Conrado Nalé Roxlo
YO NO SOY PERSONA fácil de encandilar. ¡Los candiles que me habrán puesto delante en esta vida! Pero, vamos, que uno sopla sin pestañear, y adiós candil. Tampoco soy candil de casa ajena, ya que de candiles hablamos y eso es porque soy vasco. El vasco, ya se sabe, cuando nace tal, lo es para toda la vida. ¿Que lo mismo le pasa al inglés y al francés y al turco? Allá ellos. Yo lo que sé de mí, que es lo que importa, es que soy vasco y ser vasco no es cosa fácil. Y si no, vean ustedes el caso de Kant. Kant era un filósofo, un filósofo de verdad y no uno de estos que salen ahora de tres al cuarto, y bueno, ¿con toda su inteligencia y su filosofía, llegó a ser vasco? No, se quedó en simple alemán. Y esto no va contra los alemanes, que también los hay buenos, como Keyserling, que según me dijeron decía que yo tenía mucho talento.
Un tabernero de Bilbao me decía:
—¿Sabe usted, don Pío, lo que hace falta para ser vasco?
—¿Echarle agua al vino, Echichurri? —le preguntaba yo por chanza.
—Ante todo yo no le echo agua al vino, sino vino al agua, que es muy otra cosa. Lo que hace falta para ser vasco es ser muy bruto.
—Si lo dices por Unamuno, Echichurri, estás muy descaminado, porque ése no es vasco sino rector de la Universidad de Salamanca y ya sabrás que el vasco nace, como el poeta, y los rectores se hacen —le respondía yo.
Y no cuento esta anécdota en desmedro de Unamuno, que el hombre valía lo suyo, aunque ni con mucho lo que se ha dado en decir después de su muerte, que antes no hacía falta que nadie lo dijera porque ya lo decía él, sino por que se vea la opinión de que gozan los vascos, aun entre ellos mismos, opinión errónea si las hay, pues para demostrar que los vascos no son brutos, ni pagados de sí mismos, ni pretenciosos ni ególatras, basta con mirarme a mí o leerme. Claro que el que haya leído a Maeztu o al pobre Salaverría, tiene derecho a pensar lo contrario, pero digo yo con razón, ¿quién les manda leerlos? Pero dejando de lado este tema de los vascos que ya hizo decir a Grandmontaigne tantas pamplinas, vamos a donde quería ir: París. París, donde resido desde hace algún tiempo, está intransitable. Y no lo digo por los ómnibus, que en todas partes se cuecen ómnibus, sino por la gente que lo toma a uno por guía atrasada de España.
Entra usted a un café, la Rotonda, digamos, y le presentan un mozalbete que se dice escritor.
—¡Don Pío Baroja! —suelta el quídam—. ¡Las ganas que tenía yo de conocerle!
—Pues ya se ha hecho usted el gusto, joven.
—Y dígame usted, señor Baroja, ¿conoció usted a Valle Inclán?
—Cómo no iba a conocerle, si era su propio anuncio, con aquellas barbas y aquel brazo que se había hecho amputar para llamar la atención...
—Y a Pérez de Ayala, ¿lo habrá tratado usted?
—Mal, joven, lo he tratado siempre muy mal.
El jovenzuelo da un respingo y uno tiene que aclarar:
—Quiero decirle a usted que lo he tratado muy poco. Sé que hacía novelas o cosa así y que le daba por la cultura... Vamos, eso que llaman la cultura.
—¡Ah!, y a Unamuno, ¿lo debe de haber escuchado alguna vez?
Esto colma el vaso y uno da un puñetazo en la mesa y hace saltar las tazas y le grita al mentecato:
—¿En qué quedamos? ¿Quería usted conocerme a mí o tomar referencias sobre la población de España? ¿No quiere usted noticias de la portera de Maura?
Y se va uno a pasear por la orilla izquierda del Sena, lamentando que haya muerto Anatolio France y no poderlo encontrar por allí, pues con él se habría podido echar un párrafo, aunque, dicho sea de paso, nunca fue novelista. Porque novelistas, y lo digo sin jactancia, somos muy pocos, pues si quitan ustedes a Dickens, a Balzac, y a algún otro, ¿quiénes quedamos? Pero no teman ustedes, que no voy a hablar de mí; felizmente, no soy Unamuno.
Y lo mismo que pasa con las personas sueltas, pasa con los periódicos. De México me escriben pidiéndome una serie de artículos sobre los escritores de la generación del 98. ¡Atiza! Y lo grave es que si uno les dice que nunca hubo tales escritores, ni tal generación, ni tal 98, dicen que uno es un derrotista y un don yo de Córdoba y qué sé yo cuántas inepcias más. Y así le han hecho a uno fama de gruñón y de comehígados, al extremo de sucederle a uno lo siguiente:
La otra noche me voy a una representación de la Comedia Francesa, aunque, como ya he dicho alguna vez, a mí el teatro no me la pega, pero algo hay que hacer, y noto que las actrices y los actores trabajaban muy mal, el apuntador se atragantaba y hasta el telón lo bajaron a contratiempo.
—¿Qué le pasa a esta gente? —le pregunto a la salida al amigo francés que me acompañaba.
—Es que se han enterado de que usted estaba en el teatro.
—¿Y qué hay con eso?
—Pues, que han tenido miedo de que usted se disgustara por algo e interrumpiera la representación.
Y ésta es la fama que me han hecho porque alguna vez he dicho que Fulano o Mengano era un mentecato y lo era. ¿Qué querían, que por darles gusto me encandilase con Homero, que era un anónimo, o con Villaspesa, que hacía versos a las sidras de mala marca? ¡Vamos, hombre!
Pero lo peor fue lo que me ocurrió con el viaje a Buenos Aires. Cierta vez estuve por ir, y ya tenía la maleta hecha y hasta preguntado el precio del pasaje, aunque siempre decía que nunca pensaba ir, porque, ¡vamos, uno es vasco! Estaba, como digo, en los preliminares del viaje, cuando recibo una carta firmada por un club de madres en la que me rogaban que no fuera, porque sólo al anuncio sus críos no dormían de miedo. ¡Miren ustedes que hacerme esa fama a mí, a mí, que soy incapaz de matar, no ya una mosca, sino ni siquiera a un crítico!
Y no continúo porque tendría que empezar a hablar de personas, y he resuelto no decir nunca una palabra que pueda molestar a nadie, que es lo que he hecho toda mi vida por no parecerme a Benavente, que tiene una lengua que Dios nos guarde...
El autor
CONRADO NALROXLO (1888-1971) fue un destacado poeta, periodista y humorista argentino. En su Antología apócrifa (Emecé, 1952) le tomó el pelo a buena parte de los nombres de la literatura universal, de Julio Verne a Roberto Arlt, de Bernard Shaw a Pablo Neruda, o Alejandro Dumas (parodia publicada en El País Cultural N‚ 663). La sección se publicaba en la revista Leoplán, de cuyo número 385 (3 de julio de 1950) se tomó este texto.
PIO BAROJA (1872-1956) fue un destacado escritor español, integrante de la llamada Generación del 98 y autor de novelas y ensayos hasta una cantidad estimada en cien volúmenes.