Andrea Blanqué
EL ÚLTIMO libro de Rosa Montero, La loca de la casa, no es una novela, a pesar de que la "marketinera" contratapa lo rotule así. Sí puede ser considerado como la historia de una escritora cuando escribe.
Un tradicional profesor de Literatura lo rotularía como "ensayo", aunque esta palabra está cargada de sesudas connotaciones, y nada más lejos del aburrimiento que La loca de la casa. Como todo lo que ha producido la madrileña Rosa Montero, es entretenido y hasta divertido. Aun sus libros con historias siniestras y truculentas, como Temblor (una novela de ciencia ficción editada en 1990 que no circuló en Uruguay), o aquellos que abordan temas escabrosos, como El corazón del tártaro (que cuenta la historia de una incestuosa drogadicta), tienen esa mezcla de humor y horror, esa dosis de simpatía ante el espantapájaros humano que caracteriza toda la literatura de Montero. Ella es heredera de una tradición de humor negro abundante en España: Lazarillo de Tormes, Quevedo, Goya, Valle Inclán, Buñuel.
HUMOR Y HORROR. Montero, para titular su nuevo libro, pide prestada una metáfora a la entrañable escritora Santa Teresa de Jesús, quien con la famosa frase "la loca de la casa" rotula a ese extraño don humano: la imaginación. Pero en realidad, este libro habla sobre todo de la escritura. En lugar de inventar heroínas luchadoras y despistadas, Rosa Montero habla aquí de la acción de la escritora, pero no pierde ni por un momento los goyescos atributos de su narrativa. El humor se desparrama por todas las líneas: aquí también es "bello y oscuro", como aquella niña protagonista de la novela que se titula así.
La heroína de este libro es la propia Literatura. La Literatura con todos sus músculos, órganos y huesos: la imaginación, la fascinación por las lecturas, el resbaloso componente autobiográfico, las entrevistas al escritor exitoso, el narcisismo, la locura, el lobby. Un punto particularmente divertido de este libro es la descripción de los propios escritores como seres pedantescos y vulnerables. Los retrata recorriendo las librerías para ver si están expuestos sus libros, los describe desconformes con el éxito de público cuando lo que en verdad quieren son los premios y el amor de la crítica, y desconformes con los premios y la crítica cuando lo que anhelan es el éxito de público.
Pero con el humor se mezcla el horror: así, la minuciosa lectora Rosa Montero, que parece haber devorado decenas de biografías y memorias de intelectuales célebres, descubre con espanto cómo la mediocridad de muchos críticos ha torturado literalmente a los escritores. Cuenta por ejemplo el proverbial caso de Stendhal y el envidioso crítico Sainte-Beuve, y muchas más situaciones en donde los talentosos son víctimas del desprecio y ninguneo de los mediocres.
La autora ha leído con detenimiento diarios y autobiografías y se asombra con particular estupor en el caso de los escritores víctimas del síndrome de Van Gogh, aquellos que murieron después de haber sido rechazados por editores y por el público, y que ahora se leen con fruición —como Melville—, o que han marcado a fuego la infancia de gran parte de los intelectuales del mundo, como Emilio Salgari.
Montero, sin embargo, no cae en el estereotipo de considerar al escritor como el mártir de desnuda espalda lacerada por latigazos y maltratado por lenguas de víbora. La escritora madrileña tiene también muy presentes las almibaradas relaciones con el poder que muchos escritores establecen, y que ejemplifica con creces el gran Goethe.
Algunas de estas historias son bastante conocidas, pero lo nuevo de La loca de la casa es el estilo, que mezcla agudeza extrema y el sentido común más casero. Así, es regocijante volver a leer una vez más las anécdotas del tórrido romance entre el joven Rimbaud y el maduro Verlaine, filtradas por la prosa tremebunda de Rosa Montero, con su especial ojo perspicaz que va contabilizando episodios y mostrándolos en su cotidianeidad y absurdo.
Cada capítulo de La loca de la casa es una incursión en temas debatidos, temas que seguramente han asediado a la escritora en los últimos veinticinco años de vida exitosa. (Téngase en cuenta que su primera novela y best-seller, Crónica del desamor, está a punto de cumplir un cuarto de siglo).
Es así como el lector de este libro presiente a esta mujer tan locuaz enfrentada a multitud de micrófonos, de grabadoras, de cámaras, de líneas de sillas repletas de gente en auditorios, en conferencias de prensa, en presentaciones, en Ferias del Libro. La gran entrevistadora que también es la periodista Rosa Montero parece escribir este libro como respuesta a la gran entrevista permanente que es su vida de autora que encabeza las listas de "los más vendidos".
MUJER Y ESCRITURA. Y entonces, se dedica a contestar, con el aplomo de una vez y para siempre, las insoportables preguntas de rigor, tales como "¿cuánto hay de ti en tal personaje?", "¿te sientes más periodista o novelista?", o "¿existe una literatura femenina?". Rosa Montero es feminista y lo declara sin ningún complejo, aunque reconoce que tal adjetivo ha sido desgastado por el uso y abuso y su identificación con la militancia. Pero está saturada de que la consideren mujer en lugar de ser humano. Espera de su literatura que pueda ser consumida por todos, hombres y mujeres, y que los hombres se identifiquen con sus heroínas de la misma manera que durante siglos las lectoras se identificaron con los grandes héroes de la literatura universal. Pero aunque reniega de la marca específica que tantas veces se ha buscado en la llamada literatura "femenina", es consciente del difícil lugar social de las escritoras, de la incomodidad que entraña para una mujer la coexistencia del vivir y el escribir.
El fragmento más brillante al respecto es la mención a ese personaje curiosísimo, la "mujer de escritor", unos seres que han abundado compartiendo el lecho de las grandes luminarias de la Literatura Occidental, que hacen las veces de secretarias, esposas, enfermeras, cocineras, correctoras, telefonistas, consejeras, lavanderas, managers, y, por supuesto, amantes y madres de sus hijos. Es imposible, dice Rosa Montero, concebir un personaje a la inversa, un hombre que haga las veces —en la existencia de una escritora— de mayordomo y de hombre de su vida.
Y no pierde tampoco oportunidad la novelista española de señalar el anonimato al que el estudio de la literatura catapulta a muchas escritoras, en un raro e inconsciente vicio: recuerda como ejemplo asombroso el libro de un erudito sobre parejas de hermanos escritores, en donde ni siquiera son citadas las Brontë (que eran hermanas, escritoras, y por partida triple).
REALIDAD Y FANTASÍA. Pero esta obra no pretende ser sólo una razonable reflexión sobre el hecho de escribir y sobre la propia trayectoria de una escritora que parece haberlo conseguido todo: prestigio, elogios, ventas y adoración del público. Es un libro muy didáctico. Tal vez sea el entrenamiento periodístico, pero Montero quiere dejar muy clara su tesis de lo insospechado que es escribir, de lo misterioso y arbitrario y tan lejano de las clasificaciones académicas. Uno de los hallazgos de La loca de la casa es una historia que se cuenta tres veces, una anécdota personal de la vida amorosa de Rosa Montero, relatada con lujo de detalles y que, dada su verosimilitud, es imposible al comienzo poner en duda. Pero la misma historia es relatada por segunda y por tercera vez, modificada, lo cual produce un efecto de extrañamiento en el lector, como una pesadilla a la que se vuelve una y otra vez, pero que siempre tiene diferente final. Lo didáctico de esta historia, además de su humor desconcertante, ilumina un libro que, siendo un conglomerado de reflexiones e hipótesis de una escritora famosa, termina por ser también una retahíla de anécdotas y fantasías de una mujer.
LA LOCA DE LA CASA, de Rosa Montero, Alfaguara, Montevideo, 2003. Distribuye Santillana. 271 páginas.