Poeta de las sombras

Ángeles Blanco

CON UN ÚNICO libro publicado y una vida signada por la tragedia, Georg Trakl (1887-1914) fue uno de los poetas icónicos de esa excepcional generación de talentos reunida en la Viena de los Habsburgo. Su poesía ha sido definida como hermética, simbólica, expresionista, enigmática; en todos los casos, de una belleza "rara" y mortecina. Sus imágenes poderosas, casi oníricas, son reino de los solitarios: monjes o asesinos, ángeles o leprosos que deambulan como espectros, y que han identificado a Trakl como un "poeta de la muerte" o "maldito", al igual que sus admirados Baudelaire, Rimbaud y Verlaine.

Esa obra perturbadora supo entusiasmar a la intelectualidad de su tiempo, desde Werfel a Rilke. "No entiendo la poesía de Trakl, pero me deslumbra, y nada hay que me dé mejor idea del genio" dijo alguna vez Wittgenstein, y quizás ninguna otra aseveración pueda ser más elocuente con la seductora oscuridad de los versos trakleanos.

UNA VIDA. Nació el 3 de febrero de 1887 en Salzburgo, Austria. Fue el cuarto hijo de un matrimonio de seis, conformado por María Halik y Tobías Trakl. Su infancia transcurrió al amparo de una familia próspera que practicó el protestantismo en una ciudad de católicos. Ese indicio de aislamiento al igual que los castillos y paisajes de su ciudad natal, irrumpirán más tarde en sus versos. Como también algún rincón de la casa paterna, donde, según la leyenda, solía alimentar a las ratas bajo la luz de la luna. Ese niño singular comienza en 1897 sus poco sobresalientes estudios secundarios, para emprender luego una carrera corta que no lo alejara demasiado de su verdadero faro: la poesía. Se emplea entonces como aprendiz de farmacia, una afinidad que desembocaría en una letal dependencia a los estupefacientes, y a la que muchos atribuyeron la vertiginosa danza de imágenes de su poesía.

En 1906 y con escaso éxito, estrena en Viena dos obras de su autoría: Día de los muertos y Fata Morgana. Ambas, al igual que la tragedia Don Juan fueron destruidas por el poeta, poniendo abrupto final a una carrera efímera. Y es que bajo la apariencia melancólica que hoy reproduce el sepia, guardaba el joven poeta pasiones tempestuosas. Como la que lo ligó para siempre a su hermana Margaret (también Grete o Gretl), única mujer a la que amó. La mezcla de amor prohibido y demoledor sentimiento de culpa acechará esos versos donde Gretl asoma. Así, en "Sueño y locura" escribe: "Del espejo azul surgió la delgada figura de la hermana y se precipitó como muerto en la oscuridad"…

Se sabe que la muchacha terminó sus días de un modo trágico, suicidándose en 1917, y que en 1914 sufrió un aborto que la unió aún más a su hermano. A raíz de ese episodio, Trakl viaja a Berlín, donde hace amistad con escritores expresionistas como Else Lasker-Shuler, quien quedaría impresionada con la poesía de aquel joven retraído que según el escritor Hans Limbach escribía como hablaba, "con palabras enigmáticas".

Fuera de la relación con Gretl, Trakl se vinculó amorosamente a prostitutas, a quienes consideró víctimas de un mundo corrupto. Sus poemas "Sonia" y "Afra" rinden homenaje a dos de esas amantes, y son un muestrario de la turbulencia interior que Trakl volcó en sus versos, a pesar de la impersonalidad que signa muchos de ellos, pero que se iría diluyendo a favor de situaciones más testimoniales.

Con poco más de veinte años y coincidiendo con la muerte de su padre, en 1910 publica sus primeros poemas en el Neus Wiener Journal. Dos años después, con el grado de cabo farmacéutico viaja a Innsbruck. Pero de alguna manera, el destino quiso que en lugar de frentes de batalla Trakl conociera al editor de la revista Der Brenner, Ludwig von Ficker. Este lo aloja en su casa de Mulhau, y será algo así como su mecenas. Ese mismo año le publica poemas emblemáticos como "Sueño del mal", "Salmo" y "Tres visiones en un ópalo". Es el momento más auspicioso de la carrera de Trakl.

"El camino y las cruces del otoño se disuelven al/ anochecer,/ peregrinos que cantan y los lienzos ensangrentados./Entonces la figura del solitario se vuelve hacia/ dentro/ y marcha, ángel pálido, por el desierto vergel./Desde lo negro sopla el viento del sur. En compañía/ de sátiros/ hay mujercitas esbeltas, monjes, pálidos sacerdotes/ de la voluptuosidad,/ bello y tétrico se adorna su desvarío con lirios/ y alza las manos hacia el dorado ataúd de Dios." Pasajes como éste, de "Tres visiones en un ópalo" contienen algunas de esas palabras casi obsesivas que transitaron su poesía: "anochecer", "otoño", "azul", "bosque", "hermana". Quizás la más sugerente en esa galería sea "abend", esa fracción del día entre el atardecer y la medianoche, que no cuenta con equivalente en español. Las referencias religiosas, copiosas, y a la Edad Media, son síntoma de la búsqueda espiritual de Trakl, tan en pugna con el vacío secular del cual abominó, y dejó clara constancia en algún pasaje de su correspondencia: "Anhelo el día en que el alma no quiera ni pueda morar más en este mísero cuerpo apestado de pesadumbre, (…) que no es sino el reflejo demasiado fiel de un siglo ateo y maldito".

VIENA. El servicio en Viena lo vincula a los intelectuales Adolf Loos, Oskar Kokoshka y Karl Kraus. Pero a pesar de las nuevas amistades, la gran ciudad solo contribuyó al declive de su estado emocional. Consigue un puesto en el Ministerio de Trabajo de Viena, pero apenas dura dos horas. A pesar de todo, en 1913 realiza la primera -y última- lectura pública de su obra, y publica uno de sus poemas preferidos, "Helián". Al igual que "Sebastián en el sueño", también de 1913, su protagonista es un adolescente, posiblemente su alter ego. Los niños fueron visitantes habituales del universo nocturno y plateado de la poesía trakleana, quizás por esa añoranza de pureza que hubiera sido inútil buscar en el mundo exterior. También en 1913, y con selección de Franz Werfel, entonces lector de la editorial de Leipzig, se publica un pequeño tomo de Gedichte (Poesías), único libro que Trakl publique en vida.

"Otoño: negros pasos en el linde del bosque; instantes de mudo aniquilamiento; bajo el árbol desnudo vela la frente del leproso. Un anochecer que pasó hace mucho, desciende ahora por las gradas de musgo; noviembre. Repica una campana, y el pastor conduce una tropilla de caballos negros y alazanes hacia el poblado. Entre los avellanos, el verde cazador destripa un ciervo. Humean sus manos con sangre, mientras la sombra del animal gime en el follaje por sobre los ojos del hombre, pardo y silencioso; el bosque", escribe en "Conversión del mal". A esa atmósfera estremecedora, presente también en "Revelación y caída" y "Las ratas", muchos atribuyeron el vaticinio de las dos grandes guerras. Sea como fuere, la amenaza de ese mundo implacable lo lleva a replegarse en el suyo propio hasta convertirse, en palabras de Heidegger, en un "poeta del apartamiento".

ÚLTIMAS LETRAS. Corre el año 1914 y la depresión invade el ánimo del poeta. Luego de rechazar una suma de dinero donada por Wittgenstein, Trakl marcha al frente en la Galitzia oriental (Polonia), donde presenciará la batalla de Grodek. La atrocidad de los cuerpos mutilados y de los desertores ahorcados, es el paisaje tras la contienda. Con escasos recursos, Trakl se hace cargo de casi noventa heridos, pero no puede ganarle a la muerte. El dolor físico y espiritual de esos hombres es plasmado en "Grodek": "Al atardecer retumban en los bosques otoñales/ las armas mortíferas, en las llanuras doradas/ y en los lagos azules, por los que un sol/ sombrío rueda. La noche envuelve / a los guerreros moribundos, el salvaje lamento/ de sus bocas despedazadas." Un intento de suicidio con revólver y la internación en un hospital de Cracovia es lo que sigue. Las circunstancias no están claras, pero se presume que una sobredosis de cocaína que él mismo se suministró, acabó con su vida. Ocurrió en el atardecer del 3 de noviembre de 1914, ese momento del día que a Trakl le sugería tantas cosas. Tenía tan solo 27 años.

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