Adiós al maestro

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ROSARIO PEYROU

EL PASADO 7 de enero, en un accidente de tránsito murió Guillermo Fernández. Maestro de varias generaciones de artistas plásticos, se había formado en el Taller Torres García, aunque la lección de don Joaquín fue para él más un punto de partida, una ética y una puerta abierta a la libertad, que un modelo restrictivo. Nacido en Montevideo en 1928, en una familia de clase media, fue, según él mismo solía decir, un escolar distraído que dibujaba mientras los otros niños escuchaban las clases. Sobrino del memorialista e historiador José María Fernández Saldaña, de niño copiaba dibujos y grabados de la importante colección de su tío. Fue Fernández Saldaña quien le encargó su primer trabajo profesional, cuando tenía 11 años: un retrato de Andrés Lamas para ilustrar una crónica periodística.

Siempre supo que su vocación era la pintura. Había ingresado sin mayor entusiasmo a la Facultad de Derecho, cuando en 1948 se acercó a una exposición del Taller Torres García que lo deslumbró al punto de animarse a llevarle sus carpetas de dibujos a don Joaquín. El maestro lo envió a las clases de iniciación de Julio Alpuy y Alceu Ribeiro. Después trabajaría con Augusto Torres, Francisco Matto y José Gurvich. Él mismo fue luego profesor de los cursos nocturnos del TTG entre 1957 y 1961. Siempre le interesó la docencia: había concursado en 1953 en Enseñanza Secundaria y hasta 1978 dio clases en el liceo de Progreso. También fue Director del Taller Municipal de Pintura de Paysandú en los años 60.

En paralelo, en 1961 había abierto su propio taller por el que pasaron muchos de los nombres significativos del dibujo, la pintura, el diseño y las artes aplicadas. La docencia no le impidió seguir trabajando en la investigación que alimentó su propia obra, a la que dedicó el tiempo que le dejaban las clases, con un rigor, una autoexigencia y una disciplina que seguramente venían de la lección de Torres García. En los años 60 realizó murales en piedra, madera y bronce. Más allá de que intervino en 30 exposiciones del TTG en el país, en la Argentina y en Estados Unidos, era renuente a mostrar su trabajo en forma individual, y sólo la insistencia de discípulos y amigos permitió ver expuestos sus dibujos y pinturas cada tanto tiempo. Afortunadamente, en los últimos años esos intervalos se fueron acortando. En 1997, año en que recibió el Premio Figari junto a Hermenegildo Sábat y Alfredo Testoni, expuso con ambos artistas en el Museo Nacional de Artes Visuales y en la Embajada de Alemania. En el 2002 se hizo una retrospectiva de su obra (dibujos, pinturas y maderas) en el MEC, y en 2006 la Universidad Católica expuso pinturas y dibujos bajo el título "Por tierras de la memoria". Sus retratos de escritores (Lautréamont, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Marosa Di Giorgio, Julio Herrera y Reissig, Paco Espínola, Felisberto Hernández, Rodó, entre otros) -algunos de ellos publicados en el Cultural- están construidos con la misma obsesión por la invención de un "orden" rítmico y visual que sus cuadros abstractos o los murales suyos que pueden verse en edificios de Montevideo.

En su taller fue un maestro deslumbrante que ejercía una especie de fascinación en sus alumnos, por el modo con que ayudaba a adueñarse de los lenguajes visuales y a encontrar el propio camino. Pero también porque su trabajo enseñaba a ver la pintura de los grandes maestros con otros ojos. Había reflexionado con profundidad sobre el hecho plástico, se había interesado por las formas de composición y el trabajo rítmico de los barrocos o del arte precolombino, tanto como los de las vanguardias del siglo XX y descubierto constantes formales que viabilizan su resonancia en la percepción visual del espectador. En sus clases mostraba "en vivo" la diferencia entre una pintura de imitación y una pintura de síntesis visual, de invención genuina; creía en una "gramática" visual, independiente de los estilos, de la figuración o la abstracción. Guillermo tenía una amplia cultura artística y literaria, y era un aficionado de la Historia. Ese bagaje, sumado a su manera expresiva de hablar (fue un narrador oral excepcional), a su sentido del humor y a una mirada personalísima sobre el mundo y las cosas, lo convertían en un individuo que atraía como un imán a sus interlocutores.

Recogemos en estas páginas los testimonios de varios artistas plásticos que fueron sus alumnos o trataron de cerca a Guillermo Fernández, a los que se agrega la opinión sobre su obra de Juan Fló, Profesor de Estética de la Facultad de Humanidades.

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