AROTXA
LOS OJOS celestes de Guillermo Fernández iban siempre delante de la palabra.
Esos ojos claros y no otros, expresaban inequívocamente que junto a sus relatos y sus clases magistrales, la seducción era inmediata.
Su enorme calidad humana iba a la par de su obra.
Honesto, solidario, generoso y locuaz. Un "Troesma" capaz de mirar lo que otros no.
Un ojo afinado y calibrado como pocos, que dejó muchas enseñanzas y un vacío imposible de llenar.
Me dio bronca e impotencia enterarme que me lo habían "afanado".
Estaba lleno de vida y buen humor. Flor de dibujante y pintor.
En el cementerio, mientras lo esperaba, escuchaba en la radio del auto a una divulgadora de las cosas que hacen los artistas, hablando de un pintor inglés durante 30 minutos sin mencionar a Guillermo. Era demasiado evidente, acá hay que morirse de lunes a viernes en horario de oficina, pero nunca un domingo de tarde y en enero. Se corre el riesgo de pasar más "inadvertido" que un programa de radio.