Cuarteto con bemoles

EL ARGENTINO-RUMANO Tomás Abraham es multiforme. Tanto puede presentarse como un filósofo que traduce o introduce a Nietzsche o Foucault, como aparecer con el perfil de un comentarista de deporte, cine o televisión. O coordinar un Seminario de los Jueves, donde bajo su guía decenas de aficionados a la filosofía escriben textos (recopilados en Vidas filosóficas y Tensiones filosóficas). O escribir libros que bordean la autoayuda o la tragicomedia de la economía globalizada (El mundo del amor, La empresa de vivir). Algunos han sido comentados en estas páginas (ver El País Cultural N‚ 390, 619 y 669), y Abraham expuso algunas de sus ideas en un extenso reportaje (N‚ 551).

En Situaciones postales (finalista del XXX Premio Anagrama de Ensayo), consigue ir más allá que sus libros anteriores en la variedad de tonos y la originalidad de ideas. En buena medida, los dos grandes bloques que lo forman parten de cartas, de datos biográficos propios y ajenos, de ideas abstractas y hasta de chistes. La primera expone la relación entre el novelista ruso Vladimir Nabokov y el crítico norteamericano Edmund Wilson, 30 años de amistad con altibajos y ruptura final. La segunda traza los contornos de otra amistad impar, lúcida y sensible, entre la alemana Hannah Arendt y la norteamericana Mary McCarthy. Ese cuarteto de nombres no sólo incluye un vínculo adicional (McCarthy fue una de las cuatro esposas de Wilson); además tocó momentos clave de la historia y la literatura del siglo XX. Que esas zonas haya que salir a descubrirlas, en vez de integrar el repertorio inmediato de cualquier intelectual, es justamente lo que debe de haber atraído al multiforme y curioso Tomás Abraham.

DOS CABALLEROS ESPINOSOS. Para hablar del autor de Lolita elige una cita inicial insolente del propio Nabokov: "Odio a cuatro doctores: al doctor Freud, al doctor Schweitzer, al doctor Zhivago y al doctor Castro." Después cuenta una anécdota: en una visita el francés Dominique de Roux le preguntó a Nabokov por Witold Gombrowicz, y éste lo confundió (o fingió confundirlo) con el autor de El pájaro pintado. Con fastidio, De Roux le explicó que ése era Jerzy Kozinski, otro polaco. Llevado por su irritación (alimentada por la autoadoración exhibicionista de Nabokov), el francés definió después que Gombrowicz siempre fue un fuera de la ley, mientras que el ruso era un hombre de la ley, "en un mundo en que el diablo es príncipe". Por su parte Abraham, que al principio finge sentir también fastidio él mismo por Nabokov, aclara que en realidad le interesa por su amor por el detalle, por el modo de enfocar las difíciles relaciones entre el arte y la ética (incluido un paseo por el tema "pedofilia", relacionado con la famosa Lolita), y por su rechazo hacia los Grandes Autores Profundos (Thomas Mann, Dostoievski). De paso hace un homenaje a la fiel, casi masoquista y esposa Vera Nabokov, y finalmente pasa al otro caballero de esa primera mitad.

Edmund Wilson es presentado como casi el último ejemplar de una especie en extinción: el hombre de letras libre, un trabajador intelectual free lance que conquistaba su independencia "al precio de su seguridad personal". Según un editor, era "el último de los grandes periodistas que escribió para el hombre educado de la calle. Que se educó a sí mismo en beneficio de los lectores." Ese mismo Edmund Wilson podía escribir además un breve y ajustado volumen sobre los manuscritos del Mar Muerto, o una historia de los antecedentes de la Revolución Rusa (Hacia la estación de Finlandia), o estudiar ruso para mejor conocer a los autores que escribían en ese idioma. Por último logró que una amistad donde estaba permitido manifestar opiniones contrarias a las del otro, naufragara por un asunto sólo en apariencia menor. Ocurre que la muy discutida traducción al inglés literal y en prosa que Vladimir Nabokov hizo de Eugenio Onieguin era para él su más importante empresa literaria. Y que a Wilson le pareció en cambio no sólo fea, sino además un error.

Hacia el final, Abraham hace aparecer a dos personajes secundarios: se burla del extenso panegírico de Nabokov escrito por su biógrafo Brian Boyd ("en dos mil páginas Nabokov no peca de vicio alguno, es siempre totalmente genial y absolutamente correcto"), e introduce al improbable Gyuri Kellemes. En su opinión es quien mejor extrajo las consecuencias filosóficas del choque Nabokov/ Wilson. Lo usa, entre otras cosas, para defender la construcción de nuevas lenguas y nuevos mundos "rompiendo los muros clausurados de la esterilidad documentada".

DOS DAMAS AUDACES. Con Hannah Arendt y Mary McCarthy (que se conocieron en un departamento neoyorquino en 1944), elige un atajo un poco chueco. Sin que venga demasiado a cuento se autoerige en "sobrino" de ambas; pero el recurso queda en eso. El texto por suerte lo deja de lado y toma por otros derroteros, repitiendo la riqueza de planos de la primera parte.

En el caso de Mary McCarthy, por ejemplo, narra su modo de usar en sus narraciones a veces crueles a amigos o familiares apenas disimulados, describe sus maridos sucesivos y su modo libre y desprejuiciado, personal, de encarar los asuntos políticos o intelectuales. Menciona su fascinación con Pálido fuego (libro de Nabokov) en el momento en que producía un rechazo generalizado, y cómo McCarthy percibía con lucidez los prejuicios de la altanería europea frente a la vulgaridad norteamericana. La misma nitidez que empleó en calar las tonterías de los franceses sobre los norteamericanos (con la honrosa excepción de Tocqueville). Una asombrada McCarthy reacciona ante los esquives y contradicciones de Sartre y Simone de Beauvoir frente al tema del compromiso y la literatura en un acto público, para terminar: "Como dijo alguien a la salida: ésos son los escritores reaccionarios de izquierda." Desde Europa, en una carta, su amiga Hannah le escribe por su parte que ha leído Las palabras, autobiografía de Sartre, y le ha resultado tan falsa como las Confesiones de Rousseau, que "para hacerse el sincero confesaba tener cinco hijos en un orfanato, cuando todo el mundo sabía que era impotente".

Donde el valor despejado, claro y libre de las dos aparece con claridad es en un par de núcleos centrales. Por una parte Mary McCarthy, en un viaje en tren, conoce a un coronel con quien al principio flirtea; en seguida descubre que es un reaccionario antisemita. La anécdota esquiva todo maniqueísmo y toda simplificación "feminista", al narrar sus propias reacciones con una sinceridad apabullante. En cuanto a Hannah Arendt, el peso recae sobre el momento en que el New Yorker la envió a Jerusalén a "cubrir" el juicio de Eichmann. Allí, lejos de limitarse a su tarea periodística, Hannah Arendt se empapó a fondo de los antecedentes ("es una máquina de preguntar sin límites", dice Abraham), descubrió el papel negativo de ciertos sectores judíos durante el primer período del hitlerismo, y elaboró su teoría sobre "la banalidad del mal". Se atrajo así una avalancha de críticas durísimas, que incluyeron el pedido de la Liga Anti Difamación judía-norteamericana de que los rabinos predicaran en contra de ella en el Año Nuevo judío. El muy célebre Gershom Scholem la acusó de borrar la diferencia entre víctimas y victimarios, y de que no le quedaba amor por el pueblo judío. En su respuesta Hannah Arendt le aclaró que nunca amaba a pueblos (ni a generalidades como los trabajadores) sino a personas, y que tal vez lo que le molestaba a Scholem era su carácter independiente: no pertenecía a ninguna organización y sólo hablaba en su propio nombre.

En Situaciones postales la doble pareja central de protagonistas promueve bruscos saltos a las ideas generales, o a los detalles minúsculos biográficos. O aforismos: "En la nueva táctica guerrillera se podrá ejecutar un Vermeer", "no se ama con calculadora sino con babero y pañal." Esa generación de dinamismo formal encaja aún con más justeza en este caso que en otros libros de Abraham, porque elabora eso hoy tan escaso: el ensayo literario. Y la literatura, con su extrema libertad de fondo, en tiempos en que la filosofía, como dice el propio Abraham aquí, "es cada vez menos discurso y cada vez más efecto", termina por abarcar más y calar más humanamente. El libro regenera por una parte la curiosidad por cuatro figuras hoy no exactamente de moda. Por otro, gracias a la cantidad de centros de reflexión en movimiento y de datos cruzados, impulsa su propia relectura.

SITUACIONES POSTALES de Tomás Abraham. Anagrama. Barcelona, 2002. Distribuye Gussi 240 págs.

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