Rosario Peyrou
JULIO CÉSAR Castro (Juceca) escribió cientos de cuentos de Don Verídico desde 1962, cuando inauguró al personaje en un programa de radio El Espectador. Los publicó en Marcha, en Misia Dura, en Opinar, El Popular, El Dedo, Guambia de Montevideo, y en El Porteño y Crisis de Buenos Aires. Los escribió para que los dijera Landriscina, los dijo él mismo por radio acompañado de Becquer Puig o de Gerardo Sotelo, los actuó solo (porque en los últimos años se convirtió también en actor), tanto en televisión como en memorables espectáculos de teatro dentro y fuera del país. Ruben Olivera y Jorge Lazaroff compusieron canciones con textos suyos. Walter Tournier hizo sobre ellos algún hermoso film de animación. Fueron siempre irresistibles. Juceca no tuvo altibajos, nunca se secó la fuente de la que extraía su humor, su gracia aérea, su forma de encantamiento. Los cuentos inéditos que publicó Planeta recientemente y el disco que acaba de editar Ayuí, son pruebas irrefutables. Se leen y se escuchan como el primer día. Están frescos y conservan intacto su poder de sorpresa.
Es extraño que en este país —donde todo el mundo disfrutó de su talento— siempre se lo haya considerado más un humorista que un escritor. País gris y un tanto solemne, el Uruguay tiene una idea del escritor como un individuo serio, más o menos encerrado y un poco por encima de la vulgaridad de los simples mortales. Sin embargo no abundan los narradores que hayan alcanzado un nivel de tan sostenida calidad como Juceca: su poderosa imaginación, su capacidad poética, su talento para crear un mundo autosuficiente con reglas propias y que sólo se parece a sí mismo, no son cualidades tan frecuentes. Su literatura pertenece a una tradición universal de tamaña jerarquía: la de los escritores que utilizaron el humor como arma fundamental en su pelea con las palabras y con el mundo: Swift, Rabelais, Cervantes, Sterne, Mark Twain, Monterroso, Ibargüengoitia, y un larguísimo etcétera. ¿Alguien se atrevería a calificarlos de meros humoristas?
PROVINCIANISMO CULTURAL. En una nota de Brecha del 17/2/2006, Oscar Brando se preguntaba con sobrada ironía si más allá del reconocimiento "a su humor absurdo, onírico, surreal, a un lirismo así o asá, destacados en avaros prólogos, su literatura no merecía que algún profesor dividiera uno de los cuentos en tres o cuatro partes, estudiara las figuras literarias y preguntara a sus alumnos: ¿qué vemos acá?". El asunto tiene su interés: hay cierto desfasaje entre tanta unanimidad de valoración y la renuencia a tomarse su obra en serio, a incluir a Juceca en las antologías del cuento o en los panoramas de narrativa, y esa dificultad parece hablar más del Uruguay que de la obra del propio Castro. Acostumbrado a mirar hacia afuera para legitimar lo que podría ser valioso entre las manifestaciones culturales propias, el Uruguay parece tener una inseguridad permanente respecto a las relaciones entre lo "culto" y lo "popular", entre lo humorístico y lo serio. El establishment cultural no tiene mayores inconvenientes en aceptar lo popular siempre que venga legitimado por las culturas metropolitanas, pero lo que se produce aquí siempre genera un cierto desacomodo, una incomodidad epistemológica: ¿dónde colocar esto?
En países como Brasil, más seguros de sí mismos, esta clase de fronteras son mucho más permeables. El propio Juceca lo intuyó cuando quiso que lo reconocieran por los cuentos, guiones o piezas de teatro que también escribió, sintiendo que el Verídico era un obstáculo en su consideración como escritor a secas. Sin embargo, y más allá del valor del resto de su obra, es Don Verídico su contribución más original a la literatura uruguaya.
PARODIA Y HOMENAJE. Cuando en los años sesenta Juceca empezó a componer sus cuentos de Don Verídico, hacía ya más de veinte años que la literatura de ámbito rural había entrado en franca retirada. País crecientemente urbano, el Uruguay concentraba en las ciudades más del 80 % de su población, y la literatura reflejaba con claridad ese proceso, por lo menos desde la publicación de El Pozo en 1939. En 1962 ya no se podía escribir literatura rural sino como parodia. Si Espínola necesitó la distancia que le permitía la fábula de animales para construir su Don Juan el Zorro, Juceca se acerca a ese ámbito parodiándolo a través del humor y del absurdo, y consigue armar un universo autónomo que en sus manos se vuelve mítico. Julio no era un hombre del interior y su conocimiento del medio rural se basaba en las historias orales escuchadas en las obras de la construcción, en un período de su primera juventud, cuando trabajó de albañil, antes de ser taximetrista, periodista, y escritor. Su boliche El Resorte es más bien "fronterizo" entre la ciudad y el campo. El Tape Olmedo, La Duvija, Azulejo y Rosadito Verdoso, el Pardo Santiago —los contertulios habituales del boliche— toman vino (y no caña, como en la literatura gauchesca), reciben visitantes que arrastran pianos o consiguen guitarra eléctrica, y cuando se acercan los carnavales son capaces de cantar "Araca es la murga compañera..." . Es cierto que el Viejo Verídico es un narrador oral y sus mentiras y exageraciones están en consonancia con la tradición del cuentero del interior (basta recordar el "Contaba Don Claudio", de Mario Arregui, un escritor que también subvirtió las reglas del relato rural, en su caso, a través de un rigor borgeano), pero los juegos de lenguaje de Juceca, la imaginación onírica, son más parientes de Cortázar que de la literatura gauchesca. La operación que hace Castro sobre la tradición se parece más a la del Inodoro Pereyra de Roberto Fontanarrosa que a los cuentos de Serafín García o de José Monegal. (No es casual que Fontanarrosa haya reconocido, en una charla que dio en el teatro El Galpón hace ya algunos años, su admiración por la obra de Juceca).
A través de los cuentos de Don Verídico, la literatura rural uruguaya tiene su canto del cisne y su entrañable homenaje. La poesía, la ternura que desprenden sus situaciones estrafalarias, son una reivindicación de una forma de imaginación que llegaba a su fin. Una estilización, a través del humor, de un mundo de relaciones en desaparición.
UNA PUESTA AL DÍA. Los relatos que recoge el volumen Hay barullo en el resorte dejan pasar más alusiones "reales" que lo habitual en el mundo fantástico de Juceca. No sólo en el lenguaje, que es cada vez menos gauchesco, sino en la serie de guiñadas que se permite hacer sobre la realidad. En uno de los cuentos un forastero irrita a los contertulios porque en medio de la conversación suena su teléfono celular (y Rosadito Verdoso como es costumbre, le estampa un higo en la frente en señal de reprobación). En otro, preparando el Carnaval, se arma el trío "Los Resorteros" (nombre que suena a conjunto pop) con "Rosadito Verdoso, Azulejo Verdoso en guitarra y la Duvija en flauta dulce, que el dulce era de membrillo y la flauta de pan de ajo, que es un instrumento de poca variedad porque el ajo repite mucho". La Duvija ha ido creciendo como personaje y hasta le sale un cierto feminismo cuando defiende a las mujeres frente a las quejas de los paisanos que vienen a consultar por sus líos domésticos. Hay alguna alusión a la política del momento, como en la página 33 cuando se habla de un tal Ilícito Corrupto "que se salvó porque a Nicolini lo confundieron con unos papeles con las firmas falsificadas". O a los problemas ambientales: cuando Batatito Fakir, a quien le decían "el gato porque le disparaba al agua", resolvió pegarse un baño en el arroyo, y "fue la mortandad de pescados más grande que se conoció en la historia, que unos muchachos ecologistas le hicieron una marcha de protesta frente al rancho, y al arroyo le tuvieron que cambiar toda el agua" (pág. 27). También en El Resorte se habla de una novela de Paco Espínola, o se hace alguna cita implícita de Atahualpa Yupanqui, cuando Tarantelo Gofito va en bicicleta a cantar una serenata: "Llegó, y se largó a los gritos sin escuchar su propio canto" (en alusión a la "Milonga del solitario"). O se refiere a los "tres tenores", a propósito de un canarito flauta "que si le sale cantor le redobla que le tiene que tapar la jaula con un trapo negro, porque pudre. Lo mismo que Pavarotti, que uno capaz que en un ataque de bobera va y paga pa’ escucharlo, pero si lo tiene de vecino no hay oreja que aguante porque, pa’ peor, es capaz de invitar a los otros dos, y Dios te libre de semejante trío operativo".
Juceca fue el dueño de su mundo y se movió en él con una libertad maravillosa. Por su ingenio, por su límpida alegría, su obra está destinada a permanecer. Seguro vendrán tiempos de sesudos trabajos sobre su lugar en la literatura uruguaya. Es para festejar entonces la aparición de este volumen póstumo de cuentos, y del CD de Ayuí, que nos devuelve esa voz estrangulada, de niño con amigdalitis, diciendo como nadie sus historias que son también, como las de Onetti, las de Espínola, o Felisberto Hernández, un espejo verídico del Uruguay.
HAY BARULLO EN EL RESORTE, de Julio César Castro (Juceca). Planeta. Montevideo, 2005. 226 págs.
DON VERÍDICO POR JUCECA. En vivo conversando con Gerardo Sotelo. Ayuí. Serie la Palabra. Montevideo, 2005.