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Opera prima de David Davidar
La novela de las grandes cosas

Sofi Richero

POCOS PAÍSES parecen tan intraducibles, tan endogámicos, vastos y complejos como la India. En las últimas décadas Anagrama ha intentado contribuir a menguar la negligencia y el desconcierto con que Occidente se relaciona con esa literatura. Fuera de Salman Rushdie y de Arundhati Roy, cuya novela El dios de las pequeñas cosas consiguió una asombrosa aprobación mundial, es poco lo que el lector hispanoamericano sabe de Vikram Seth, Shashi Tharoor, o Rohinton Mistry, autores todos ellos hace tiempo ingresados en el canon occidental, fundamentalmente a través de Penguin Books India. Su director, David Davidar, es el autor de esta novela, su primera novela, y según se consigna en la solapa, traducida ya a varias lenguas.

La casa de los mangos azules es a un tiempo novela histórica y saga familiar, una morosa narración de espíritu decimonónico, cuyos atributos mas evidentes responden a ciertos rigores clásicos: apacibilidad, prudencia, cristalinidad.

La historia es emplazada en el sur de la India y más exactamente en la aldea ficticia de Chevathar. La novela persigue a tres generaciones del Clan Dorai —familia responsable de la jefatura de la aldea— desde los años finales del siglo XIX hasta la mitad del XX (y más precisamente el año 1947), en que es proclamada la Independencia.

Apenas abierto, el libro concede un mapa y un árbol genealógico. En letra chica, el cartógrafo ha tenido la buena costumbre de consignar que esa geografía (sur de la India, fines del siglo XIX) ha sido adulterada. En cuanto al árbol genealógico, una vez comprobadas las cruzas de nombres, el lector augura conflictos de sangre y casta.

Y augura bien, porque esta novela es, en gran medida, un profundo recordatorio sobre la vigencia del sistema de castas (cientos, entre castas y sub-castas) promulgado por la teología hindú hace mas de dos mil años, y que hasta el día de hoy hace que un 30 % de la población india sea considerada paria o "intocable" (dalit: oprimido en hindi).

Tres grandes capítulos se reparten la historia del linaje Dorai en relación a Chevathar, aldea de origen. Cada uno tiene un patriarca como epicentro: Salomon Dorai protagoniza el primero; su primogénito, el Dr. Daniel Dorai, es héroe del segundo, el tercero corresponde a Kannan Dorai, a su vez primogénito de Daniel. Familia de andavares cristianos, los Dorai fueron ancestralmente encargados de liderar (en tamil, thalaivar) a esa aldea pobre y áun así generosa en árboles de la lluvia, flores de laburnum, jacas, tamarindos, y el reluciente lapislázuli del neelam, híbrido de mango propio del lugar.

El libro persigue las peripecias de sus tres héroes —habría que consignar a un cuarto, Aaron, hermano de Daniel, y el único nacionalista revolucionario— en relación a su sentido de pertenencia al lugar de origen y la sumisión o el desapego con que se relacionan con las tradiciones culturales heredadas, y con la aldea, a la que escapan sólo para luego regresar. Tres generaciones bajo el influjo de tres circunstancias históricas exclusivas, que excusan la posiblidad de guionar, en un degradé perfectamente naturalista, una progresiva transculturación. Salomon representa a un articulado, pero aún así ortodoxo refrendador de la discriminación sancionada por el sistema de castas; Daniel se aparta —aunque todavía muy tímidamente— de los preceptos prescriptos por la tradición patriarcal de oficios valerosos, honorables y guerreros, para incursionar en la medicina occidental; finalmente Kannan manda su ancestralidad al diablo para estudiar botánica en el sector europeo de la Universidad Cristiana de Madrás, casarse con una angloindia, y terminar siendo el aculturado y servil primer funcionario indio de la compañía de Té de Pulimed.

Los tres, sin embargo, terminarían sus días organizando la vida de la comunidad de Chevathar. La novela no disimula esta apología: sólo cuando regresan a su tierra de origen los personajes son celebrados y redimidos; y si no fuera porque el lector sospecha en ello una compleja mística que ignora, el libro terminaría por sugerir una brutal sanción al trashumante o al apátrida.

Es Aaron, hermano de Daniel, el único que intentará "devolver al hombre blanco al mar", pero en la novela encarna al revolucionario irresponsable, al violento arbitrario que posibilita la distinción entre una aparentemente temprana, violenta y negligente conciencia nacionalista, y la cruzada independentista de Gandhi y el Partido del Congreso (la "resistencia pasiva", la "desobediencia civil", y en general las campañas organizadas de "no cooperación").

Aún cuando le toca teñirse de sangre, la prosa contiene la respiración y discurre calma. La opción no parece obedecer tan sólo a preferencias estilísticas: el narrador entrega una glosa entre tímida y desaprensiva de los complejos procesos políticos que desembocan en la Independencia, porque elige asumir la voz de una ciudadanía cándida y aturdida. El relato histórico que entrega parece nacido desde una intemperie que sólo alcanza a parafrasear los hechos más evidentes de un cierto consenso histórico, sugiriendo una Historia más padecida que protagonizada. El narrador asume la asepsia propia de la reseñas históricas de atlas y manuales, sugiriendo la inercia o la perplejidad con que gran parte del pueblo indio protagonizó su camino a la Independencia.

David Davidar es un narrador diestro, pero es sobre todo un gran naturalista: la posibilidad de visitar de su mano una tierra tan ajena y fabulosa, hace que la lectura de La casa de los mangos azules valga de por sí la pena. No sucede esa conmoción literaria que acredita a una novela como un libro único, inevitable. Pero es grata.

LA CASA DE LOS MANGOS AZULES, de David Davidar. Anagrama, Barcelona, 2003. Distribuye Gussi. 569 págs.

Cuentos

BUENAS NOCHES, AMÉRICA, de Amir Hamed. H Editores. Montevideo. 2003. 103 págs.

HA LLEGADO la hora de la aldea global y virtual, que quiere sumarse a la narrativa uruguaya. El libro de Hamed apenas recuerda la intrincada parafernalia lúdica de su anterior Troya blanda.

Escrito desde la diáspora académica nacional residente en Estados Unidos, puede interpretar una comunidad de emigrantes, más o menos amplia, en particular una élite intelectual, visitante de la noche al compás del rock y los blues, que quiere sustituir el ambiente tanguero de Onetti. Esta opción vital es experimentada por un puñado de compatriotas que, al escribir y publicar, sienten la necesidad de volver a Uruguay. En este regreso comparten a su modo distintas añoranzas obsesivas, dispersas por otras latitudes.

El primer cuento es estupendo. Maneja de maravilla los toques de spanglish, la nostalgia y el humor para insertar ambientes y personajes montevideanos y norteamericanos en una trama absurda de aventuras de novela negra ironizada, con un ex combatiente de Vietmam que incursiona por el metro y el campus universitario, evocado desde un boliche donde resuenan ecos del carnaval y el fútbol.

El segundo parece disparar una divagación sin sentido. En una segunda lectura, lápiz y lupa en mano, se puede desentrañar la cuidada estructura de un cuento clásico.

El tercero es una historia de chantas y curreros, avivados bromistas del exilio que sorprenden en su buena fe y en sus dineros a gente seria y laburante, cuya venganza satisface el deseo del lector de darle a los primeros una buena pateadura.

En el cuarto la cosa se complica con el retorcijón en las tripas sadomasoquistas que debe sentir el músico protagonista, respetable profesor treintaitresino, cuando, de visita en la metrópoli, pasa a tocar con un conjunto de peruanos en un sórdido antro entre cueros, látigos y polvos varios, que le hacen perder el pasaporte y el límpido corazón olimareño.

El último relato es del todo incomprensible, verdadero ejemplo de ausencia de coherencia y cohesión textual en abundante spanglish. Con perdón de los implicados, sería necesaria una reescritura como la que Dámaso Alonso dedicó a las Soledades de Góngora. Y, dado el tenor de algunas frases, puede que la merezca. El protagonista parece andar muerto por la red virtual, consumiendo margaritas en el café Bacacay, bebiendo tequila en el restorán Acapulco de Connecticut Avenue, y despotricando contra la "mala conciencia intelectual dolarizada" de los "que trabajan diáspora, masajean Modernismo, chulean indigenismo, esquina mundonovismo" en congresos que discuten la obra de Amir Hamed.

Se recomienda comenzar por la Declaración de parte final, donde Amir Alejandro Hamed Ramela, nacido en Treinta y Tres e integrante de la banda El Macaco, devela algunos códigos secretos, la identidad y los alias de sus entrañables compinches, Gustavo Verdesio, Enrique Espinosa y Roberto Echavarren entre otros, protagonistas todos, incluido el autor, A.H. o Alejandro Ramela, de estas historias cómicas, fantásticas, raras y malditas.

A un libro irreverente, que hay que leer tres o cuatro veces por entreverado y oscuro, que recibe sesudos estudios extranjeros, también le corresponde una lectura y una valoración irreverente destinada a acompasar el ritmo cardíaco del ciudadano medio.

G. S.

Novela

EL AFINADOR DE PIANOS, de Daniel Mason. Salamandra, Barcelona, 2003. Distribuye Océano. 380 págs.

AMBIENTADA en 1886, El afinador de pianos relata el viaje de Edgar Drake a una región remota de Birmania con el fin de afinar un costoso piano que un enigmático comandante y médico británico emplea, en lugar de las armas, como instrumento de política colonial en ese país. Drake, un cuarentón estable, satisfecho con su trabajo y muy enamorado de su esposa, parte de Londres con la sensación de compartir una misión con el comandante "y con un deseo de llevar la música que yo considero hermosa hasta lugares donde a otros sólo se les ha ocurrido enviar armas".

El contacto con la cultura y la geografía birmanas, con la dominante personalidad del comandante y, naturalmente, con una hermosa nativa, lo harán tomar conciencia de que su vida no es todo lo satisfactoria que ha creído y demorarán, quizá indefinidamente, su regreso.

El viaje como descubrimiento de uno mismo y ruptura existencial es una experiencia humana común y uno de los temas más antiguos de la literatura. Daniel Mason (EEUU, 1976) es perfectamente consciente de ello y siembra la novela de referencias y alusiones literarias apropiadas. De hecho, el comandante está traduciendo La odisea a un dialecto birmano ("yo siempre la interpreto como un relato trágico sobre la lucha de su protagonista para buscar el camino de regreso a su casa (...) Odiseo no estaba perdido, sino que después de ver tantas maravillas no podía, o no quería, volver a su hogar"). Pero hay un antecedente literario, no mencionado, que de inmediato surge en la mente del lector: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Durante la primera parte de la novela (202 páginas), Mason se esfuerza por volver misterioso, e incluso mítico, al comandante, un europeo que, como Kurtz en la novela de Conrad, ha construido un pequeño reino en el oscuro e indescifrable interior de un país colonizado. Pero Mason, a diferencia de Conrad (que en 1890 y 1891 trabajó en Africa para la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo y volvió a Europa asqueado de los horrores del colonialismo), escribe sobre éste desde el siglo XXI y es un joven licenciado en biología de la Universidad de Harvard que realizó investigaciones sobre la malaria en Tailandia y Myanmar. La diferencia entre El corazón de las tinieblas y El afinador de pianos es la que existe entre un libro estremecedor escrito por un hombre que se basa en su experiencia personal y una buena novela histórica basada en la simpatía por un país remoto, documentos y mucha literatura regurgitada. Más que un conjunto de vivencias profundamente sentidas y expresadas por medios literarios, El afinador de pianos es una "construcción" entretenida y bien escrita que, a pesar de los esfuerzos de Mason, nunca logra convencer al lector de que su estable protagonista ha experimentado una ruptura existencial y "no podía, o no quería, volver a su hogar". Quizá Mason no vio maravillas suficientes como para pensar seriamente en cambiar Estados Unidos por Tailandia o Myanmar.

J. G.



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