CARLOS SCAVINO
EL ESTUDIO de Guillermo era una casa grande con patios y plantas, en el Barrio Sur. Las habitaciones, con cómodos tableros, servían de taller. En las paredes colgaban reproducciones de cuadros importantes, bocetos, dibujos de niños, caligrafía japonesa, garabatos y, en las repisas, se exhibía todo tipo de objetos, desde esculturas a tenedores. Todos estábamos ensimismados en lo que hacíamos: una se dedicaba a naturalezas muertas, otro a caricaturas, algunos a los ejercicios básicos, otra copiaba del natural. Guillermo, como cada miércoles y jueves desde hacía muchos años, recorría el salón corrigiendo el trabajo de cada uno. De pronto, se sentó a mi lado, observó mi dibujo, tomó un papel y, con un lápiz azul, empezó a rehacerlo como él pensaba que debía ser mientras hablaba sobre la razón de sus cambios y de la pintura en general. En un momento me miró y dijo: "Cézanne... ¿Por qué a Cézanne se le ocurrió pintar de esa manera innovadora? ¿Por qué los grandes pintores llegaron a lo que llegaron?" Hice un gesto de total desconcierto y él concluyó: "Yo, me lo sigo preguntando".