O.B.
LA PRIMERA edición de Estravagario se acabó de imprimir en Buenos Aires el 18 de agosto de 1958. La editorial Losada festejaba con ella sus 20 años. Tuvo una tirada de circulación común y un número limitado de ejemplares firmados por el autor. Pero lo que hizo peculiar esta primera edición fue la parte gráfica y las ilustraciones. La mayoría había sido tomada del Libro de objetos ilustrados, una publicación hecha en San Luis de Potosí, México, en el año 1883; un poema había merecido un dibujo de Guadalupe Posadas y el primero y el último tenían ilustraciones sacadas de las obras completas de Julio Verne, realizadas por P. Ferat. El poema "Furiosa lucha de marinos con pulpo de colosales dimensiones" se inspiró en estas imágenes.
Hojear un ejemplar de la primera edición permite entender algunas valoraciones que se han hecho de este poemario. La sencillez y la ingenuidad de los dibujos coincidiría con el juicio de que este nuevo momento de la poesía de Neruda sería una respuesta a la antipoesía de Nicanor Parra. Como se sabe, Parra había levantado su voz antipoética contra el discurso nerudiano, tanto el de las Residencias como el de la poesía social. Neruda le habría contestado con la poética de Estravagario, tratando de acercar su poesía a ese espacio desacralizador. Para ello se habría ayudado con una selección de estampitas del libro mexicano que ilustraran, de manera inocente y redundante, el sentido del poema. El poema "Punto", por ejemplo, está acompañado por un punto solitario en una página en blanco. El texto, por cierto, se aleja de ese simplismo: "No hay espacio más ancho que el dolor/ no hay universo como aquel que sangra". Neruda intenta componer en la lengua del coloquialismo pero generalmente se "equivoca". Un poema como "Cuanto pasa en un día" no puede evitar reflexionar sobre las muchas vidas que hay en cada uno. Ese tema, central en Estravagario, regresa, sin simplificaciones, en "Partenogénesis", "Muchos somos" e "Itinerarios". Cuando sus amigos lo abandonan, "Por fin se fueron", —porque se une a Matilde Urrutia— no logra disimular un lenguaje furioso y soberbio.
Un poema magnífico y complejo como "Sueño de trenes" se recuesta en un dibujo de iluminada sencillez. Esa literalidad de las ilustraciones va marcando un ritmo en el libro, cadencioso, aparentemente menor, como el verso de 9 sílabas que domina por momentos el poemario. Pero todo conspira contra lo simple, por ejemplo los homenajes: a Josie Bliss, la amante birmana, en "La desdichada"; a la tristeza acogedora de la ciudad; a la justicia vallejiana del desayuno compartido en "El gran mantel" y, tal vez, al propio Vallejo en el poema "V."
El cierre del poemario es una nueva autobiografía que ahora titula "Testamento de otoño". El silencio que pedía en el primer poema y en "A callarse" permite oír la guitarra y el canto: "Entre morir y no morir/ me decidí por la guitarra". De allí que a Rodríguez Monegal se le antoje que Estravagario está inspirado en Martín Fierro. Y no le erra, si se aprecia que el poeta guarda lugar para unas "recomendaciones finales". El último segmento es un nuevo canto de fe en la poesía. El poeta ha nacido una vez más con una nueva misión.