Andrea Blanqué
EL GANADOR del concurso "Tu Tesis en Cultura", organizado por la Intendencia de Montevideo en 2005, fue un antropólogo de 27 años que hizo lo que nadie había hecho: se metió dentro de los templos de la música techno de la noche montevideana y luego escribió un libro, es decir, verbalizó y teorizó sobre aquello que justamente es lo contrario del logos, del razonamiento y la palabra.
Gabriel de Souza tomó como objeto de estudio a un sector de la juventud uruguaya (nunca dice cuántos son en realidad), que se siente vanguardia y, que si bien se jacta de no creer en nada, presenta a los ojos del investigador una ética y una estética de una asombrosa coherencia.
Es que el fenómeno que se hizo visible en algunos lugares de Europa a comienzos de los 90 (en Ibiza, en ciudades alemanas) y que hoy a través del love parade congrega cientos de miles de personas bailando música electrónica en Berlín, indefectiblemente había de llegar a Uruguay. La Internet, la velocidad de los medios de comunicación, y un cierto hartazgo de la uruguayidad y del conservadurismo de la sociedad adulta, han hecho abrazar a un sector muy preciso de jóvenes la búsqueda de la felicidad y del placer en el concepto de "fiesta ".
EL TRANCE FESTIVO. La "fiesta" electrónica, dionisíaca, nocturna, joven (nadie pasa los 35 años), es el lugar donde durante horas (toda la noche y la mañana siguiente) los individuos se "cuelgan", sienten un placer equiparable al placer sexual, se desprenden de sí mismos y se ven desde afuera, y entran en una catarsis colectiva que nada ni nadie les había conseguido dar antes.
Estas fiestas descritas por Gabriel de Souza implícitamente están contrapuestas a lo cotidiano como espacio de frustración y aburrimiento. Estudiar, trabajar, integrar aquella trilogía sagrada de "Estado, familia y sociedad", es algo que puede subvertirse en la noche del fin de semana.
Con mucho alcohol y bebidas energizantes, con muchas drogas, con la música a unos decibeles que al día siguiente producen zumbidos en los oídos, los bailarines de estas fiestas entran en una suerte de trance de "energía positiva", como ellos dicen, depositando en el dee-jay el rol de chamán que conduce a la tribu a la exaltación extrema.
Son jóvenes que pertenecen a la clase alta o media alta. Gabriel de Souza expone el precio de las entradas, de las consumiciones mínimas, de las bebidas energizantes y hasta el precio de la cocaína: entre 150 y 500 pesos el gramo.
Estos jóvenes poseen un nivel de educación elevado: muchos tienen estudios terciarios en instituciones privadas y públicas. Duermen de día durante el fin de semana para que ese cuerpo joven y resistente sea capaz de bailar durante horas por la noche, y también, en el momento del "explote" de la fiesta, a las cuatro de la mañana, sea capaz de saltar sin cesar, elevar los brazos, gritar y reírse con los otros. Algunos testimonios dan cuenta de 36 horas seguidas sin dormir. Muchos lo logran con éxtasis, "bolas", cartones, o simplemente con cocaína.
Estos jóvenes bailan en rituales de miradas, de gestos, de felicidad contagiosa y compartida. La palabra no existe porque es arrancada de cuajo por el alto volumen de la música. La relación entre los bailarines se da por la apariencia, siendo ella de gran valor: el cuerpo es la metáfora de la vida.
La ropa es elegida cuidadosamente, pero no en los consabidos shoppings. La ropa tiende a ser retro, rara, de nylon, acompañada por accesorios infaltables, tales como piercings, cadenas, anteojos que tapan los ojos congestionados por las drogas, maquillaje colorido, tatuajes, cortes y peinados "estrafalarios".
Lo importante es ser diferente al que está afuera, lo importante es identificarse por el cuerpo, por la necesidad de estar allí adentro, en la noche.
Pistas Y ORGÍAS. Los boliches descritos por de Souza tienen pistas no demasiado grandes, para que así entre los cuerpos no queden agujeros y haya contacto íntimo entre los bailarines. La fiesta presenta tres etapas, digitadas por el dee-jay, que se halla en una elevación con respecto a la pista: unas primeras dos o tres horas de calentamiento, luego, sobre las cuatro de la madrugada, el "explote", donde el volumen y ritmo de la música llegan a su máximo esplendor, y más tarde, el after-hour, cuando ya el cansancio lleva a los sillones y a los puffs.
La madrugada es el momento en que las relaciones sexuales se llevan a cabo en público, en rincones o sofás. Las relaciones se producen entre dos o más individuos, de cualquier sexo. El antropólogo de Souza habla de "orgía" e insiste en la tolerancia como valor de estas fiestas: cualquiera puede tener sexo con cualquiera. La homosexualidad entonces es sentida como una práctica, no como una esencia.
En ese ambiente erotizado hay a veces gogós, individuos que bailan en lugares elevados desde donde se les ve acariciarse o sencillamente masturbarse.
El clásico "cargue" a través del "chamuyo" no existe. La seducción se da por la mirada, por el despliegue del cuerpo a través del bailar. Está muy mal vista la violencia, nadie atropella a nadie, las chicas no tienen que vérselas con pesados que las obliguen a marchar hacia un hotel.
Pero de Souza, que no pierde la objetividad y realiza a menudo paralelos entre estas prácticas festivas y las de tribus de diferente índole, deja deslizar a veces la contrapartida de la felicidad: el día siguiente, el cansancio atroz, la deprimente subida por la mañana de la Av. 18 de julio luego de haber pasado tantas horas en la oscuridad de la discoteca, el dolor de cabeza, el peligro para los tímpanos, y el desconocimiento de los efectos negativos del consumo indiscriminado de drogas sintéticas, de diseño. Luego el trabajo, la oficina y el "lunes a viernes", que paradójicamente es sentido como un descanso.
Son jóvenes que saben que hay muy pocos jóvenes en este país. Son jóvenes que no pretenden cambiar nada en la sociedad, salvo vivir el instante supremo. Al estudio de Gabriel de Souza le falta decir al lector cuántos jóvenes son en verdad los bailarines de las pistas electrónicas.
Tampoco se hace la menor referencia a la cuestión del SIDA y el uso del preservativo. Sin duda es una ausencia notable en un estudio donde el objeto de la investigación es justamente la búsqueda del placer extremo y el derribamiento de límites y del logos.
Cabe preguntarse cuántos preservativos se usarán en esos puffs del after-hour, tras la ingesta de variadas drogas legales e ilegales y en el estado hipnótico inducido por los bajos ininterrumpidos de la música.
MONTEVIDEO ELECTRÓNICO, de Gabriel de Souza, Montevideo, Banda Oriental, 2006, 174 págs.