Elvio E. Gandolfo
ENTRE LA GENTE que narra hay quienes se inclinan por un "modo de decir" que en su peso expresivo, en su manera de sonar o de envolver lo experimentado o percibido termina por imponer o producir un "modo de mirar". Es lo que pasa con William Faulkner, con Thomas Bernhard, con Juan José Saer. En cambio la narradora argentina Hebe Uhart se ubica entre aquellos donde un "modo de mirar" segrega un "modo de decir", un estilo. Lo mismo pasa primero en Kafka, después en nombres tan dispares como Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás o Clarice Lispector. La mirada de la autora ve algo, y en la búsqueda del mejor modo de ponerlo en palabras, va construyendo un articulado, discreto lenguaje propio, que no se impone a lo percibido, sino que se origina en ese mundo.
YUYO Y FILOSOFÍA. Hebe Uhart nació en Moreno (provincia de Buenos Aires) y estudió Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Después fue maestra, profesora, bibliotecaria, coordinadora de grupos de estudios, o dio talleres de literatura y, más recientemente, formó parte del "Grupo de los jueves" filosófico dirigido por Tomás Abraham. Uno de sus primeros libros, Gente de la casa rosa (1970) tuvo la suerte de ser publicado por Fabril con prólogo de Haroldo Conti. En una nota introductoria, Uhart ya dejaba en claro sus prioridades en los orígenes: "cuando era chica sólo escribía cuando estaba absolutamente aburrida, nunca si había algo para mirar, comer, leer y fundamentalmente alguien con quien jugar." Después siguieron los casi inconseguibles La elevación de Maruja (1973) y El budín esponjoso (1977).
Ya en esos libros estaba presente el modo de mirar de Hebe Uhart. También su peculiar uso del cruce entre relato y filosofía, que en su caso es una actividad de búsqueda, y no exactamente de la felicidad, como suele afirmarse hoy día. En ese cruce, muchas veces aprovecha para disolver los lenguajes demasiado especializados o solemnes. Hay un cuento de esa época que lo ejemplifica bien, tan corto que puede ser citado entero en esta nota:
"El predicador y la isoca
Las circunstancias de la vida, puestas esta vez de manifiesto en la forma de un interminable aguacero, habían reunido en una oscura caverna a un predicador y a una isoca. El predicador decía así:
—Amados hermanos, debemos distinguir, según lo hiciera el sabio filósofo Spinoza, entre la natura naturans y la natura naturata. La segunda es engendrada pero no infundida por la primera. La primera es viceversa de la 2da.
La isoca decía que sí, y mientras tanto comía el poco yuyo que crecía en la caverna.
El predicador continuó:
—El ser primero contiene, sostiene, sobretiene y mantiene a todos los demás seres y es razón y causa non causata.
La isoca dijo que sí y que iba a ver si llovía.
—Voy a ver si todavía llueve.
Salió afuera y dijo:
—No llueve más, pero me gustaría escuchar la crítica al voluntarismo leibniziano.
El predicador siguió:
—El voluntarismo leibniziano ha engendrado toda una serie de disparates coherentes con la moderna teología, que difiere de la prístina en que...
El predicador miró afuera y no llovía. Se sentía tremendamente inquieto, como si le faltara algo. De pronto, preguntó bruscamente:
—¿Dónde estás, regina isocarum?
Pero la isoca se había ido."
SUBAS Y BAJAS. En 1983 la recordada colección Capítulo Argentino del CEAL incluyó una selección de sus cuentos, La luz de un nuevo día, que amplió la cantidad de sus lectores. Pero los títulos siguientes volvieron a los tirajes pequeños, casi a la invisibilidad: Leonor (1986), Camilo asciende (1987) y Memorias de un pigmeo (1992). Por fin su primera novela de cierta extensión, Mudanzas (1995) fue editada por Mondadori en Argentina y por Lectores de Banda Oriental en Uruguay, un año después. Siguieron dos de sus mejores libros de cuentos: Guiando la hiedra (Simurg, 1997) y Del cielo a casa, que acaba de editar Adriana Hidalgo. Después de años de subidas y bajadas, entre libros secretos y títulos un poco más difundidos, la calidad de los tres últimos la ubican como una de las voces más personales de la narrativa argentina.
Como en otros de sus relatos, los que integran Del cielo a casa registran momentos y sensaciones extrañas que, en el momento mismo de ser leídas, encuentran un eco secreto en el lector. El cuento que bautiza el volumen comienza con una obviedad al estilo de César Bruto: "En realidad, uno viaja para ver si son verdaderos el Coliseo, el Vesubio y el Papa en su balcón." La viajera registra sin embargo experiencias más íntimas y curiosas: "el avión empezó a subir y yo lo apisono siempre con mis pies para que sortee ese momento crucial, donde ya sube sin retorno, para que suba como debe ser. (...) Cuando el avión ya hizo piso en el cielo, nos quedamos tranquilas".
En la primera mitad del libro predominan los relatos relacionados con ambientes culturales pequeños, o laterales, poco recorridos por la literatura argentina. Uno de los mejores, y el más extenso, "Congreso", tiene que ver con una reunión de escritores en Alemania. No hay nada que uno no sepa o imagine sobre ese tipo de eventos, pero la mirada de Uhart descubre el sesgo, el toque de extrañeza, por ejemplo cuando un profesor alemán trajeado, correctísimo, lee un cuento argentino lleno "de modismos y lunfardo": "Aquí estoy, escuchando decir ‘a la pelotita’ con voz átona y en tono correcto." En el aparente registro "objetivo" con toques de humor, logra filtrar además numerosas precisiones sobre el modo en que sospecha que la ven los otros: "Me miró como si fuera capaz de hacer o decir algo espantoso o imprevisible. Muchas veces me había pasado que alguna gente pensara en la posibilidad de cosas insólitas que partieran de mí, y ante esa mirada yo no decía ni hacía nada: quizás tuvieran razón".
En "La colecta" reconstruye con precisión entomológica, enternecida por lo humano, la figura de un típico poeta viejo de provincia, acompañado por su esposa. Las miserias y carambolas de la "organización de eventos" en esos parajes incluyen camafeos donde se sintetizan en dos o tres líneas vidas completas: "Ella se enamoró de él por su noble presencia caballuna y por la sonoridad de su voz; se enamoraron tomando vino, y para seguir enamorados para siempre, siguieron tomando vino toda la vida".
Si "Una escritora de la capital" hace prever minucias sobre la vida cultural porteña, pronto Uhart la traslada a un pueblito, como si en esos entornos los seres humanos dejaran de lado la vigilancia de sus gestos para mostrarse menos rígidos, para ser sorprendidos en sus prejuicios o verdaderos sentimientos, desprovistos de máscara. O experimentar el suave choque de los códigos: cuando en la típica cena posterior al acto cultural Eva rompe a cantar "Y la pampa es un verde pañuelo/colgado hacia el cielo/y tendido hacia el sol", para aflojar a quienes la rodean, el típico doctor (aquí llamado Vaccarini) la interrumpe para hacer una típica observación: "—Ésa es la pampa húmeda, ésta es la pampa seca".
En la segunda mitad del libro regresan los textos de viaje. Hay un par de "diarios", que revelan la trastienda de una serie de crónicas que Hebe Uhart publicó en El País Cultural. En el más extenso de esos diarios (que en el índice se llama "Conversación en la terminal") descubre por ejemplo que se le ha gastado su "vieja fascinación por el Brasil": "Ya no soy joven, no me parecen fascinantes las pequeñas tienduchas, ni pintorescas; son miserables." Siente además que, con tanto viaje, el hotel y "La pasiva" de Montevideo terminan por ser parte de su casa.
El estupendo texto final, "El holandés errante", sigue las idas y venidas de un extranjero itinerante. Sin mayor motivo el holandés viene a Argentina y se desorienta en la calle Florida, es perturbado por sus intentos de entender el lenguaje hablado de la calle, plagado de nombres de animales, y encuentra no sólo algunas claves y personajes inolvidables en un pequeño pueblito. Allí se le revela además, en el momento mismo de abandonarlo, ese "lugar en el mundo" que parece esperarnos desde siempre. En las últimas líneas se está yendo y piensa volver, pero se sorprende pensando: "Cómo voy a volver de donde nunca me he ido".
DEL CIELO A CASA de Hebe Uhart. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2003. Distribuye Gussi. 184 págs.