Felipe Polleri
DICEN que "la prestigiosa editorial italiana Adelphi"
rescató, luego de varios decenios de olvido, la obra de
Márai. Es imposible saber si con esto se pretende
insultar al resto de las editoriales o elogiar a Adelphi
por cumplir con su deber, cosa que todos debemos
hacer sin merecer por ello el menor elogio. De
cualquier forma, lo indudable es que Márai se alegró
mucho en su tumba, después del consabido suicidio,
al enterarse del olfato literario de Adelphi y del mundo
en general. Al menos, no hay noticia de que
últimamente haya expresado alguna clase de
resentimiento por tantos años de pertinaz e
imperdonable menosprecio.
NACER MAL. Aparentemente nacer húngaro es tan
difícil como nacer uruguayo. Sándor Márai (1900-1989)
nació en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy
pertenece a Eslovaquia; se exilió en Alemania y
Francia durante el régimen de Horthy, volvió a su país
y, en 1948, a la llegada del régimen comunista, lo
abandonó para radicarse en Estados Unidos. Su obra
fue prohibida en Hungría y, aunque no lo fue en el resto
del ancho y ajeno mundo, cayó en el olvido y en el
olvido de San Diego, California, un Márai casi
nonagenario se quitó la vida en medio, debe
suponerse, de la indiferencia general del mundo en
general. Otro húngaro (otro uruguayo) muerto y nada
más. Hasta que Adelphi hizo tardíamente lo que el
resto de las editoriales ya no tendrán oportunidad de
hacer.
OBRA EN PROGRESO. Siempre es recomendable leer
los libros de un autor en el orden en que fueron
escritos; muy posiblemente el orden es este: Divorcio
en Buda, La herencia de Eszter, La amante de Bolzano
y El último encuentro. Como es habitual, la evolución
de Márai fue lenta y difícil y Divorcio en Buda lo
atestigua con mucha claridad. Antes que después se
hace obvio que estamos ante un autor muy dotado
pero todavía sin la experiencia necesaria para conducir
un proyecto tan ambicioso como éste. Nunca termina
de cuajar la tan famosa "suspensión de la
incredulidad" y el lector raramente se abandona a los
personajes o a las volteretas argumentales: un juez,
padre de familia, ya canoso y con tendencia a la
gordura, típico burgués de entreguerras, responsable y
creyente en la validez universal de su mundo, tiene que
divorciar a un conocido de su juventud casado con una
chica a la que también conoció décadas atrás. La
noche antes del proceso, el conocido se presenta en
su casa buscando justicia. El juez, frente a las
sensacionales revelaciones de su conocido (un
médico trepador, un advenedizo) a medida que avanza
esa "noche oscura del alma" se ve obligado a poner en
tela de juicio su propia vida. Hay más de un "golpe de
efecto" y, en fin, no estamos lejos del melodrama. Por
otra parte, se ven las costuras y los retazos: aquí hubo
un trabajo arduo y penoso (y visible) a fin de que las
partes encajaran, y no encajan, en el diseño general.
Puede decirse que la agudeza de Márai, su
conocimiento de la vida, son a esta altura muy
superiores a los medios con que cuenta para
organizar sus materiales en forma convincente; no
obstante, ya es notable la exactitud de una prosa que
obsequia al lector con brillantes hallazgos
psicológicos y con reflexiones de variada índole no
menos notables y sorprendentes. Pero es una obra
frustrada; seguramente el juez, su honesto
protagonista, la condenaría entre dos suspiros, muy
largos suspiros; aún con todas sus fallas es
infinitamente superior a la mayoría de las novelas que
se publican y festejan todos los días en este bajo
mundo.
Ya La herencia de Eszter es prueba, diría el juez, de
una indudable maestría. La protagonista, la Eszter del
título, una solterona que vive con una vivaz y protectora
anciana en una modesta casita con jardín, recibe la
visita de un antiguo amigo de la familia: Lajos. Este
envejecido, pero todavía infalible cuentamusas, que
estafó y traicionó a todo y a todos, tiene la contagiosa
vitalidad de los de su calaña y, naturalmente, es
recibido como un pequeño dios por sus familiares y
amigos, Eszter incluida. Viene, por supuesto, a
consumar el último despojo. Márai logra varios retratos
estupendos (Eszter y Lajos, para empezar) y, además
de hacer una brillante demostración del mecanismo
que permite la existencia de las eternas víctimas y los
eternos verdugos, suma a la precisión estilística de
Divorcio en Buda, precisión que conllevaba cierta
aridez y cierta grisura, unos muy bien puestos toques
de color; especialmente, debe aplaudirse la seguridad
con que esta vez armoniza todas las piezas en juego.
Superadas las indecisiones y torpezas de Divorcio...,
La herencia de Eszter es ya la obra de un autor seguro
de sus medios; no es todavía el gran Márai, el
insuperable Márai; pero ya es un escritor importante e
insoslayable.
Finalmente, La amante de Bolzano, una novela
histórica a lo Dumas o algo así, toma como pretexto a
Casanova, el famoso amante y memorialista, para
reflexionar sobre la felicidad y el amor, pero Márai no
sabe moverse entre la capa y la espada y todo resulta
bastante exterior, por no decir inverosímil; es su novela
más intrascedente y, quizás, solamente por el diálogo
final entre Casanova y Francesca, La amante de
Bolzano, merezca una lectura cuidadosa.
Posiblemente aquí el autor se tomó un respiro
dándose el gusto de escribir un simple
"entretenimiento", antes de lanzarse a la obra maestra.
Porque El último encuentro es un encuentro con la
grandeza.
LA OBRA MAESTRA. Dos viejos ex amigos, luego de 41
años y 43 días, se encuentran por última vez en la
mansión señorial de uno de ellos. Fueron íntimos
desde la infancia y lo compartieron todo (los
descubrimientos de la adolescencia y la juventud, la
carrera militar, etc.) hasta que una traición, cuyos
verdaderos alcances se pretenden esclarecer en el
último encuentro, encerró a uno en su mansión y
empujó al otro a los trópicos. La novela empieza
cuando el que se quedó (viejo general del ya entonces
desaparecido Imperio Austrohúngaro, noble y rico)
recibe una carta del que se fue (de origen humilde,
pero que trabajando en Malasia se forjó una posición
holgada) anunciándole que lo visitará esa misma
noche. A lo largo de una sobremesa, que se extenderá
hasta el amanecer, el general expondrá frente al otro
anciano los motivos de su resentimiento. Hay aquí un
eco de Divorcio en Buda, donde en una sola noche, un
juez y su visitante desnudaron sus almas. Pero ahora
Márai es un estilista consumado, un artista en la cima
de su evolución; basta leer las primeras páginas,
extraordinariamente sensibles a los matices de la luz y
el color que tan esquivos le eran al principio, para
asegurar que se está frente a una novela que justifica
una vida. El general recibe cortésmente a su ex amigo,
cenan en silencio y luego empieza verdaderamente el
encuentro. El general revive, en una especie de
monólogo obsesivo y obsesionante, los pormenores
del pasado: el brillante "gran mundo" de antes de la
Primera Guerra Mundial en el que transcurrió la
primera parte de su vida y la de su amigo, la difícil
relación de sus padres (noble húngaro y noble
francesa), su desesperado amor por su propia esposa
ya muerta, sin olvidar en ningún momento la amistad
que lo unió al anciano que está sentado enfrente...
hasta la ruptura de cuarenta años atrás. El diálogo (o
casi monólogo) crece página a página, y se vuelve
más tenso y apremiante, más hondo y también más
universal; los grandes temas (la amistad, el amor, la
lealtad, el carácter y el destino) son expuestos y
analizados con enorme pasión, pero también con un
rigor inflexible. Aquí ya no se debe hablar solamente
del talento literario de Márai; corresponde resaltar algo
que, por una vez y con buenas razones, puede
llamarse sabiduría; esa sabiduría que nace de la
experiencia y la reflexión, de la observación y la
sensibilidad, de la madurez y el sufrimiento, y que nace
también de la aceptación sin condiciones del propio
"destino". Márai sabe que: "Cuando el destino se dirige
a nosotros, con cualquier forma, y nos llama por
nuestro nombre, en el fondo de nuestra angustia y de
nuestro temor brilla cierta atracción, porque uno no
solamente quiere vivir a cualquier precio, sino que
quiere conocer y aceptar la totalidad de su destino,
también a cualquier precio, incluso a costa del peligro
y de la destrucción". Este posiblemente sea el hilo
invisible que une a todas las novelas de Márai: el juez
escucha al visitante, Eszter a Lajos, Casanova se mide
con Francesca y el general espera y realiza el último
encuentro porque necesitan conocer y aceptar la
verdad liberadora, antes del final. En realidad,
sabiéndolo o no, todos sus protagonistas viven
esperando a un "otro", que no es otra cosa que la
mitad ausente de sí mismos, para que sus vidas y sus
muertes adquieran la totalidad de su sentido y puedan
ser clausuradas. Cada hombre es responsable de lo
que haya hecho con su vida, parece decirnos Márai, y
sólo conociéndola y aceptándola en toda su riqueza y
su miseria es posible morir dignamente o, mejor
todavía, éticamente. "Porque en la vida de un hombre
no solamente ocurren las cosas. Uno también
construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no
deja escapar lo que tiene que ocurrir. Así es el hombre.
Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el
principio, que lo que hace es algo fatal". Quien escribió
esto, esta lúcida aceptación del destino, de la fatalidad,
seguramente ya estaba maduro para abandonar el
mundo cuando decidió hacerlo. Ya había escrito El
último encuentro. Ya todo había sido conocido y
aceptado. Ya era tiempo.
DIVORCIO EN BUDA, Salamandra, Barcelona, 2002.
190 págs.
LA HERENCIA DE ESZTER, Salamandra, Barcleona,
2000. 166 págs.
LA AMANTE DE BOLZANO, Salamandra, Barcelona,
2003. 283 págs.
EL ÚLTIMO ENCUENTRO, Salamandra, Barcelona,
1999. 188 págs. (Todos distribuídos por Océano)