisiera llegar al fondo del corazón de su hijastro, atosigado por una profunda soledad que lo lleva a tener una relación íntima con Anna, que no sabe si quiere regresar a su hogar donde lo espera la seguridad y el cariño de su esposa, que no sabe si quiere quedarse en Petersburgo, donde corre el peligro de la policía y de sus acreedores. Conoce entonces a Nechaev, un nihilista por el que alguna vez el viejo anarquista Mijail Bakunin sintió ciertas simpatías, pero del que se distanció rápidamente merced a la violencia ejercida por el joven. Pavel y Nechaev fueron amigos. Éste le exige a Dostoievski que redacte y firme un panfleto a propósito de la muerte de Pavel, con tanto énfasis que termina convirtiéndose también él en sospechoso del asesinato. Y hasta que recobra la capacidad de escribir, ya con los papeles de su hijastro y sobre el final de la novela, este Fiodor atribulado y torpe no es otra cosa que un extranjero político y emocional.
El maestro… es, compitiendo con Desgracia (1999), la mejor novela de Coetzee, dueña de un equilibrio narrativo excepcional tanto a la hora de ahondar en el alma de un individuo particularmente difícil como lo fue el autor de Crimen y castigo, como a la de describir escenario y circunstancias de una nación en permanente conflicto social y político, como lo fue la Rusia del siglo XIX. Y sin embargo, no se trata estrictamente de una novela histórica (Dostoievski no realizó ese viaje, su hijastro lo sobrevivió) sino de un texto subjetivo en el que distintos elementos morales debaten y se enfrentan en el cerno de un personaje solamente capaz de llegar a una conclusión en el exacto momento en que recrea, escritura mediante, un episodio cualquiera en la vida de Pavel.
Elizabeth Costello (2003), Hombre lento (2005) y los ensayos de Costas extrañas (2001) son las últimas obras de Coetzee, quien, tras años de residencia en Estados Unidos, donde enseñó lengua y literatura inglesas, y tras un breve retorno a su Sudáfrica natal, reside hoy en Australia. Allí trabaja como investigador en el Departamento de Inglés de la Universidad de Adelaida.
En 2003 le fue otorgado el Nobel, aunque con anterioridad había recibido otros importantes premios como el Booker, el más prestigioso de la lengua inglesa, por dos veces con Vida y época de Michael K. y Desgracia. En la conferencia "¿Qué es un clásico?" transcrita en Costas extrañas, y como refutación a una famosa ponencia de T. S. Eliot de 1944, Coetzee se pregunta "¿Qué significa decir, desde el punto de vista de la vida, que un clásico es aquel que sobrevive? ¿Cómo se manifiesta tal concepto de clásico en las vidas de las personas?" Y poco más adelante aclara: "El clásico se define en sí mismo por la supervivencia. Por tanto, la interrogación al clásico, por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico".
Convivir con la vigorosa producción de Coetzee acaso impida definirlo, justamente, como un clásico. Pero sí se puede decir que es un verdadero lujo de la literatura de estos días.
Los libros
TODOS LOS libros de J.M. Coetzee traducidos hasta el momento al castellano han sido editados por Mondadori, y son distribuídos localmente por Sudamericana. La mayoría de ellos ya se encuentra en la colección DeBolsillo a precios muy accesibles.
JUVENTUD, Barcelona, 2006, trad. de Cruz Rodríguez Juiz, 206 págs.
VIDA Y ÉPOCA DE MICHAEL K, Argentina, 2006, trad. de Concha Manella, 187 págs.
ESPERANDO A LOS BÁRBAROS, Barcelona, 2006, trad. de Concha Manella y Luis Martínez Victorio, 223 págs.
HOMBRE LENTO, Argentina, 2005, trad. de Javier Calvo, 259 págs.
COSTAS EXTRAÑAS, (Ensayos, 1986-1999), Buenos Aires, 2005, trad. de Pedro Tena, 364 págs.
LA EDAD DE HIERRO, Buenos Aires, 2005, trad. de Javier Calvo, 223 págs.
DESGRACIA, Barcelona, 2005, trad. de Miguel Martínez-Lage, 271 págs.
ELIZABETH COSTELLO, Buenos Aires, 2004, trad. de Javier Calvo, 240 págs.
INFANCIA, Barcelona, 2004, traducción de Juan Bonilla, 191 págs.
EN MEDIO DE NINGUNA PARTE, Barcelona, 2003, trad. de Miguel Martínez Lage, 189 págs.
EL MAESTRO DE PETERSBURGO, Barcelona, 2003, trad. de Miguel Martínez-Lage, 271 págs.
De los bosquimanos a los bóers
HACE tres millones de años llegaron los primeros homínidos al sur del continente africano. Esos fueron los primeros habitantes de lo que sería Sudáfrica. Cien mil años atrás arribaron los primeros homo sapiens, que se agruparían en tribus y serían denominados bosquimanos. Otras tribus fueron llegando a la región, hasta que en el siglo XV desembarcaron algunas expediciones portuguesas con la intención de establecer un asentamiento de descanso en el Cabo de Buena Esperanza, en la ruta hacia las Indias.
Pero los primeros avances colonizadores tuvieron lugar a mediados del siglo XVII tras el arribo de un contingente de holandeses que fueron conocidos como bóers (granjeros o colonos), luego con una cultura y un idioma propios (el afrikáans), enriquecido por la inmigración de hugonotes franceses y alemanes. La inclusión de los bóers en territorio sudafricano no se hizo sino a costa de feroces matanzas de varias tribus, entre ellas la zulú, la más numerosa y arraigada.
A comienzos del siglo XIX llegaron los primeros británicos, aunque sin demasiado interés en un territorio poco atractivo para su poderoso imperio naval. Sin embargo, el descubrimiento de ricos yacimientos de oro y diamantes provocó una nueva avanzada, lo que llevó a la guerra entre ingleses, bóers y algunas tribus por la posesión de las tierras.
Oro y diamantes atrajeron además a miles de inmigrantes, en particular indios y chinos, lo que fue provocando una mezcla étnica compleja. A fines del XIX hubo dos guerras entre bóers y británicos, hasta que en 1910 se estableció la Unión de Sudáfrica, primer ensayo de nación independiente. En 1925 se reconoció el afrikáans como lengua oficial y tras el ascenso del Partido Nacional al gobierno, comenzaron a dictarse un gran número de leyes racistas que establecerían el apartheid, régimen segregacionista que duraría hasta mediados de la reciente década del 90, cuando Nelson Mandela, tras 27 años de prisión y al frente del Congreso Nacional Africano, accedió a la presidencia en elecciones democráticas.
Durante esos interminables años, a los negros, 75% de la población, les fue negado el voto en la mayoría de los estados, se los confinó a un territorio no mayor del 8% del país, no se les permitía enrolarse en el ejército y se les prohibió mantener relaciones sexuales o casarse con personas blancas. Las leyes del apartheid fueron abolidas hace más de una década, pero Sudáfrica es el primero en la lista de los países más violentos del planeta, con guarismos que aumentan en forma permanente. El Sida afecta a cuatro millones y medio de individuos, el 10% de su población.