László Erdélyi
EL GRAN fotógrafo norteamericano Richard Avedon, famoso por sus retratos de gente poderosa, de artistas y de bellísimas modelos, tuvo una propuesta desde un pequeño museo de Fort Worth, Texas. La idea consistía en retratar gente común, anónima, marginal, trabajadores en tareas ignoradas, o muy peligrosas. Serían seis veranos buscando hombres y mujeres por el Lejano Oeste, el "verdadero" Oeste, mucho menos heroico que el mítico Oeste de John Ford, pero también mucho más real. Con el equipo de Avedon viajaría la curadora Laura Wilson, quien realizaría un estudio del método de trabajo del gran fotógrafo, sobre todo en la técnica para lograr que los sujetos fotografiados sean retratados cuando abren su alma.
Avedon puso una condición: luego de esos seis años, si la totalidad del trabajo no alcanzaba los parámetros de calidad que lo han hecho famoso, se guardaba el derecho de retirar todo el material y destruirlo, sin devolver un peso. Los encargados del museo dudaron, era mucho el dinero invertido. Pero el riesgo valía la pena.
DIARIO DE VIAJE. La tarea comenzó en 1979 y finalizó en 1985 con una monumental exhibición itinerante —que incluyó al Art Institute de Chicago— y un libro, In the American West. Pero ningún museo de Nueva York, la cuna de su éxito, quiso saber de nada, a pesar de que no hacía mucho el Metropolitan Museum había organizado una retrospectiva de sus trabajos en el mundo de la moda (1978). Un curador del Museo de Arte Moderno (MOMA) argumentó que ese no era el Oeste que él conocía. Algo estaba pasando.
Es que la técnica de Avedon, que había logrado transformar en metáforas a sus personajes famosos, ahora se tornaba demasiado audaz. Las metáforas eran sobre gente común, suicidas, desempleados, mujeres y hombres sin ambiciones, o seres simples y felices. Las fotos contaban una historia de vida, y esa historia no siempre era agradable o elegante. Se trataba, además, de gente temerosa de acercarse a una cámara no sólo por lo insólito de la situación, sino porque no tenían la más pálida idea de quién era Richard Avedon, un señor simpático con dos asistentes que llega a su fábrica o cantera, con una gran cámara tipo caja sobre un trípode al estilo antiguo, y una gran tela blanca pegada con cinta para eliminar el paisaje de fondo, y destacar al sujeto fotografiado.
A casi 20 años de finalizada la tarea, Laura Wilson publicó el libro que faltaba: Avedon at Work in the American West (University of Texas Press). A modo de diario de viaje, Wilson toma eventos paradigmáticos de ese rodaje de seis veranos, con numerosas sesiones fotográficas que permiten analizar, paso a paso, la técnica de Richard Avedon, o los misterios de cómo trabaja un verdadero genio del arte contemporáneo.
BUSCANDO EL RETRATO PERDIDO. Al sustituir el paisaje de fondo por una tela blanca, Avedon comienza rompiendo con el Oeste más conocido, ese donde el paisaje es el protagonista absoluto. Sale a la calle en una camioneta con su equipo de trabajo sin saber qué va a encontrar. La cámara es una Deardorf con negativo de ocho por diez pulgadas que se cargan de a uno, sin flash, todo con luz natural. Mientras un asistente recarga, y el otro hace foco, Avedon está junto al sujeto a fotografiar charlando con él, tratando de relajarlo, de que no tome conciencia de sí mismo y se ponga en pose, para buscar el momento justo en que sus ojos revelen su alma con naturalidad. Avedon sabe que eso sucede sólo durante un instante, y debe estar allí, atento, para apretar el obturador remoto. Porque no necesita estar detrás de cámara: el encuadre de la foto está en su cabeza. Laura Wilson mira a Avedon y descubre sus gestos que tratan de imitar al sujeto, de empatizar con él. Todo Avedon, su mente y su cuerpo, participan del evento. En otra oportunidad se acercó demasiado a tres mujeres rancheras, gesticulando energizado, mirando directamente a sus ojos, a pocos centímetros de ellas. Una pose impropia pero necesaria para saber si hay luz suficiente en los ojos. Porque la magia está ahí, en los ojos.
El libro tiene momentos clave, como el abordaje al caminante Bill Curry en la Interestatal 40 de Oklahoma. Allí mismo se paran en un estacionamiento, pegan la tela blanca, y Avedon comienza a charlar con Curry mientras se prepara el equipo. Le pide que se saque la chaqueta, que se meta la remera dentro del pantalón. "Parecía un personaje sacado de una obra de Eugene O’Neill" recuerda Avedon. O el caso de Richard Garber, en Provo, Utah, en 1980, a quien encontraron en una cafetería sentado junto a ellos. Usualmente Laura Wilson hacía el primer acercamiento, pero aquí no se animó, el individuo parecía demasiado ausente. Lo hizo el propio Avedon de entrada. Y Garber quería hablar. Le contó que era un suicida, que se había metido en las montañas durante cuatro semanas para dejarse morir, sin agua ni alimentos. Ese mismo día había vuelto a la civilización. Extrañaba las Big Mac. Laura Wilson recuerda esa sesión de fotos como una de las más emotivas que haya vivido. Gerber lloró y no era pose, estaba demasiado flaco, piel y hueso, un todo desbordado por la angustia existencial. Avedon y su equipo lo llevaron luego a un refugio para alcohólicos, a pesar de que él no lo era. Al día siguiente lo fueron a ver, y estaba de mejor ánimo, había recibido atención, vitaminas. Los despidió con gran cariño. El relato de Wilson termina allí, en la pág. 62 del libro. El lector queda tranquilo, "un final feliz" dirá. En la página 63 está reproducida la fotografía de una carta de Dorothy Garber, la mamá, dirigida a Richard Avedon, y fechada en 1985. En letra manuscrita apenas legible le explica que "Richard murió hace cinco años". Unos días después de la sesión de fotos.
"He tratado toda mi vida con las superficies" explica Avedon. "En el retrato fotográfico no puedes quitar la superficie para ver la naturaleza real de una persona. La superficie es todo lo que tienes". Esa superficie sabe hablar, y hay que saber mirarla. Y hablará sólo en un momento justo, el famoso "momento decisivo" de Henri Cartier-Bresson. l