Felipe Polleri
COMO A todos los intelectuales uruguayos, me preocupa la juventud. Fuman. Beben en público. Están desorientados. Por ejemplo: a veces uno de ellos se me acerca y me pregunta hacia dónde va el arte. Como son demasiados los jóvenes que se me acercan, desorientados, les contesto a todos utilizando como ejemplo al gran dramaturgo, y flamante Premio Nobel, Harold Pinter, que fue tapa en el Nº 838 de este suplemento. Pinter, a quien todos admiramos, solía partir de la misma situación: una habitación con dos personas. ¿Después? ¡Nadie sabe! ¡Nadie sospecha! Pinter menos que nadie, menos que usted o yo. Muchos lectores y muchos críticos no entienden este salto al vacío; creen que los artistas tienen un complejo arsenal de teorías, producto de una larga y profunda meditación hermenéutica, amén de un plan minucioso, para no hablar de una consciencia preclara de lo que están haciendo. Al contrario: a un artista lo único que le interesa es que la "cosa" funcione, con ayuda de su experiencia y su instinto (ubicado en la boca del estómago, los pelos de la nuca, etc.). A medida que la escritura avanza empieza a sospechar que tal vez, sólo tal vez, se dirá que hay bastantes posibilidades de que la "cosa" lo exprese. ¿Fui claro? Si pensó algo, jamás lo articuló: está demasiado ocupado en escribir como para encima elaborar teorías esotéricas (de esas que les encantan a los franceses curreros) sobre el metalenguaje o el morfema. Sencillamente, un artista es alguien muy práctico; Hauser no veía diferencia alguna, y yo tampoco, entre un artista (digamos: Pinter o Jarry o Beckett) y un perro que con un palo largo en la boca quiere atravesar el umbral de una puerta. Al artista no le interesa saber si el palo es un símbolo fálico o una alegoría dantesca, sino mover al perro. Y es aquí que interviene el tan llevado y traído fenómeno de la inspiración: misteriosamente, como iluminado o fulminado por un rayo, Pinter o quien sea tiene la certeza de que si el perro mueve el cuello de tal manera, y sólo de esa manera, el palo cruzará el umbral. Hubo, claro, meses de trabajo inconsciente, meses de ensayo y error, meses quizás de patear los muebles y las paredes; y hay, claro, décadas de experiencia en esa lucha con la página en blanco. Pero jamás ningún artista sabe lo que va a pasar. A veces los jóvenes se me acercan y me preguntan hacia dónde va el arte. Entonces me acuerdo de Thelonious Monk ("¿Qué adonde va el jazz? Yo qué sé adonde va. Tal vez se vaya al diablo. No se puede hacer que nada vaya a ninguna parte. Las cosas suceden, nada más") y me digo y les digo que no sé. Que tal vez se vaya al diablo. Bueno: los jóvenes no se me acercan. Nadie se me acerca ni para tocarme con el palo del perro. Además, ya me tiene harto esa tierna (y demagógica) preocupación por los jóvenes. ¡Tanta preocupación! ¿Hacia dónde va la juventud? Yo que sé adonde va. Tal vez se vaya al diablo, como todos nosotros.