JUANA LIBEDINSKY (desde Montreal)
LA FAMA del bajo perfil de los canadienses y de su falta de interés por el culto a la celebridad parece ser muy cierta. Son las nueve de la mañana en el gigantesco buffet del hotel donde se desarrolla el megafestival literario de esta ciudad, el Metropolis Bleu -con 300 escritores invitados de distintas partes del mundo y más de dos mil participantes entre periodistas, críticos y entusiastas de la literatura en general- cuando Margaret Atwood, la gran dama de la literatura del país, aparece a desayunar.
La acompaña su marido, el también escritor Graeme Gibson, y se sientan discretamente en una mesa cualquiera. Atwood, ganadora del premio Booker de 2000 por su libro El asesino ciego, considerado la "Primera Gran Novela" del nuevo siglo, ni se cambió la simple camisa rosa con saquito de lana negro que usó la noche anterior para recibir el gran premio a la trayectoria del festival, fiel así a su ausencia de divismo e histórico desinterés por la ropa. Cuando ganó su primer premio de poesía, el Governor General`s Award for Poetry, sus compañeras de Harvard le tuvieron que prestar un vestido, comprar zapatos nuevos y aprovecharon su ausencia para quemarle los viejos, en particular unos gruesos Hush Puppies, que era lo único que usaba. Y aunque todos los que están en la cola para los panqueques y los huevos revueltos del hotel la estuvieron aplaudiendo a rabiar la noche anterior, no es que nadie la interrumpa para hablar: esta mañana ningún comensal ni siquiera la mira.
A VUELO DE PÁJARO. Como esta cronista no es canadiense, y a pesar de tener entrevista pautada para la tarde, no puede resistir acercarse. Gibson y Atwood están a punto de dar una conferencia sobre su pasión compartida, el avistaje de aves, tema sobre el cual él acaba de publicar un libro. Parece un buen momento para contarles de las rarezas de las aves de José Ignacio, en Uruguay, en cuyas rocas conviven ejemplares de tierra adentro, como los teros con las gaviotas.
Ambos sonríen amablemente interesados y prometen al menos pensar en algún viaje al sur del continente. Luego adelantan la experiencia más cercana que han tenido con un ave latinoamericana, un loro mexicano al que llamaron Harold, y al cual se referirán ampliamente en la conferencia. Resulta que Harold era un miembro muy congenial de la familia Gibson-Atwood. Nunca hablaba mucho; de hecho lo único que solía imitar era el ruido de la aspiradora y el ladrido de los perros. Eventualmente decidieron donarlo al zoológico, y el día que Gibson fue a dejarlo al zoo, el loro empezó a llamarlo "daddy" (papi), como un niño. "Le empecé a decir entonces lo que uno le dice a los hijos cuando se los deja en la colonia de vacaciones… vas a hacerte amigos aquí… ese tipo de cosas", contó Gibson. Seis meses después Gibson volvió a visitarlo. "Si Harold me reconoció, no se dignó en admitirlo", confesó sonriendo.
La actitud de Atwood ante los pájaros es "menos evangélica", según The Globe and Mail, el diario nacional, y su rol en las expediciones es el de decir "algo se movió" y luego señalar "allí" a su marido. Pero de ninguna manera la autora de clásicos contemporáneos como La mujer comestible (1969), Resurgir (1972), Chicas bailarinas (1977), El cuento de la criada (1985), Oryx y Crake (2003), Penélope y las doce criadas (2005) y el flamante Moral Disorder es una improvisada en temas de flora o fauna. Además -o quizá por encima- de ser la gran dama de las letras canadienses, Atwood es la gran dama del Canadá rural. Y la "gran reserva natural canadiense" como se la llama a Atwood con humor, aclara: "Las aves son el símbolo que tradicionalmente más se usó en distintas culturas, en la poesía, los cuentos y las canciones para representar la libertad, la imaginación y el alma. Pero también me gustan las plantas y las piedras, que tienden a quedarse más quietitas que los pájaros y no salir volando justo cuando uno las quiere mirar. De hecho, de la naturaleza me interesa casi todo".
DE OSOS, INSECTOS Y LIBROS. Margaret Atwood nació en noviembre de 1939, justo al comenzar la Segunda Guerra. Su padre era un célebre especialista en insectos y su madre una entusiasta de la vida al aire libre que no temía espantar a los osos sola y odiaba las temporadas de invierno en Ottawa donde debía usar sombrero y guantes. "A los seis meses de edad" escribió Atwood, "me llevaron a los bosques del Norte de Quebec en una mochila, y ese paisaje se volvió mi hogar".
La educación de Atwood fue poco convencional. Viviendo en una cabaña en el medio del bosque donde su padre hacía la investigación de campo, Atwood y su hermano tenían pocos amigos con quienes jugar, nada de cine o televisión y una radio poco confiable. Su madre les daba un par de horas de clase por la mañana, y el resto del día debían entretenerse solos con libros o juegos inventados. "Tuve, creo, padres bastante permisivos. Lo único que estaba prohibido era quejarse, pero no se alarmaban porque estuviésemos embarrados o trajéramos sapos a la casa. La idea de tener padres encima ocupando cada segundo del chico creo que es bastante mala, porque no deja lugar a la fantasía".
Atwood, que no es raro que comparta con los periodistas datos como que cerca de los osos nunca hay que usar perfume (pues los olores dulces los atraen como la miel), cuenta que finalmente la familia se mudó a Toronto para que los niños fueran a la escuela en forma regular. Allí, por primera vez, se enfrentó con algo mucho más difícil de entender que los animales salvajes: las otras niñas con su "snobismo y puritanismo y extraña vida social basada en pequeños secretos malignos y la total inhabilidad de agarrar gusanos con la mano sin empezar a contorsionarse y chillar como gatitos", según señaló en el diario The Guardian.
Pero en la secundaria, mientras atravesaba el campo de deportes de la escuela, armó un poema en la cabeza y se dio cuenta de que podía ser escritora. Sin la menor vergüenza se lo confesó a los amigos, quienes escribieron en el libro de graduados bajo la foto de Atwood que "la ambición de Peggy" como aún la llaman los íntimos, "es escribir la Gran Novela Canadiense". En la casa hubo cierta sorpresa porque Peggy, como todos en la familia, había decidido especializarse en la escuela en las materias vinculadas con la vida animal, biología, botánica, zoología, con muy buenos resultados.
"Pero la verdad" aclara, "es que tanto mi hermano como yo éramos muy buenos en ciencias y muy buenos en literatura. Cualquiera de los dos podría haber elegido el camino del otro. Mi madre amaba leer en voz alta y contar cuentos y todos los hermanos (hubo una niña que nació muchos años después) nos beneficiamos de eso. Mi padre era un gran lector de ficción, poesía, literatura. Muchos biólogos lo son, por algo es la `ciencia de la vida`. Así que no diría que yo fui una anomalía en mi familia. Todos hacíamos todo. Por otro lado, la ciencia y la ficción empiezan ambas con las mismas preguntas. ¿Qué pasaría si...? ¿Por qué? ¿Cómo funciona? Solo que los experimentos científicos deben poder repetirse y los literarios, jamás".
OBSESIÓN POR LOS DETALLES. La investigación para nutrir la ficción, por otra parte, es distinta. "Yo voy investigando el tema a medida que escribo, porque de otra manera la narrativa perdería fluidez al tratar de meterle toda la información acumulada. Después de cada escena, me tomo el trabajo de verificar todo, y lo hago de manera muy concienzuda. Sobre todo me tomo muy en serio, al escribir ficción, la exactitud en las descripciones físicas. Voy a tomar un edificio, por ejemplo, y ubicarlo en otro lugar y habitado por otra gente, pero quiero que siempre sea uno que existió y que no sea anacrónico a la narrativa. Creo que de mi padre biólogo heredé la obsesión por observar detalles, pero sinceramente creo que para conseguir una buena ambientación en una novela es imprescindible detenerse en ellos. En un pasaje puede haber una energía interesante de fondo, pero para que llegue al lector hay que enfocarla a través de los detalles".
En cuanto a los personajes, aclara que en general son pastiches, mezcla de personas reales con experiencias ajenas y otras inventadas. "La ficción" dice, "usa cierta cantidad de convenciones respecto a los personajes, y la vida real curiosamente también, entonces muchas veces la gente identifica unos con otros aunque no tengan nada que ver. En particular esto es cierto respecto al propio autor. Cierta vez se me acercó una persona absolutamente convencida de que El cuento de la criada era autobiográfico. Yo le dije `¡Pero es sobre el futuro!`, pero él insistía en que sólo podía haber escrito algo así si una experiencia similar a la que narro me hubiese ocurrido personalmente. Justamente, eso es la buena ficción. Prácticamente cualquier cosa que uno narre le ha pasado a otras personas, en la vida contemporánea y en la historia, y no necesariamente al autor salvo en el sentido de que lo haya leído en los diarios o en un libro, le haya entrado en el cerebro y luego lo haya escrito de una manera en la cual se lo apropia. Pero este señor en cuestión nunca me creyó, siguió pensando que había algo que yo intentaba ocultar. Lo más gracioso, es que si uno dice `esto es ficción`, en seguida la gente dice que es autobiográfico. Pero si uno cuenta los mismos episodios y dice que es una autobiografía, es tildada de mentirosa".
En cuanto a su rutina, Atwood confiesa no ser muy metódica para escribir. "El problema con ser metódico es que, si algo aparece e interrumpe el método, uno queda muy alterado. Y con la vida que yo llevo eso sería imposible. Durante años vivimos, con mi marido y mis hijos, en una granja con vacas, ovejas, perros, gatos, gallinas, pollitos, gansos, pavos reales y caballos. Cuando no estaba alimentando, limpiando, curando u ocupándome de los animales ni dedicada a mi huerta de hortalizas, o haciendo dulces y mermeladas con la fruta vieja, y si los chicos me dejaban tranquila, entonces sí, escribía. Ahora mi vida es un poco más tranquila e idealmente me debería levantar temprano, desayunar, dar una caminata, no chequear mis e-mails y empezar a trabajar a eso de las 9:30, pero nunca lo logro. Trato de meter dos horas de escritura por la mañana. Luego idealmente debería comer un sándwich en mi estudio, pero la verdad es que termino haciendo almuerzo y siesta hasta las cuatro de la tarde, donde le meto un par de horas de escritura más. Eso claro, es hasta estar bien entrada en la novela, punto a partir del cual las palabras vuelan solas. Pero la mayor parte de mi proceso de escritura de novelas se resume en dos palabras: posponer y vacilar", dice con humor.
Los poemas, en cambio, le proporcionan una satisfacción inmediata. "Cuando termino una novela lo que necesito es escribir poemas, son como unas vacaciones, una vía de escape. Pero luego vuelvo a la novela porque lo que más me gusta es alternar".
PROTECCIÓN DE LA `CAN-LIT`. Como no podía ser de otra manera, Atwood es una intelectual muy vinculada con los movimientos de protección del medio ambiente. Y, también, con la protección de la cultura canadiense, en particular su literatura -o "Can-lit" como está de moda llamarla- está viviendo su momento de esplendor internacional. Prueba de ello es que de los escritores nominados para el premio Booker International 2007, ningún país del mundo tiene tantos candidatos como los canadienses, entre los que figuran Atwood misma, Michael Ondaatje y Alice Munro. El Metropolis Bleu, de hecho, desarrolló este año su edición más ambiciosa. Pero Atwood teme que esto acabe tras enterarse de recortes de su gobierno a los fondos para la producción cultural interna y la promoción de los escritores canadienses en el exterior. El tema tocó una vena particularmente sensible porque en Canadá ven a la producción cultural como clave para mantener una identidad propia frente a la influencia de Estados Unidos. Con humor, al recibir el Grand Prix Metropolis Bleu, Atwood, la gran dama de las Letras canadienses, aclaró que el primer Ministro, Stephen Harper, quien está escribiendo un libro sobre el jockey sobre hielo ahora tendrá problemas promocionándolo en el exterior ya que él mismo cortó los fondos para ello. "Además, ¿para qué escribe? ¡Tiene otro trabajo que hacer!", se indignó Atwood, al lamentar que las nuevas generaciones no vayan a poder tener el empuje nacional del que ella se benefició.
Ante la pregunta de qué grado de importancia tiene que tener la protección de la cultura propia, con una pequeña sonrisa Atwood responde que supone que Uruguay debe saber del tema, porque mucho depende de ¡quién sea el país vecino!: "Es importante para un país como Canadá porque la gente siempre nos dice, o piensa, para qué existimos, por qué no nos convertimos simplemente en una provincia más de EEUU. Salvo Quebec, cuando uno está inundado todo el tiempo con la cultura del país de al lado, que es en el mismo idioma y tanto más grande y poderosa y rica, una cultura propia se vuelve fundamental, y es deber del Estado financiarlo".
"Nuestro gobierno actual cree que el modelo es el de Estados Unidos, financiado íntegramente por el sector privado, pero es un modelo que no funciona en otras partes del mundo que no hayan tenido su historia de individuos que amasaron fortunas multimillonarias y armaron fundaciones. El modelo -para Canadá y cualquier país con poca población y mucha influencia del extranjero- tiene que ser el de los países escandinavos, donde el Estado pone algo de dinero porque de otra manera, no habría producción cultural original local".
Pero en la búsqueda de una cultura nacional que defina al país, ¿cómo no terminar pisando a las voces minoritarias o disonantes? Atwood, la naturalista, inmediatamente recurre a una metáfora del mundo animal. "La cultura de un país debe ser como un arrecife de coral, un todo que es más que la suma de sus partes, pero donde conviven distintos seres, a veces de manera antagónica, pero aún así en simbiosis. Algo armado en base a unidades todas iguales no es cultura…. ¡es una playa de estacionamiento!", dice. Para alguien criado en los salvajes bosques del norte de Quebec, no podría haber una imagen peor.
Obsesión por los idiomas
METROPOLIS BLEU, que en 2007 otorgó su Gran Prix a Margaret Atwood (entre los galardonados de años anteriores estuvieron Paul Auster, Carlos Fuentes y Norman Mailer) es el primer festival literario políglota del mundo. Creado en 1999, es un encuentro anual donde las actividades -desde discusiones sobre la libertad de prensa, análisis de conflictos geopolíticos, talleres de creación literaria o sesiones de rap- se realizan en una multiplicidad de idiomas sin traducción simultánea. Incluso en idiomas definitivamente minoritarios en Canadá como el árabe, chino, ruso, creole e inuit.
"Sólo en una ciudad tan obsesionada por los idiomas como Montreal podía hacerse algo así, que permite incluir activamente a las minorías y los inmigrantes que de otra manera podrían no sentirse parte de un evento internacional de elite", aclara Linda Leith, figura muy reconocida en los círculos culturales de Montreal porque, siendo de familia anglófona y especialista en húngaro, logró a puro mérito, ser directora del principal encuentro literario de Quebec, la provincia francófona y con sectores secesionistas.
Curiosamente, sin embargo, además del inglés y el francés propios de Canadá, sólo el castellano tiene rango de idioma oficial del encuentro. Aparte de las razones culturales y demográficas -hay mucha gente en Montreal de habla hispana, aclara Leith- ella le da un giro pragmático a su decisión: asegura que una "literary fiesta" por definición sólo puede ser en castellano.
Por cercanía geográfica y patrones de inmigración, México siempre ha sido el país latinoamericano con mayores conexiones. Incluso hay un acuerdo formal de intercambio de autores entre Bleu Met y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Pero, tras un reciente viaje de uno de los miembros de la comisión de honor del Bleu Met, Reford MacDougall, y su mujer Natalie a la Argentina y Uruguay (del cual volvieron fascinados por la actividad cultural en ambos márgenes del Río de la Plata), el interés es específicamente aumentar el contacto y la presencia de escritores y periodistas culturales del otro extremo del continente.
El énfasis en estos últimos es otra de las razones que hacen a Bleu Met diferente. "Los vemos" explica Ingrid Bejerman, quien fue mano derecha de García Márquez en la organización de los cursos de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano y que actualmente colabora con Bleu Met "como fundamentales, porque cumplen la función de puente entre la cultura, y la producción artística, y el lector, aunque éste esté a miles de kilómetros; y así se cumple nuestra ambición de realmente llegar a distintas culturas".
Bejerman, brasileña de nacimiento pero montrealense honoraria en el sentido de que puede pasar del inglés al francés, al portugués, al castellano en una sola oración, subraya sobre todo el interés por el periodismo cultural latinoamericano, en cuanto a su "función de contar las verdaderas historias que tan bien aborda nuestra producción cultural: la naturaleza humana, los espacios sociales y los problemas contemporáneos".