Canciones bordadas en el tiempo

Leonardo Scampini

HACE UNA DÉCADA que Fernando Cabrera supo plantar bandera en la cima de su escalada artística. Sin embargo, no ha parado de generar cosas de relieve.

Sus últimos discos no llegan a sorprender como cuando se lo escuchaba construyendo trabajo a trabajo su propia personalidad. Pero la ratifican una zona conquistada, con un conjunto de canciones ubicables entre lo más atendible de la música uruguaya actual.

En Viveza (Ayuí, 2002), se le oye hermético y riguroso como siempre, con algunas composiciones de mayor agitación rítmica, que le otorgan un medido semblante popular.

YO, EL OTRO

—En un balance de tu carrera, ¿dirías que siempre te situaste igual frente al hecho artístico o que has asumido distintas posturas?

—Creo que en cada ocasión he tratado de hacer canciones que parecieran de autores diferentes, que manejaran materiales diferentes. Desde siempre, antes de ser profesional, me daba cuenta que si alguna vez iba a ser músico, me sería imposible estar limitado a un género porque siempre me han interesado muchas cosas, y porque la música popular (que es el territorio en el que yo me muevo) es en sí misma muy amplia. Cuando empecé a componer, traté de que mis canciones tuviesen sesgos diferentes y en todos mis discos creo que hay ofertas diferentes, aún en aquellos de los comienzos, donde era integrante de un grupo. No son discos unitarios.

—Sin embargo, cada registro tiene una marca de género. ¿Vos te proponías ir en determinada dirección?

—En algún disco puede ser, pero la norma general es que el material que se acumula en un registro en mi caso suele haberse compuesto en un lapso largo. No es que compuse quince canciones seis meses antes de grabar sino que de pronto ese conjunto de composiciones abarcó tres, cuatro o cinco años. Entonces, yo también soy distinto. No soy la misma persona ahora que la que hizo una canción cinco años atrás.

—Frente al hecho artístico de una canción, ¿permitís que te guíe la espontaneidad o vas tras una idea?

—El proceso de composición de una canción es tan complejo y tiene tantas aristas... Tu pregunta parecería requerir una respuesta concreta y eso es imposible. Cada canción es distinta, además: ¿cómo se acerca uno a una idea primigenia que luego se va derivando y destilando y se van agregando otras cosas hasta llegar a la canción terminada? Eso lleva mucho tiempo, muchas sesiones en las cuales me dispongo a continuar ese boceto que está inacabado todavía. Muchas veces se da con períodos de tiempo hueco en el medio, que pueden ser largos también, en donde mi acercamiento psicológico puede ser diferente cada vez. En cada ocasión agrego o quito una palabra, o modifico una estrofa o le pongo el cachito de música que me faltaba y ese día se me ocurrió. Hago alguna de estas cosas hasta estar conforme y dar por terminada la canción, para luego de pasado un tiempo abordarla nuevamente con otra mirada, y notar que algunas cosas me disgustan y otras no. Es muy largo el proceso y muy difícil decir "voy a hacer una cosa así".

—Pero tus canciones van más allá de la exhalación inicial...

—Siempre hay una irrupción del inconsciente, un germen del cual surge el posterior desarrollo racional. Primero está la idea que cae, ese proceso mágico, misterioso, que uno nunca termina de comprender tampoco. Ese algo puede ser una letra o una música o un título o un fragmento de melodía que apenas alcanza para un estribillo. Hay un parto original que no alcanza para una obra. Fuera de ese proceso psicológico cercano al trance o a la escritura automática, por medio del oficio, de la búsqueda, de la razón, de la corrección, luego se sigue desarrollando esa protoidea que en sí misma no alcanza, pero que es el disparador del todo.

sin PIEDRAS DEL CAMINO

—Respecto a tu disco anterior, Viveza es más accesible y suena menos frondoso en el plano instrumental.

—Si el material parece más accesible no es por un intento consciente de mi parte. Pero si tu apreciación es correcta, bienvenida sea, porque ¿qué sentido tiene no ser accesible? Es como ponerse piedras en el camino. Yo lo veo como un disco diverso, cuyas canciones experimenté mucho antes de grabarlas: las toqué en vivo, les cambié los arreglos, las ensayé. La simpleza de la instrumentación responde a un proceso que se está dando en mí desde hace muchos años, que tiene que ver con pasar un poco la escoba y ser un poco más esencial. No poner tanto arreglo, tanto acorde, tanta nota. Estando solo he llegado a tocar líneas en la guitarra y en Viveza hay un reflejo de eso en el tema "Te abracé en la noche". Se trata de un proceso de depuración, de dejar de ser tan cargado.

—Sin embargo parece que los arreglos siguen siendo una pieza clave en tu obra. Gran parte de las canciones suenan a cosa nueva gracias a ellos.

—Creo que el origen de mi interés por los arreglos está en mi infancia, cuando mi padre o mi madre me hacían escuchar algo por radio y me decían: "¿ves, escuchás atrás del cantante lo que va pasando?". Había una canción, "Samba de una nota sola" (Tom Jobim/ Newton Mendona) y me acuerdo que mi padre me decía: "fijate que curiosa esta canción, aunque la melodía siempre suena igual, no es aburrida, porque detrás los instrumentos van haciendo otras cosas". Reflexiones similares me hacía sobre las orquestas de tango y sus diferencias de sonido. Él me explicaba por qué sonaba de un modo Aníbal Troilo, de otro Julio de Caro, de otro Carlos Di Sarli y de otro Osvaldo Pugliese.

—¿No percibís que no se están produciendo materiales de interés de parte de la generación que le sigue a la tuya?

—Voy a ser inmodesto para decir que estoy de acuerdo con eso. Ha habido un cierto relajamiento del rigor creativo en los últimos quince años, pero no nos olvidemos de Jorge Drexler.

—Debe ser la única excepción...

—Pero una excepción muy significativa. Creo que es uno de los autores de canciones más importantes no de los últimos veinte años sino de todos los tiempos. Con la característica nada menor de haber dado unos pasos en el ámbito internacional, cosa que no es nada fácil de lograr. Lo que pasa es que en Uruguay hubo una eclosión de una generación muy fuerte de autores (que tengo la suerte de integrar) y que es extrañamente numerosa. En realidad lo raro no es la situación actual sino, que alrededor del año 1980 hayan aparecido tantos autores de tan alto nivel, porque éste es un país muy chico. La generación anterior a ésa también fue numerosa. No es nada común que aparezcan juntos y coexistan y elaboren una obra juntos, gente como Aníbal Sampayo, Víctor Lima, Ruben Lena y Osiris Rodríguez Castillos, e inmediatamente después: Viglietti, Zitarrosa, Carbajal, Mateo, Rada y Dino. Luego vienen Lazaroff, Maslíah, Jaime Roos, Rubén Olivera y Mauricio Ubal. Muchos nombres, todos juntos. No siempre aparecen diez autores de primera línea. En ningún país pasa, ni siquiera en países más poblados que el nuestro. En Brasil por ejemplo, en los años sesenta, aparecen Chico Buarque, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Edu Lobo, Milton Nascimento. Eso no se volvió a repetir, que aparezcan así seis u ocho monstruos todos juntos. Aparecen aislados.

—En tu generación, además del talento, había un claro intento de ruptura con el pasado. Hoy no se nota siquiera esa voluntad de quiebre con lo conocido.

—Esas cosas no son a propósito. Aparecen o no aparecen. Eso pasa en el cine, en la literatura. A veces surgen varios individuos que nacieron con un proyecto artístico, predestinados para hacer esa obra. Eso no se puede manejar como si fueras el Estado. Hay una parte humana, azarosa, imprevisible.

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