Carlos Ma. Domínguez
HIJA DE Arthur Miller, Rebecca luce en la foto de solapa de este libro como una joven dama yanqui del siglo XIX. Los bucles, los ojos claros y melancólicos, el contraste de su boca sensual con el cerrado vestido que le ajusta el cuello, le dan el viejo aire sajón de los colonos. Pero nada en su moderna prosa acompaña esa imagen, como no sea la saludable vitalidad de la tradición literaria norteamericana.
Debutó en el cine con su película Angela (1996), ganadora del Filmmaker’s Trophy y el Cinematography Award en el Sundance Film Festival, además del IFT Gotham, y éste, su primer libro de cuentos, que también llevó al cine, fue premiado como el mejor libro del año por el Washington Post.
Velocidad personal reúne siete relatos con sucesivas protagonistas de distintas procedencias y edades. Además de envidiablemente expresivo, su libro, femenino por donde se lo mire, no tiene un gramo de gordura feminista, ni de impostura ni de alarde, al punto que dan ganas de juntar a unas cuantas escritoras latinoamericanas y obligarlas a leer cien veces este pequeño volumen que nunca abusa de los prejuicios a la hora de contar las historias de su sexo.
Greta trabaja en una alicaída editorial con el cargo de editora de libros de cocina hasta que un importante escritor de moda ofrece su nuevo best seller, siempre y cuando lo edite Greta. Ha conocido la fama que la precede: sabe quitar las palabras superfluas de cualquier texto. La propuesta la rescata de su opaco lugar en la editorial y en su matrimonio, ambos fruto de una renuncia a colmar las expectativas de éxito que sus glamorosos padres depositaron en ella. Es una mujer escondida dentro de otra y la novedad la ha vuelto a lanzar para sorpresa de todos y de ella misma, con una arbitrariedad que destierra cualquier moraleja.
Delia, en cambio, tiene veintinueve años, "un culo duro y musculoso", y ha sido "la golfa de la escuela", aquella con la que los chicos perdían la virginidad. Se ha enamorado del hombre equivocado, con el que tiene dos hijos pequeños, y demasiadas escenas de violencia. Él ha vuelto a pegarle y a diferencia de otras veces, Delia tomó a sus niños y huyó a un refugio de mujeres golpeadas. Detesta la piedad de la asistente social, su desamparo, estar en la calle, pero se las arreglará para abrirse camino entre sucesivas humillaciones. Es un personaje memorable, no sólo por la complejidad de su angustia sino por delicadezas como esta: "Si (en el restaurante) alguien era grosero con ella, escupía en su comida. Le parecía justo, pero nunca lo hizo estando resfriada".
Son, apenas, las dos primeras protagonistas de estos cuentos que ponen a rodar la vida cotidiana de mujeres en situaciones vulgares y corrientes. Solo que Rebecca Miller tiene el don de contar los hechos y describir personajes con una autenticidad que los aleja de toda convención. Tipologías, ambientes reconocibles y situaciones banales, cobran en su prosa una densidad incisiva, tal si dijera: "esto puede ocurrirle a cualquiera, pero maldita sea, me está pasando a mí".
Acaso cierta secuencia de ambientes sofisticados, con personajes de los entornos del arte y las letras, denuncie el mundo que conoce mejor. En ellos se revela como una aguda observadora e impiadosa retratista.
No todos los relatos tienen la trama contundente que busca el remate de un cuento. Es notorio que prefiere los finales abiertos luego de atrapar un tema y sus agonías en el desarrollo del argumento. Varios de sus textos inician a mitad de crisis personales y en el desarrollo de los hechos el lector comprende la significación de aquellos que los anteceden, de modo que el futuro como el pasado resultan imprevisibles, generan expectativa y enlazan los sentidos de la historia.
Estos primeros relatos anuncian una escritora a la que conviene seguir con atención porque prueban que detrás del prestigio del padre, Rebecca Miller tiene muy interesantes cosas que decir y puede contarlas con encanto, sencillez y muy buena pluma.
VELOCIDAD PERSONAL, de Rebecca Miller, Anagrama, Barcelona, 2003. Distribuye Gussi. 170 páginas.
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Infantil
LAS ORILLAS DEL OCÉANO, de Ignacio Martínez. Editorial Sudamericana. Montevideo. 2003. Distribuye Sudamericana Uruguaya. 277 págs.
MIENTRAS los niños no escriban sus propias novelas ni las reseñen, no está de más hacer una pequeña encuesta, que para ser honestos, ha tenido como escasa población algunos adolescentes lectores y una profesora de Idioma Español de primer año liceal. El resultado parece unánime: el título anterior del mismo autor, Verónica y Nicolás, figura entre los favoritos de las bibliotecas de aula que se devoran en un día hasta los alumnos más haraganes. El mérito es más que suficiente para felicitar a la editorial que comienza con este volumen a publicar autores uruguayos y, en especial, al escritor de prolífica carrera en el género y ganador de lo que parece un merecido premio en la última Feria del Libro.
El relato muerde un tema ineludible. Se trata de la emigración de una familia, que regresa a la Cataluña natal, luego de cuatro generaciones de vida uruguaya. El desafío —reconstruir las señas de identidad, sintetizar una especie de memoria histórica y brindar un sentido positivo a la desgarradora experiencia de hoy—puede dar motivo a las charlas familiares y a debates de educadores y escritores.
Lo primero parece imprescindible pues la historia muestra quiebres e inexactitudes de la memoria, que enriquecen el balance propio. El proceso del último siglo, a partir de los ’30, se hilvana en la novela según los avatares de la vida familiar, tomando como mojones los amores, casamientos y nacimientos. El conocimiento histórico no presenta aquí la misma ponderación que en El país de las cercanías de Berocay, Caetano y Rilla, aunque puede despertar preguntas capaces de estimular las conversaciones familiares.
En los primeros tramos la reconstrucción del ambiente español, de la guerra civil y de la instalación en el país resulta más floja, apoyada en excesos literarios o poéticos; en los hechos más cercanos el autor va ganando terreno y seguridad novelesca, demostrando su destreza para pintar emociones.
La novela está empeñada en dar mensajes reafirmadores y educativos. En sus cuatro generaciones crece una familia ideal, unida, comprensiva, que no conoce más dificultades que los problemas económicos y la dictadura. No hay distancias generacionales, ni broncas ni rezongos. Los mayores son abiertos y los hijos sucesivos, dóciles, solidarios, sensatos en las luchas y compromisos. Quien no tenga una familia así, desearía haberla tenido.
Este aspecto tiene un debe y un haber. Por ejemplo, llama la atención la liberalidad y la felicidad de la iniciación sexual, que se reitera sin traumas y vacilaciones en cada pareja con la bendición paterna. En cambio, el problema de la droga se plantea con mayor dosis de realismo y crudeza. También predomina la visión positiva, pues se plantea un proyecto de salida, en la que los muchachos son protagonistas.
Puede que Ignacio Martínez merezca otros reparos, incluso en el manejo de la lengua. No obstante nadie le puede quitar el público lector que viene conquistando entre las nuevas generaciones, enamoradas de Internet y de la imagen, mientras no reclamen algo más truculento, una pizca de horror, algún vampiro, una nave espacial, o a Harry Potter sobre la escoba.
G. Sal.
Novela
EL JARDÍN DE LAS CENIZAS, de Dennis Bock, Emecé, Buenos Aires, 2003. Distribuye Planeta. 285 págs.
UN FÍSICO alemán refugiado en Estados Unidos, Anton Böll, quien colaboró en la creación de la bomba atómica, es enviado a Japón inmediatamente después de la guerra, para comprobar los efectos de la nueva arma. Böll se cruza en un hospital de Hiroshima con Emiko Amai, una niña que tiene horribles quemaduras por la explosión. Atraído por la culpa, Böll le consigue un lugar en un programa de cirugía estética, y vuelve a su país, junto a su esposa Sophie, judía europea que se escapó de los campos de concentración, a tratar de digerir su remordimiento mezclado con orgullo.
Décadas más tarde Böll y Emiko se cruzan nuevamente, esta última convertida en documentalista. Emiko tiene una idea un tanto morbosa: entrevistar a los sobrevivientes del grupo que construyó la bomba atómica que destruyó Hiroshima y la condenó a años de cirugías correctivas y a la pérdida de toda su familia. Entre Böll y Emiko se establece un diálogo supuestamente revelador y profundo, sobre las consecuencias morales e históricas del bombardeo y sobre los papeles de víctimas y victimarios, basado en la premisa de que más o menos trágicamente, la bomba de Hiroshima modificó la vida de todos.
El principal problema de esta primera novela del canadiense Dennis Bock es su intento de trabajar con personajes arquetípicos (entre Böll, su esposa y Emiko parecen querer resumir todas las tragedias de la Segunda Guerra Mundial en solo tres personas), y al mismo tiempo darle estatuto de seres reales mediante minuciosas y detalladas descripciones de comportamientos. El intento funciona sólo a medias, por ser demasiado vasto el resumen intentado. Así, mientras Böll y su esposa, más occidentales y "americanizados", y por lo tanto más cercanos al autor, están desarrollados creíblemente, la descripción de Emiko, más "exótica", es menos profunda y más unidimensional. Así las cosas, el enfrentamiento y la tensión (y el esperado ajuste moral) no llegan a desencadenarse, y la novela lentamente se va diluyendo en la falta de solidez, a pesar de un arranque prometedor. Lo mejor del libro son las tres primeras páginas, el prólogo en el que Emiko cuenta la mañana en que cayó la bomba, mientras ella jugaba en un arroyo con su hermanito. El resto, mucha retórica y poco peso.
G. S.