László Erdélyi
EL 28 DE NOVIEMBRE de 1971 Juan María Bordaberry resultó electo Presidente de la República. Sucedía así a su mentor, el oficialista y colorado Jorge Pacheco Areco, que en vano intentó ser reelecto. Dos años y medio más tarde, en junio de 1973, legitimó el golpe de Estado militar ocurrido unos meses antes, en febrero de ese mismo año, al disolver el Parlamento sin convocar a nuevas elecciones. Si bien había sido electo en forma democrática, pasó a ser el Presidente del gobierno de facto, apoyando calurosamente el accionar de los golpistas. Pero el amor no duró: tres años más tarde, en 1976, los militares destituyeron a Bordaberry.
Habían pasado cosas extrañas, que en ese momento resultaban poco comprensibles. Los militares, que habían dado el golpe buscando eliminar la corrupción del sistema político —y de paso a los mismos políticos— hablaban de restaurar los partidos, de renovarlos, de recomponer una suerte de sistema democrático. El Presidente legitimado por el voto, a su vez, hablaba de sustituir la soberanía popular por la soberanía de Dios, de evitar para siempre la democracia liberal, eliminar los Partidos políticos, el conflicto, la competencia y el clientelismo. Muchos militares, a pesar de su castrense confusión de ideas, intuían que la democracia representativa seguía siendo el menos malo de los sistemas políticos. El Presidente Bordaberry creía necesario borrar todo, desde la Revolución Francesa hasta la fecha, y quizá volver atrás 300 ó 500 años, a las corporaciones del medioevo legitimadas por la voluntad divina.
Casi treinta años más tarde, y luego de numerosas interpretaciones e investigaciones fragmentarias, sale la versión completa de esos hechos de boca de su principal protagonista, y bajo el título Antes del silencio; Bordaberry, Memorias de un presidente uruguayo. El periodista Miguel Angel Campodónico recopiló y editó esas reflexiones, contextualizando un relato que recorre desde los inicios de Bordaberry en la política, los turbulentos años ‘70, su vida actual como ex-presidente, y una extensa exposición de sus "nuevas" ideas políticas, que en realidad de nuevo no tienen nada.
MAS QUE UN "OUTSIDER". Hay dos Bordaberry en estas memorias. Por un lado está el Bordaberry que hace un servicio a la Historia aportando datos, anécdotas y episodios completos, pero no elegidos al azar, sino para sostener una "visión" de los hechos. Siente necesidad de hacerlo porque su forma de hacer política lo distanció del estilo político imperante en la época. Fue un claro outsider de la clase política, un hombre de "afuera", al igual que muchos ministros de Pacheco.
Así se lo expresó el propio Wilson Ferreira (pág. 55) cuando se apersonó en la residencia presidencial de Suárez y le dijo "¿por qué no renunciás y nos dejás a nosotros que somos los profesionales de esto? Vos no tenés vocación para la política". Se percibe, a su vez, la crítica amarga al funcionamiento de los partidos políticos al citar a Zelmar Michelini saliendo del Parlamento para no votar una Ley que quería votar, obedeciendo así a la disciplina partidaria. O describir como mal de todos los males a la "demagogia", mecanismo universal de la democracia representativa moderna que le permite a los políticos caer simpáticos a la gente, conquistar sus votos, alcanzar los escaños en el poder y, si no cumplen con lo prometido, no ser votados nunca más. El mismo Bordaberry olvida que llegó a Presidente siendo el candidato menos votado, gracias a una cuestionable Ley de Lemas. También pasa alguna factura pendiente al describir a Wilson Ferreira como un individuo "desequilibrado", dando detalles de una conversación privada entre ellos (pág. 71).
Cobra más valor la información aportada sobre el vínculo con los militares, sobre todo después de junio de 1973, cuando la libertad de prensa se vió restringida, y la historiografía sólo puede nutrirse del testimonio de los protagonistas. No oculta su orgullo de haber participado de una suerte de período de "reconstrucción nacional", entre 1973 y 1976, gobernando con los militares golpistas. Están las reuniones con los militares, las pequeñas internas, los tires y aflojes del poder, el "yo lo puse, no me lo toques" sobre algún jerarca estatal cuya gestión no armonizaba con ambos, militares y presidente. Las visitas de Estado de Pinochet y Perón, a su vez, muestran a un Bordaberry como hábil y sutil cronista, realizando cuadros interesantes de ambos mandatarios.
Hasta que llegó aquel día de 1976 donde Bordaberry cuenta que "me definí sin retorno en contra del sistema democrático liberal". Sin vueltas, frontal, y sobre todo, sin remordimientos. Algo lógico porque estaba abandonando al pueblo para sustituirlo por Dios.
CORPORATIVISMO Y CRISTIANISMO. Aquí surge el otro Bordaberry, que ya no es el mero outsider del sistema político. Largos párrafos del libro están dedicados a explicar esa suerte de "revelación" divina, con la cual quiso dar a los uruguayos un sistema político sin partidos políticos, un esquema donde la voluntad popular se manifestaría a través de "corrientes de opinión", gobernado por un "Consejo de la nación" no sujeto al voto ni a las "claudicaciones", etc.
Muchas veces se ha acusado a Bordaberry de haber intentado imponer una suerte de corporativismo fascista. Ello es un error, cosa que él intenta aclarar afirmando (pág. 122) que lo suyo se acerca al corporativismo cristiano. Según el Diccionario de Política de Norberto Bobbio está en lo cierto, y podría ser ubicado dentro del Corporativismo contrarrevolucionario o tradicional, aquel que se basa en la nostalgia de la sociedad tradicional estancada e inmóvil, pero orgánica y jerárquica, sin conflictos y antagonismos, que aparece nítido en los primeros documentos pontificios dedicados al problema social, como el Quod apostolici muneris de León XIII (1878). Allí surge nítida la idealización de la comuna medieval italiana, aquella que la revolución tecnológica e industrial destruyó para siempre, por inmovilista y estática. El propio Bordaberry lo aclara: "me refería a las corporaciones de los gremios del orden político cristiano. De todos modos, enseguida me atribuyeron ser partidario de las instituciones fascistas. Mal puedo pensar en totalitarismos, ya que un católico no puede ser totalitario. El único que está en todo es Dios". Hasta que llegó la Revolución Francesa.
Fue ahí donde los militares le dijeron basta. Mucho más profesionales que, por ejemplo, sus colegas argentinos —alentados por ese mesianismo que los autoproclamaba salvadores de la patria—los militares uruguayos sabían que, tarde o temprano, el conflicto, la competencia y el "desorden" propios del orden democrático liberal iban a volver.
La clave en Bordaberry está, quizá, en las "conspiraciones" que describe a lo largo de casi todo el libro. Según él, fue una conspiración masónica la que lo puso en el poder, la que lo llevó a disolver el Parlamento, y la que lo sacó a patadas de la Presidencia de la República. Nada fue culpa de él, ni de los uruguayos en general, sino de fuerzas oscuras que dominan a los hombres más allá de su voluntad, y cuyo antídoto es Dios. Es una salida conveniente para alguien que fracasó en su intento de manejar a los políticos primero, a los militares después, y que sigue sin entender que el conflicto entre los hombres es algo natural e impredecible, parte inherente al cambio, a la movilidad y al progreso, y que la democracia liberal puede administrar mejor que ninguna.
El libro
L.E.
EL ESCRITOR y novelista Miguel Angel Campodónico tiene una extensa trayectoria en el medio, con numerosa obra publicada. Alcanzó el gran público con el género biográfico, exponiendo la vida del caudillo político Villanueva Saravia, del senador tupamaro Mujica, y del periodista Sánchez Padilla, entre otros. En el 2003 llevó a cabo un comentado cambio de editorial, dejando Fin de Siglo e ingresando a Linardi y Risso. Los nuevos aires dieron una nueva edición del Diccionario de la Cultura Uruguaya, mejor documentado y actualizado que la edición anterior.
Cabe destacar, a su vez, su labor en esta autobiografía. Cuando el testimonio del protagonista surge nítido, sin nada que moleste, cabe felicitar por sobre todo al editor, en este caso Campodónico, que supo desaparecer a tiempo para que la noticia tenga su real protagonismo. Sus intervenciones en el texto, para contextualizar con datos históricos, son las justas, ni de más ni de menos. Todo está al servicio del lector.
ANTES DEL SILENCIO, Bordaberry, Memorias de un Presidente Uruguayo, de Miguel Angel Campodónico. Linardi y Risso, 207 págs. Montevideo, 2003.