Julio Cortázar
El diario a diario
UN SEOR TOMA el tranvía después de comprar el
diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde
desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo.
Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de
hojas impresas que el señor abandona en un banco
de plaza.
Apenas queda solo en el banco el montón de hojas
impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que
un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un
montón de hojas impresas.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas
impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que
una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en
un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su
casa y en el camino lo usa para empaquetar medio
kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios
después de estas excitantes metamorfosis.
Las líneas de la mano
DE UNA CARTA tirada sobre la mesa sale una línea
que corre por la plancha de pino y baja por una pata.
Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa
por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una
lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la
espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin
escapa de la habitación por el techo y desciende en la
cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil
seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la
verá subir por la rueda del autobús estacionado en la
esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de
nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el
territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y
zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil
verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo)
sube al barco de turbinas sonoras, corre por las
planchas de la cubierta de primera clase, salva con
dificultad la escotilla mayor y en una cabina donde un
hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de
partida, remonta por la costura del pantalón, por el
chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un
último esfuerzo se guarece en la palma de la mano
derecha, que en ese instante empieza a cerrarse
sobre la culata de una pistola.
Cortísimo metraje
AUTOMOVILISTA EN VACACIONES recorre las
montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la
ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto
usual del auto stop, tímidamente pregunta si dirección
Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras,
hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro,
lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando
los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término
de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en
lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las
manos sobre la minifalda mientras el terror poco a
poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal
donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y
brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira
como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la
soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura
para arrastrarla entre los árboles, pistola al bolso y a la
sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso
roba el auto que abandonará algunos kilómetros más
lejos sin dejar la menor impresión digital porque en
este oficio no hay que descuidarse.
La foto salió movida
UN CRONOPIO VA a abrir la puerta de calle, y al meter
la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca
es una caja de fósforos, entonces este cronopio se
aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la
llave encuentra los fósforos, sería horrible que el
mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si
los fósforos están donde la llave, puede suceder que
encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera
llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía de
teléfono llena de música, y el ropero lleno de
abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros
llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los
campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio
se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo,
pero como el espejo está algo ladeado lo que ve es el
paragüero del zaguán, y sus presunciones se
confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta
sus manecitas no sabe para qué. Los famas vecinos
acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero
pasan horas antes de que el cronopio salga de su
desesperación y acepte una taza de té, que mira y
examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que
en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro
de Samuel Smiles.
El
autor
JULIO CORTÁZAR NACIÓ en Bruselas (Bélgica) en
1914 y murió en París en 1984. En su juventud dio
clases en pueblos de la provincia de Buenos Aires y en
la Universidad de Cuyo, además de ocupar un alto
cargo en la Cámara del Libro de Buenos Aires. Se
mudó a París, donde viviría el resto de su vida,
ganándose la vida como traductor de la Unesco. Se
destacó por la extraordinaria calidad de sus primeros
libros de cuentos: Bestiario, Final del juego, Las armas
secretas. La consagración definitiva llegó con Rayuela,
una enorme novela que unía la experimentación con el
juego y el drama, y que influyó a más de una
generación de escritores y lectores. Historias de
cronopios y de famas fue un libro secreto durante
años, hasta imponer su blanda mitología en
impecables y desopilantes cuentos breves.