Densidad casi poética

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ROBERTO APPRATTO

EL TÍTULO del libro, Si nadie habla de las cosas que importan, es una frase que pronuncia un hombre, una línea del diálogo que sostiene con su hijita al final de esta novela. Podría continuarse con un "¿y entonces qué?" De hecho, Si nadie habla de las cosas que importan de Jon McGregor (nacido en Bermuda, 1976, pero residente en Londres) es, en un plan y en toda su extensión, una respuesta: las "cosas que importan" son, al mismo tiempo, las preocupaciones que el padre comparte con su hija y los acontecimientos que se descubren en una calle cualquiera de Londres, un domingo, el último día del verano. De eso hay que escribir, parece decirse. Jóvenes que se despiertan, niños que salen a jugar, una pareja que dialoga sobre su pasado, un hombre que le oculta algo a su mujer, una muchacha que recuerda puntualmente lo que ocurrió ese día. Frente a lo que sucede, a lo trivial del día, un hecho singular, un accidente que llega al mismo tiempo para todos los personajes de la historia.

El narrador, desde la memoria de la muchacha, se plantea una simultaneidad de mirada: documentar el tiempo presente, los pequeños actos de la gente que vive en esa calle. Con un sistema similar al del libro La vida, instrucciones de uso de Georges Perec, los presenta, atento a los detalles, a lo que hay en juego en cada circunstancia, al entorno físico y mental de cada uno: lo que está haciendo, lo que le está pasando "al joven del dieciocho", "a la mujer del diecinueve", "en el dormitorio del número veinte", "en el ático del número doce". La reconstrucción del "momento antes" del suceso brutal, con lo que implica de fresco de una situación cotidiana, es el centro de esta primera novela de McGregor, que impresiona, entre otras cosas, por la precisión del lenguaje para no perder el control sobre ese universo de viejos, jóvenes, adultos y niños que emergen hasta un primer plano y retroceden para después reaparecer. Como si se tratara de un hecho real, y el enfoque fuera periodístico.

Andar en triciclo, saltar en una pierna, jugar al cricket, mirar por la ventana, hablar por teléfono, ir al baño, quejarse por la basura, amar, dibujar la calle, son algunos de los actos que traducen, de manera dramática y distendida a la vez, la vida tal como está ese último domingo de verano. Lo que intenta McGregor es dar el carácter panorámico de las historias, a la luz de dos ayudas que provienen de la propia historia: una es la memoria de la muchacha, que está situada tres años después de los hechos; la otra, las instantáneas que toma, de manera obsesiva, un joven en otro apartamento. Así, lo que se narra en presente vuelve a aparecer como recuerdo y como documento; el tiempo se detiene allí, contra el borde del suceso, de modo que lo que están haciendo, lo que les pasa por la cabeza, lo que sienten cuando miran algo o cuando se visten o pintan su casa, adquiere una fuerza detenida y silenciosa. Lo de "silenciosa" va por el control con que la voz del narrador, y la de la muchacha cuando oficia de narradora en primera persona, va distribuyendo los datos a efectos de explicar quiénes son y qué es lo que hacen. Pero no se explica desde una perspectiva omnisciente y superior, sino desde la perspectiva de los mismos personajes, desde un ángulo que anima y profundiza la mira que tienen sobre su propia historia.

Ese recurso de presentificar desde lo que cada uno ve, sin adelantar un centímetro, pero sin perder el panorama, el aire general que enmarca la distensión del final del verano, es el punto máximo de esta novela: la noción de interrupción, de corte de un continuo, que permite lograr la tensión hacia lo que no se sabe desde la indiferenciación caótica de lo cotidiano, de lo trivial de las preocupaciones imperceptibles ("si nadie habla de las cosas importantes, cómo se sabe que son importantes"). Está escrita en presente, aún cuando se narre a veces en pasado (la vida anterior de la muchacha, pero también los flashbacks de otros personajes): todo se escenifica, los actos, los diálogos, los pensamientos, y adquiere una densidad suspendida, casi poética. Esa capacidad de dejar que los acontecimientos suelten su significación por el mero expediente de describirlos (ver, por ejemplo, la descripción de la lluvia, que va de la página 218 hasta la 223) es lo que hace de McGregor, ya, un escritor que importa.

SI NADIE HABLA DE LAS COSAS QUE IMPORTAN, de Jon McGregor. Salamandra, Barcelona, 2006. Distribuye Océano. 285 págs.

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