La ciencia ya no es lo que era

Agustín Courtoisie

CIERTAS consecuencias inesperadas de los avances científicos y tecnológicos hacen que hoy el mundo se divida en dos bandos: los todavía veleidosos de las novedades científico-tecnológicas y los desconfiados de ellas, es decir, los tecnófilos y los tecnófobos. El debate recorre muchos temas: desde el medio ambiente, la clonación y los organismos genéticamente modificados, hasta el cuestionamiento profundo del modelo de vida occidental que propala la globalización.

PALEOLITICO SEDUCTOR. Como ejemplo de la postura rebelde emerge el grupo Greenpeace. Pero los ecologistas más radicales procuran desmarcarse de esa organización con un presupuesto millonario y una flota de barcos y helicópteros que recuerda demasiado al poder de las multinacionales que dice combatir. Por su parte, un entusiasta del progreso como Guy Sorman, ha procurado mostrar que existe otro punto de vista sobre estas cuestiones, tan sostenible como el de sus adversarios. En El progreso y sus enemigos —libro exagerado pero útil—, Sorman identifica tres influyentes gurúes: John Zerzan, norteamericano e iracundo enemigo de la globalización; Zac Goldsmith, británico y principal sostén financiero de la causa ecologista en su país; y Ulrich Beck, alemán e inspirador de los verdes, acaso el más serio desde el punto de vista académico. Para referirse a un solo nombre emblemático de la terna, basta recordar a Zerzan. A sus 56 años, es un anarquista que lleva una apacible vida en Oregon, rodeado de libros, con un viejo televisor, sin Internet ni computadora. Su tesis principal es que el hombre debería regresar al estado primitivo, y recuperar la armonía en contacto con la naturaleza. Cuando se le pregunta por qué sus seguidores usan la web, responde que la utilizan igual que Gandhi usaba los trenes: para destruir la civilización que inventó los trenes y luego Internet. Si luego se considera cómo es posible que se dejen de lado cinco mil años de civilización, Zerzan replica: "cinco mil años es muy poco en la historia de la humanidad, comparados con los cinco millones de años del paleolítico desprovisto de civilización".

COCKTAIL DE GENES. Es cierto que no puede deducirse la inutilidad del ecologismo, de la tecnofobia o de la crítica de la globalización, a partir del simple hecho de que algunos de sus exponentes sean algo fundamentalistas. Por un lado, porque alguna razón tienen. Por otro, porque en realidad existen argumentos positivos, muy sólidos, para creer que debiera abrirse algún crédito, por ejemplo, a los organismos genéticamente modificados (OGM), sin perjuicio de adoptar ciertas cautelas básicas.

Ese es el caso del maíz llamado Bt, cruzamiento de una planta doméstica, el maíz, con una bacteria conocida con el nombre de Bacillus thuringiensis o Bt. Este bacilo posee la propiedad de exterminar los insectos, en particular a una oruga perjudicial que se llama piral del maíz. Los insecticidas tradicionales utilizados para combatir al piral son de aplicación costosa y muy contaminante. El riesgo en las regiones pobres es alto y puede representar la diferencia entre la subsistencia y el hambre. Entretanto, el maíz Bt, surgido a partir de la identificación del gen que desarrolla la proteína que combate el piral y su posterior incorporación en el genoma el maíz, es una variedad nueva que elimina a la vez los males del piral y los provocados por los métodos que se usaban para combatirlo. Sin embargo, un piquete antiOGM destruyó un campo de experimentación en Francia, pese a que todos los estudios sobre el maíz Bt han sido muy prometedores. Eso es una ilustración clara de las pasiones que desatan estos temas, y la necesidad imperiosa de aportar argumentos de mejor calidad.

Vale la pena este otro comentario de Sorman: "Los adversarios de los productos transgénicos dan gran importancia a las alergias que provocarían los OGM. Pero en los hechos, no son los OGM como tales los que provocan las alergias, pues el OGM no es más que la suma de sus componentes. Por lo tanto, es posible que un OGM del maíz provoque una alergia en un consumidor alérgico del maíz; el hecho de que el maíz sea transgénico no impide que siga siendo maíz". No se trata aquí de dar la razón a nadie en forma automática, porque los OGM también pueden provocar a largo plazo efectos que ahora no se imaginan. De lo que se trata es hacer más adulta la controversia, y concebir también todas las consecuencias de las alternativas: muchas sustancias "naturales" quizá provoquen efectos nocivos que aún se desconocen. Otras como el tabaco, son perjudiciales para la salud, aunque no provengan de manipulaciones genéticas.

DOLLY HA MUERTO. Otra tecnología que alborota el planeta es la clonación. Después de la muerte de la célebre oveja Dolly, no está clara la evaluación que debe realizarse, y los medios han reflejado las tensiones que la clonación produce en la opinión pública cuando está referida a seres humanos. Si se escucha a los científicos con preocupaciones éticas, la polémica puede enriquecerse y al mismo tiempo resultar desconcertante.

Por ejemplo, Juan Carlos Calvo, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, recordó en una entrevista para Futuro (octubre 2002) que la clonación humana podría tener dos fines: el reproductivo y el terapéutico. En realidad, muchos científicos se oponen al fin reproductivo porque clonar significa repetir patrimonio genético y eso conduce a perder variabilidad, uno de los grandes hallazgos de la naturaleza. Para Calvo: "reducir a una sola la dotación genética es peligroso". En cuanto al fin terapéutico, consiste en generar un embrión —un clon del paciente—, en los primeros estadios de diferenciación y a partir de ahí obtener las células que permitirían en un futuro sustituir las del paciente sin temor a un rechazo. Agrega Calvo que eso significaría "generar un embrión para destruirlo" y eso resulta éticamente reprobable. Por su parte, Daniel Salomone —uno de los argentinos clonadores de la ternera "Pampita"— se mostró más abierto: "es verdad que uno no tiene que hacer todas las cosas que puede" pero "yo no prohibiría la clonación terapéutica". Si bien desaconseja la clonación con fines reproductivos en la actualidad, sugiere una fecunda interrogante para el futuro: "¿qué pasa si mañana hay una terrible enfermedad o un gran cambio en el clima global que implica que la humanidad sólo pueda ser salvada modificándola genéticamente?".

Al seguir estas polémicas se impone la sensación de que la ética no encuentra un relacionamiento adecuado con la ciencia y la tecnología. Hasta ahora se la suele considerar como un factor importante a considerar pero que en último análisis no tiene una conexión íntima con el método científico. Su vínculo se percibe solamente cuando los científicos y los tecnólogos firman documentos o inician campañas para despertar la conciencia del gran público. Sin embargo, si se analiza desde otro ángulo, la ética tiene un lugar de privilegio en la ciencia, hasta ahora inadvertido.

OLVIDARON EL MÉTODO. Es preciso realizar un cambio de perspectiva en estas cuestiones que puede resumirse así: la verdad (o la ciencia, o el saber tecnológico) depende del bien (es decir, de la ética, o de los valores individuales). Para llegar a demostrar ese aserto primero conviene tener presente que la ciencia, tal como la conocemos, se inició con Galileo, como un método de pensamiento ligado a la observación y el experimento, en contra de los argumentos de autoridad tanto como de las elucubraciones filosóficas. Manteniéndose fiel a ese criterio, el método científico le permitió al ser humano realizar grandes avances. Pero hoy la realidad es completamente distinta. Los hombres de ciencia casi han olvidado cuál era su poderoso método original. Hoy ningún científico puede comprobar por sí mismo cada una de las nociones que utiliza a diario. El mundo es más complejo y ningún investigador puede soñar siquiera con estar al tanto de todo lo que se conoce dentro de su propia especialidad —y mucho menos tener una visión fiable de conjunto—. La ciencia ya no es lo que era. Hoy funciona en base a cadenas de conocimiento, o cadenas de confianza. Cada eslabón humano es responsable de que los datos circulen y no se adulteren, no importa si refieren a bancos o a resultados de laboratorios. En un mundo donde el conocimiento global no existe más que virtualmente, es de vital trascendencia ser transmisores veraces, abiertos a las objeciones y a las nuevas explicaciones, y vigilantes ante posibles efectos negativos de nuestras teorías o tecnologías favoritas.

El conocimiento es un gran puzzle y cada individuo, incluso el ciudadano no científico, posee una pieza invalorable para construirlo. De ahí la importancia de mantener un nivel adulto en las controversias sobre las nuevas tecnologías, sin escamotear los datos y los argumentos del oponente.

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