Viernes | 12.05.2006
Montevideo, Uruguay | 04:58
 Cultural
La contracultura, pros y contras
Rebeldes con marca

Álvaro Buela

Acuñado en la crispación de los años 60, el término contracultura ha servido para englobar cuanto movimiento contestatario, pacifista, antiautoritario y anticapitalista surgido en los EE.UU. en la segunda mitad del siglo XX. Si bien es una categoría poco rigurosa, aún más imprecisa que la de "cultura" a secas, el concepto pegó fuerte y se coló sin muchos controles en la prensa, la academia y el imaginario colectivo. Cualquier análisis sociológico cuestionaría la validez de ese "margen" reivindicado por cada movimiento, y lo remitiría a la correlación de fuerzas inherente a una sociedad y una cultura determinadas. Pero la contracultura sobrevivió a su debilidad epistemológica y, arrancada de su origen, llegó hasta el presente, encarnada en miles de sitios de Internet, en la cultura hacker y en el cyberpunk.

Las raíces datan de la década del 50, con la generación de escritores beatniks, la música bebop y aquel arrollador brulote de Norman Mailer cantando loas al "blanco negro". Eran manifestaciones de resaca existencial y disonancias al conformismo de la sociedad de masas que, durante los años 60, tuvieron un efecto contagioso en la juventud universitaria y en los intelectuales. La guerra de Vietnam proporcionó el combustible aglutinante para disparar las protestas, mientras las sustancias alucinógenas inducían la "apertura de la conciencia" y la psicodelia aportaba la banda sonora. De esa conjunción surgió el folklore romántico y, desde hoy, fácilmente ironizable de una década que descubrió que la rebeldía también podía ser una diversión.

Cuando el profesor Theodore Roszak publicó el libro The Making of a Counter Culture en 1968 (con traducción al castellano en Kairós, España, 1982), la pachanga estaba en su apogeo: "una nueva cultura está surgiendo entre nuestra juventud (...), una cultura tan radicalmente disociada de los presupuestos básicos de nuestra sociedad que muchas personas ni siquiera la consideran una cultura sino una invasión bárbara de aspecto alarmante". Sólo una sociedad puritana y conservadora al extremo pudo ver "una invasión bárbara" en aquellos acontecimientos, que sólo tuvieron eclosiones efímeras de violencia, provenientes de la vertiente armada del Black Power y de algunas actividades de los yippies.

La historia oficial de la contracultura señala su apogeo en el festival de Woodstock, en 1969. Pronto el inconformismo quedó sepultado bajo el peso musical del evento, y Woodstock pasó de una afirmación espontánea de la filosofía contracultural a ser una marca registrada. La reencarnación del festival en la década del 90 tuvo todos los vicios de la mercadotecnia del rock "alternativo" y nada del espíritu bohemio de antaño. Primera lección: nunca subestimar la fuerza (léase, la seducción) del enemigo (léase, el Sistema).

LECCIONES REBELDES. Dos libros recientes se ocupan de los efectos de la contracultura (mejor, de las contraculturas) desde perspectivas diferentes y opuestas, creando entre ambos un escenario bipolar sin chance de síntesis. Por un lado, el discurso encomiástico y meramente recopilatorio de Ken Goffman, un periodista con aspecto metalero que, bajo el seudónimo de R.U. Sirius, fue promotor de la cultura cyberpunk y editor de la revista de culto Mondo 2000. Por otro, el análisis hipercrítico de los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter, dos académicos treintones a quienes se les nota demasiado su ambición por parecer inteligentes.

Ya desde su título, La contracultura a través de los tiempos, de Goffman, desnuda el despropósito de todo el proyecto. Como si no fueran suficientes los exponentes de rebeldía de posguerra —aquéllos que dan sentido al término—, el autor sale a buscarlos en el confín de los tiempos, comenzando por Prometeo y Abraham. En ambos mitos Goffman encuentra elementos contraculturales: en el primero, el fomento del "libre pensamiento individual, el acceso democrático a la tecnología y el conocimiento, y una estética [sic] del cambio constante"; en el segundo, al padre de "una contracultura eterna" (el judaísmo). En Hollywood no estarían de acuerdo.

Por la Segunda Parte ("Un arco de tiempos y lugares") desfila media humanidad: Sócrates, el taoísmo, el budismo zen, los sufíes, los trovadores medievales, la Ilustración europea, la revolución norteamericana, los dadaístas, los surrealistas y la Generación Perdida. A esta altura van 300 páginas y el aturdido lector necesita un respiro. Sin acotar su campo de estudio ni plantearse una metodología más o menos seria, el libro opera por acumulación informativa, toda de segunda mano y servida en tono liceal. Asimismo, Goffman parece encontrar divertida la introducción de referencias contemporáneas en la historia, y así nos enteramos del "impulso anarquista" del taoísmo, de que los integrantes de la orden sufí de los qalandars "eran como hippies de la línea dura", de que Voltaire fue "el filósofo-punk del Siglo de las Luces" y de que "la Revolución Francesa fue protocomunista". Por muy influyente que haya sido como periodista, Goffman es un cero en Historia.

Tal vez porque el libro entra de lleno en el terreno del que nunca debió salir (EE.UU., segunda mitad del siglo XX), la Tercera Parte mejora sensiblemente. Las citas disminuyen, las valoraciones prestadas desaparecen y la prosa heterodoxa de Goffman encuentra su adaptación para elaborar una historia informal y subjetiva de la contracultura, de los beatniks al hip-hop, de Ken Kesey a William Gibson. En medio de un generoso anecdotario resurgen con peso propio las figuras del gurú psicodélico Timothy Leary y del revoltoso Abbie Hoffman, un par de personajes pasados de rosca y merecedores de biografías exclusivas. En parte gracias a ellos, y sobre la hora, Goffman consigue rescatar a su libro del completo bochorno.

LOS JóVENES VIEJOS. Por su parte, Rebelarse vende, de Heath y Potter, se asume como el vértice racional de todo lo que Goffman encuentra elogiable. En el entendido de que la contracultura fue una expresión de puro voluntarismo, los autores emprenden una laboriosa batalla por la sensatez, el capitalismo humanista y la recuperación de la confianza en "los pilares básicos de la sociedad". Para ello intentan refutar, uno a uno, los objetivos y premisas de la ideología contracultural, insistiendo hasta el hartazgo en un punto incontrastable: "el capitalismo consumista no sólo ha sobrevivido a varias décadas de rebeldía, sino que ha salido fortalecido".

No es fácil extraer la tesis central del ensayo, ya que su método expositivo es un tanto histérico y manipulador. Haciendo un esfuerzo podría resumirse del modo siguiente: 1) el fracaso de la contracultura radica en que, más allá de las estéticas, el hippismo y El Sistema se parecían más de lo que creían; 2) ningún movimiento que se automargina del aparato político-institucional puede llegar a buen puerto; 3) como toda ideología total que demoniza al Enemigo, la contracultura no admite cambios progresivos sino "radicales" y "profundos", incompatibles con las dinámicas sociales; 4) "La fascinación con lo exótico y con lo diferente no es sólo un escapismo inocente; es un serio impedimento para el desarrollo de una política progresista coherente".

Como Heath y Potter están insertos en un contexto de primer mundo, los temas que les preocupan son el consumismo responsable, las estrategias meditadas y la necesidad de "acabar con las lagunas (del sistema), no eliminar el sistema". Es inevitable una dosis de escepticismo ante tanta corrección, sobre todo si el lector vive en una galaxia muy lejana del confort académico de los autores, donde el único consumismo preocupante es el de la pasta base, y las lagunas son mares.

Dejando de lado esa visión doméstica, Rebelarse vende tiene ideas atendibles, como la influencia del Holocausto en el nacimiento de la contracultura, la falacia de equiparar consumismo y conformismo ("es la rebeldía, y no el conformismo, lo que controla el funcionamiento del mercado desde hace décadas") y algunas medidas para ponerle coto a la publicidad. Pero en su afán de argumentar por el reintegro de la cultura al sistema socio-político, Heath y Potter trazan una burda caricatura del movimiento contracultural, funcional a su discurso, y, a los treinta y pocos años, terminan pareciendo dos viejos gruñones que advierten de las diferencias entre libertad y libertinaje. Ni siquiera tienen la gentileza de reconocer las grandes obras que dejó la contracultura, ya sea la poesía de Allen Ginsberg, los cómics de Robert Crumb o los discos de The Ramones. El exceso de sensatez se parece mucho a la estupidez. l

LA CONTRACULTURA A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS. DE ABRAHAM AL ACID-HOUSE, de Ken Goffman. Anagrama. Barcelona, 2005. Distribuye Gussi. 526 págs.

REBELARSE VENDE. EL NEGOCIO DE LA CONTRACULTURA, de Joseph Heath y Andrew Potter. Taurus. México, 2005. Aún sin distribución local. 418 págs.

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