Carina Blixen
AUNQUE sea una violenta simplificación, es posible afirmar que Julián, el diablo en el pelo, la última novela de Roberto Echavarren, es la historia de una pasión. Una pasión prohibida habría que agregar, aun a riesgo de que muchos piensen que esto último es una redundancia. Desde el punto de vista de lo que nuestra sociedad considera aceptable es una doble transgresión relatar el deseo entre homosexuales y entre un adulto y un menor. Una transgresión de otro orden, intrínseca a la relación desarrollada en la novela, es la ambigüedad del lazo que une a sus protagonistas: el de prostituto y su usuario, el de amantes. Tomás-Tom-Tommy, un hombre maduro y culto, queda prendado de Julián-Juli-Julieta, un adolescente, un taxi boy, de pelo largo y rasgos aindiados. Es posible en esta sinuosa novela trazar una línea límpida que comienza cuando Tomás conoce a Julián, lo carga y lo sube a su auto, y termina cuando se ha liberado de su hechizo. Hacia el final de esta narración de 285 páginas, Tomás parado ante la ventana de su casa no reconoce a Julián que pasa por la vereda y lo mira. Entre un momento y otro se desarrolla, se ramifica, se corta sólo para recuperarse, el tortuoso vaivén de una obsesión, o más específicamente, de una adicción.
EN HONOR A FELISBERTO. La narración se inicia con la imagen de un árbol de magnolias: "iluminaba el oscuro con una dentadura muy blanca, córneas de ojos muy blancas, espuma de olas resplandeciente de noctilucas". Tomás abandonó el jardín y la fiesta a la que había asistido y se llevó "en la retina una gota plateada del árbol de magnolias". En seguida percibe un bulto en la noche: es Julián. Este sonríe y su boca y sus dientes traen la imagen de "una magnolia ahogada". Las magnolias y su contraste de luz y oscuridad vuelven a aparecer en esta narración que cuenta una historia, construye personajes no sólo verosímiles sino seductores, y también envuelve al lector en un lenguaje que no se agota en las habilidades de construcción de una trama. Tiene una densidad, una potencia de juego y oscura asociación que multiplica la carga emocional de lo que se cuenta.
La presencia sugestiva de las magnolias puede leerse como un homenaje a El caballo perdido de Felisberto Hernández, a quien Roberto Echavarren ha estudiado con sagacidad y detenimiento. El niño protagonista que visita a su maestra de piano, al pasar de la calle a la casa de Celina, siente que dentro suyo "lo que nunca se dormía del todo, era una cierta idea de magnolias". Pero este no es el único tributo rendido al autor de "El cocodrilo". La primera parte de la novela está narrada desde la perspectiva de Tomás. Éste, en determinado momento arrastra consigo a Julián a La Cumbre, en Córdoba. Es el único período en que conviven como una pareja y Tomás se da cuenta de que "ya no podía prescindir de su fetiche". Ese es un componente fundamental —aunque no el único— de la relación de Tomás y Julián. El muchacho es para el adulto un ídolo al que se rinde un culto salvaje y primitivo. Es una imagen-objeto de la que quiere apropiarse porque le proporciona un placer privado intenso e irremplazable. Como Felisberto, Echavarren cultiva el placer secreto, la indebida, perversa posesión. En una entrevista que le hicieran Adrián Cangi y Fermín Rodríguez (Performance, 2000) Echavarren realizó una reflexión a propósito de la obra de Felisberto que puede trasladarse a esta novela: "En la vida cotidiana la aparición de un fetiche es una de las pocas cosas con la capacidad de interpelarnos". Así actúa Julián sobre Tomás: lo saca de sí. Aunque no esté planteado como una relación causal, tal vez sea la experiencia de muerte por la que pasa el hombre maduro, la que le da la posibilidad de liberarse de su fetiche.
EL "CIEGO DESEO". Antes de la mitad de la novela, Julián empieza a hablar. Deja de ser un fetiche, pues toma la palabra. La situación parece una parodia de una entrevista de carácter antropológico. Después de una separación debida a la voluntad de Julián, Tomás le ofrece dinero a cambio de poder reportearlo: quiere que le cuente su vida. No sabe nada de ella porque el joven es hermético. Es un truco vergonzante para mantenerlo cerca, una trampa de seducción. El taxi boy en lugar de dar su cuerpo, da su lenguaje a cambio de dinero. Tomás lo graba, se queda con sus palabras y aprovecha todo resquicio para volver a una relación erótica. Con intermitencias, contradicciones, falacias, el discurso de Julián despliega un enorme magnetismo. Su voz directa y mentirosa, deschavada, crecientemente desolada hace surgir un mundo social y cultural delictivo y feroz, al mismo tiempo que se plantea como una brutal inquisición sobre el sentido de la vida. Sus historias hablan de la falta de amor, los años quemados, la urgencia del placer en el instante, la adicción, el deseo voluptuoso de poder y dinero, la ausencia de futuro. Es un relato hecho para complacer, para justificarse, y al mismo tiempo implacable en sus autodefiniciones. Al escucharlo, el lector entiende que la ficción puede crear verdad. Tomás piensa que Julián "se había dejado llevar por sus impulsos y acostado con tal cantidad de hombres que no se podía ver ningún hilo conductor" de su relato, salvo "el ciego deseo de conocer el mundo a través del sexo".
EL PUNTO DE VISTA DE LA EXCEPCIÓN. Echavarren ha reflexionado sobre la diferencia entre lo posmoderno y lo neobarroco. Ha insistido en que hay una diferencia fundamental en el hecho de que el barroco prefiere lo caliente, la conmoción (Performance, 2000). Mientras entrevista a Julián, Tomás lo mira y piensa en Lolita, el personaje y la obra de Vladimir Nabokov. La mención subraya así, desde una perspectiva culta, la conciencia que tiene el personaje de la atracción sobre sí que ejerce lo prohibido, ilegal, secreto.
Más allá de ese paralelismo señalado desde la narración, puede haber otros entre Nabokov y Echavarren. En términos muy generales, se puede decir que ambos comparten el hablar más de una lengua y un sentimiento de extranjería sostenido en la experiencia de vida en distintos países y en una cultura muy cosmopolita. En contrapartida, la relación erótica con el menor exige la entrega total. Es la apuesta por el riesgo y "lo caliente", al mismo tiempo que es excluyente porque prescinde del mundo y sus leyes.
A pesar de ser homosexuales y habitar una misma ciudad son muchas las distancias entre Tomás y Julián: la edad, la cultura, el origen social. La pasión surge de la diferencia y la curiosidad. Tomás sabe que "Julián no era un objeto de su mundo" (...) "Julián era la amenaza oculta, la muerte oculta. Era la parte del diablo".
MÚSICA Y ESTILOS. Traductor, poeta y crítico de amplia obra, Echavarren publicó dos novelas: Ave roc (1994) y esta Julián, el diablo en el pelo (2003). La primera tomaba como eje a la figura de Jim Morrison, el líder del grupo The Doors, que Echavarren traduce como "Del otro lado". Los mundos que ambas convocan son marginales de una manera diferente. De una a otra novela Echavarren ha saltado de una cultura alternativa, experimentadora, a otra consumidora, más individualista y masificada. Echavarren ha dicho que la música "es la forma artística que más inmediatamente se relaciona con un cambio en el aspecto y estilo de vida" (Performance). La forma de presentar la música en una y otra novela es muy significativa. Jim es el creador, el ser excepcional que explora "el otro lado", el ave mítica de Simbad el marino que franquea un límite (Ave roc). En Julián... la música es escuchada en cd o por la televisión, Tomás es sonidista, y tiene un amante ocasional —un stripper— que imita a Michael Jackson. Es el reflejo circunstancial de un producto mediático.
El pelo largo de la contracultura hippie que establecía una vinculación con lo indígena, deviene en Julián fetiche, íntima delectación. El adolescente es de ahora y aquí nomás y un juego infinito de imágenes. Es el taxi boy y el indio ancestral. Julián traza su genealogía al comienzo de la narración: "Mi abuelo paterno está enterrado en el cementerio indio cerca de Tambores". Su pelo largo, obsesión del amante adulto es un rasgo determinante de un estilo joven, marginal, andrógino y también un lazo con sus orígenes indios. Es el fruto último del grupo humano exterminado por el estado uruguayo naciente. El narrador multiplica su excepcionalidad, su cualidad intrínsecamente diversa. Es esto y el muchacho de Colón que repite en el liceo. La narración nos hurta la tranquilidad de pensarlo una flor exótica. La vida de Julián es la de tantos otros jóvenes que recorren Montevideo. La novela es también un inquietante testimonio de nuestro mundo.
JULIÁN, el diablo en el pelo, de Roberto Echavarren. Editorial Trilce. Montevideo, 2003. Distribuye Gussi. 285 págs.