Supervivencia del escritor

Carlos Rehermann

LE CLÉZIO publicó su primer libro en 1963, cuando tenía 23 años. Desde entonces, ha editado cerca de cuarenta títulos, que comprenden ensayos y ficción. Escribe en francés y vive en Nuevo México, Estados Unidos. Hoy el autor piensa que "no es muy importante que la obra de un autor tenga resonancia inmediata; lo importante es que exista, que sobreviva. Sobrevivir es la palabra apropiada, porque en estos tiempos los escritores somos sobrevivientes, no somos seres ejemplares; somos más guerrilleros que generales".

-Quizá la superproducción editorial ha contribuido a una pérdida de protagonismo de los escritores en el mundo intelectual. Todo se desdibuja.

-Pero también es nuestra propia culpa: en cierto punto pensábamos que éramos profetas, y al contrario, los escritores no sintieron las amenazas y no propusieron soluciones para nuestros problemas.

-¿Cuándo se produce ese quiebre?

-No sé si podemos poner una fecha; Dostoievski fue un buen novelista pero fue racista, rechazaba a los judíos; Céline fue un buen escritor, pero fue un terrible político, uno de los peores; Malraux fue un buen escritor en tiempos de La condición humana -escribió un capítulo sobre el terrorismo que es estupendo- pero creo que no tuvo una dimensión política similar a la que obtuvo con ese libro.

-Pero otros sí tuvieron esa dimensión ética...

-Sí, pero eso, en Francia al menos, ha cambiado. Me interesa que en Uruguay haya alguien como Carlos Liscano, por ejemplo, que tiene semejanza con escritores actuales de Corea. Estos dos países tienen historias completamente diferentes. Un país ha sido arruinado por la guerra, Corea; el otro no ha tenido guerra en mucho tiempo, es un país muy pacífico, ni ha tenido problemas sociales mayores, si bien tuvo un período difícil en su historia política. Pero es interesante que estos dos países produzcan hoy escritores engagés. Comprometidos con la realidad social. En Francia es una dimensión que se ha borrado completamente; los escritores no quieren estar comprometidos con nada. Escriben obras líricas o autonovelas donde satisfacen sus propias obsesiones, pero no proponen nada, nada como solución para situaciones difíciles.

En Francia tenemos una importante minoría de analfabetos completos. Alrededor de París hay personas que no abren un libro en su vida, que apenas van al cine para ver una película de Tarzán o de guerra.

-Entonces ¿el escritor tiene esa obligación social de comprometerse...?

-Creo que sí. Aunque no es cuestión de escribir para esas personas dejadas fuera de la cultura: ellos no leen. Pero hay que ser conscientes de esta laguna, de este vacío que existe en la cultura.

-Escritores como Georges Perec, para hablar de un francés que en el plano de lo formal ha hecho cosas extraordinariamente interesantes... y toda la gente del OULIPO [Taller de literatura potencial, fundado por Raymond Queneau], por ejemplo... ¿considera que no está comprometida?

-Bueno, en el caso de Perec, sí, porque sus padres fueron asesinados en Auschwitz. Él es una víctima de una época terrible, y creo que hay alguna transpiración de esta historia en lo que escribe. No está completamente afuera de eso. No es un puro ejercicio de estilo, es algo más, es una especie de retrato inmóvil de una sociedad, una especie de autorretrato amargado de esta época.

aires de montevideo.

-Usted ha manifestado admiración e interés por Lautréamont.

-Sí, sí... más interés que admiración.

-Ese hombre parece haber tenido un compromiso político débil. Pero hay en Maldoror una fuerza poética de la que en su obra, Le Clézio (por ejemplo, en Viajes del otro lado), me parece encontrar un eco. Allí está esa fluidez densa y oceánica que recuerda a Maldoror. En cambio en su libro El pez de oro, mucho más reciente, el cuento es más fuerte que la poesía. ¿Hay un cambio desde lo formal hacia un interés mayor por el plano del contenido?

-Bueno, sí, creo que estuve bajo la influencia de Lautréamont en la época de la que usted habla, y ahora tengo otras influencias. Pero soy el mismo hombre. Es lo que siempre me ha atraído en la literatura: se oye la voz de un ser humano. Para mí lo mágico en la literatura es que aun si se oye más el cuento en un libro y más la poesía en el otro es siempre la misma voz.

Sigo siendo el mismo: para mí es conmovedor respirar el aire de Montevideo, tomar la misma agua que él. Me fui hasta el mar, crucé la rambla -¡con peligro para mi vida, debido al tránsito!-, y recibí un golpe de mar, la ola se me vino encima, comulgué con ese mar.

Pensé que Lautréamont, Isidore Ducasse, iba a los 15 años, como romántico, hasta la muralla, y recibía los mismos golpes de mar. Porque es una ciudad de viento y de mar. Pienso que hay pocas ciudades con tanto viento: quizás Lisboa. Estas ciudades que están al borde del mar, que reciben el viento, el aire del polo Sur, son muy peculiares.

desde isla mauricio.

-Usted es un gran viajero...

-No, no tanto. Mi familia es como la de Ducasse, una familia de la pequeña burguesía, que se instaló en Isla Mauricio, que me hace pensar en Montevideo, porque la capital de Isla Mauricio, Port Louis, se parece a Montevideo. Tiene los mismos edificios de una o dos plantas, hechos de piedras negras y cemento gris, algo triste, de techos planos como aquí y los mismos problemas, porque como aquí, allá llueve bastante, así que el agua pasa por los techos.

No tengo la impresión de ser un viajero, sino que soy un hombre que ha salido de un país que debería ser su país -para mí Isla Mauricio, para Ducasse Montevideo-, y que después no encuentra un lugar donde pararse.

-¿No encuentra un lugar?

-Sí. Y por eso me impactó tanto Maldoror, es un canto de emigrado. Lo entendí viniendo aquí: él siempre habla de Montevideo. Cuando habla del tranvía que va tambaleando por las calles, aquí se puede ver, aunque no existe más el tranvía, se ven las calles, puedo imaginar cómo se tambaleaba, tirado por los caballos.

oficio de guerrillero.

-Hablemos del oficio. ¿Es metódico, tiene un horario para escribir?

-No tengo horario, ni mesa preferida. La única cosa que me gusta es el papel y una pluma. Me gusta el ruido de la pluma sobre el papel. Tenía la costumbre de comprar un papel, en México, que se llama Revolución, un poco grueso y de un color mestizo, no completamente blanco. Me gusta el ruido que hace la pluma al deslizarse sobre el papel. Luego lo paso a una computadora. Como usted sabe bien, las editoriales prefieren los disquetes.

-¿Lo pasa usted mismo?

-Sí, yo lo traslado al procesador de texto.

-De manera que se trata, al mismo tiempo, de un proceso de revisión y reescritura.

-Sí, especialmente un proceso de disminución. Como no soy muy bueno para la dactilografía, siempre recorto bastante. El trabajo de corrección es generalmente de abreviaciones.

-¿Escribe simultáneamente en varios registros? Ensayo, notas periodísticas, ficción.

-Sí, es lo que me gusta hacer, para no tener la sensación difícil de haber acabado algo. Y la superstición, quizá, de que si paro me muero.

-¿Qué tiene que hacer la guerrilla de los escritores para ganar una batalla?

-Tienes que infiltrar al enemigo. Publicar. Publicar es infiltrar al enemigo. Si uno habla de problemas sociales no es necesariamente un escritor comprometido. Usted habló hoy de Perec. Yo creo que es un escritor comprometido. No sé de qué manera, pero lo siento así, quizá por saber de su pasado o los motivos que lo guiaron. Es difícil decir quién es el enemigo, pero yo siento que el escritor verdadero, el que vive para escribir, puede ser el guerrillero, pero no sé qué debe hacer para vencer. Quizá no tiene que vencer, quizá es sólo el papel que tiene que tener hasta el fin de la sociedad humana.

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