Lucía Massa (desde Madrid)
"LLEVO EN el corazón siempre un deseo y es que desaparezca de todos los diccionarios del mundo la palabra guerra". El actor Manuel Alexandre agradecía de esta forma, con lágrimas en los ojos, el Goya a la trayectoria entregado el 1º de febrero. Pero su deseo no se cumpliría esa noche. La palabra "guerra" se repitió 28 veces, en cada una de las categorías premiadas durante la última entrega de los premios más importantes del cine español.
Javier Bardem, premio Goya a la mejor actuación masculina por su papel en Los lunes al sol, no le dedicó el premio a su familia ni al equipo de producción. Se lo dedicó al gobierno español. "Para recordarle que ganar las elecciones no es un cheque en blanco. Tiene la obligación de escuchar al pueblo. Y los españoles decimos no a la guerra".
Dos semanas después, el 15 de febrero, estas declaraciones desembocaron en una de las manifestaciones más grandes de la historia española. Tres millones de personas salieron a las calles a protestar contra la postura del presidente José María Aznar, que llegaron a corear, incluso, su "dimisión". Una réplica gigante del Guernica de Picasso acompañó a los artistas durante los tres kilómetros del recorrido de la protesta. Joaquín Sabina, Miguel Ríos, Imanol Arias, Javier Bardem, Penélope Cruz, Ana Belén, Victoria Abril, Pedro Almodóvar, Alex de la Iglesia y Fernando Fernán Gómez se ubicaron en la primera línea de esta trinchera.
MOVIMIENTO "ESPONTANEO". Las declaraciones durante los Goya tuvieron su cuota de "organización". Un grupo de intelectuales "antiimperialistas" se dedicó, previo a la ceremonia, a confeccionar las escarapelas de protesta que llevarán los artistas en sus solapas, y a llamar telefónicamente a los probables nominados, para que durante su presencia en micrófonos manifiesten sus ideas contrarias a la guerra.
"Nosotros lo sabíamos pero no tuvimos tiempo de plantearnos hasta qué punto iba a afectar a la gala. Esto tomó mucha entidad de manera espontánea. No escribimos lo que dicen los ganadores porque lógicamente no sabemos quién va a ganar. Lo que sí hicimos fue crear un clima distendido, de libertad", comenta Juan Cavestany, guionista de la ceremonia.
Al otro día nadie discute la calidad artística de la entrega de premios. El diario El País de Madrid titula "La gala se convierte en una enérgica repulsa al Gobierno y a la guerra de Irak". La columnista Maruja Torres, en un artículo titulado "Operación Decencia", escribe: "Si hasta Penélope Cruz llevaba prendido a la pechera el cartel reglamentario de ‘No a la guerra’...¡La mismísima novia de Tom Cruise! Dios, espero que a su vuelta sigan dándole trabajo, y que él la ame todavía y a pesar de todo". Penélope aprovecha la guerra para amigarse con los medios españoles después de meses de enemistad por su noviazgo, que, según la prensa española, no es más que un "arreglo" comercial. Y rompe su pacto de silencio: "Me apetecía mucho estar en la fiesta, pero luego pasó algo mucho más importante que eso, que todo el mundo lanzara su opinión y que fuera tan tajante en lo mismo: decir no a la guerra y no tener miedo a decirlo".
Pero el gobierno español lanza su contraofensiva. Con la Academia de Cine en la mira, la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, acusa a los guionistas de "tergiversar" la ceremonia de los Goya. El secretario general del Partido Popular, Javier Arenas, va más allá y declara que los organizadores de la gala cometieron un "error" al dar "gato por liebre" a los seguidores del cine español.
El punto culminante llega dos días después. El 3 de febrero Eduardo Campoy, presidente de la Federación de Asociaciones de Productores Españoles, pide la "dimisión" de la presidenta de la Academia de Cine, Marisa Paredes, por haber permitido que la gala de los Goya "se convirtiera en un acto político". Algunos artistas tildan a Campoy de "comisario político" del PP. Otros temen una caza de brujas. Y todo el cine español se levanta en bloque para defender a Paredes. La presidenta, "sorprendida" por la petición de Campoy, declara que "en ningún caso la Academia impedirá que sus miembros, como ciudadanos, se expresen libremente porque la esencia de nuestro trabajo es la libertad misma".
GUERRA DE CAMISETAS. A las cuatro de la tarde del 5 de febrero empieza la comparecencia de Aznar en el Congreso de Diputados, donde va a explicar la postura del gobierno en el conflicto de Irak. El Partido Socialista e Izquierda Unida han invitado a una treintena de artistas para asistir a las gradas, pero no hay ni rastros de ellos.
"Cuando pudimos entrar ya casi había terminado el discurso de Aznar. Y yo creo que eso era lo que pretendían, que no asistiéramos a las explicaciones del Gobierno", aclara Aitana Sánchez-Gijón. La actriz llega a la puerta del Congreso junto a Ana Belén a las tres y cuarto. Pero los cacheos "exagerados" y "severos" de los guardias de seguridad duran más de una hora.
Los artistas permanecen sentados en las gradas en el más absoluto silencio. Sobre las siete de la tarde, el debate sube de tono. Un diputado del PP llama "cabrón" a José Luis Rodríguez Zapatero, secretario general de los socialistas. El líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares (que se para en el estrado portando uno de los cartelitos solaperos utilizados en la ceremonia de los Goya) acusa al presidente de "dependencia" hacia Estados Unidos. La respuesta de Aznar desencadena la ofensiva de ataque. "Lo que usted llama gobierno delegado es un gobierno elegido por las urnas con legitimidad democrática. No se es más democrático por llevar una pegatina".
Antes de que termine la frase, los actores se paran de sus asientos y, striptease mediante, se sacan los abrigos para mostrar una camiseta con la inscripción "No a la guerra". Los guardias expulsan a los artistas mientras el presidente les dedica una última moraleja: "hay actitudes que tienen la ventaja de no tener que pasar por las urnas y cuando pasan no tienen el respaldo de los ciudadanos".
Unos días después, el 13 de febrero, los famosos venden sonrisas a cambio de reclutas: hacen turnos de dos horas en precarios puestos de madera, ubicados en la Puerta del Sol, en los que ofrecen autógrafos y fotografías a cambio de una firma contra la guerra. La estrategia es exitosa. A lo largo del día 24.000 personas estampan su rúbrica a favor de la paz.
"El mundo de la cultura estaba despistado y con el anuncio de una guerra contra Irak ha encontrado la brújula y el sentido de la orientación" declara José Sacristán a esta cronista, mientras le regala una guiñada a una señora mayor que se acerca al stand donde el actor vende pegotines y camisetas con la frase "No a la guerra". Pero Sacristán no está de moda. Las cámaras de Televisión Española y las de decenas de fanáticos apuntan su foco al puesto contiguo. Allí están los actores de Siete Vidas, la serie televisiva con mayor audiencia, que acaparan todas las miradas.
Llega entonces el músico Joaquín Sabina y se encienden los micrófonos. "La cultura está contra la muerte, contra la sangre y contra la barbarie". El actor Imanol Arias aprovecha su turno ante cámaras para dejar claro que no apoya a Saddam Hussein. "Pero un tirano no vale un millón y medio de personas, dañadas, empobrecidas y embargadas desde hace diez años".
Por último llega el 15 de febrero, día de la gran marcha. Las sirenas advierten de un bombardeo inminente sobre Bagdad y también sobre Madrid. A las ocho de la noche el termómetro marca 2 grados centígrados, y Pedro Almodóvar avisa al millón de manifestantes que "deben tirarse al piso cuando empiecen a caer las bombas". El simulacro de agresión sale despedido por los parlantes pero en la Puerta del Sol no hay lugar ni siquiera para agacharse. Es el final de la multitudinaria protesta contra la guerra y las consignas llegan a su punto culminante: "asesinos, asesinos", "dimisión", "Aznar, vete tu a Irak".
Tres millones de personas protestan en 350 marchas a lo largo de toda España. Sólo en Madrid se habla de entre 900.000 y 1.300.000 asistentes. La línea de Metro número 1 (la única que tiene parada en Atocha, punto de partida de la manifestación) colapsa una hora antes del comienzo. El local de Mc Donalds ubicado en Atocha se convierte en el lugar de encuentro para la mayoría de los madrileños. Es imposible moverse y cada uno intenta ubicar a su grupo de amigos por teléfono. Unos minutos más tarde, colapsan también las líneas de telefonía celular. Los más ágiles se suben al techo de un puesto de diarios que empieza a tambalearse.
Dos manifestantes, disfrazados de Aznar y Bush, se suben a un banco y se besan apasionadamente. Hay banderas para todos: de los gays, del Real Madrid, iraquíes, incluso un par de banderas argentinas y una uruguaya que se pierde entre la multitud. La frase "make love, not war" desfila junto a una nueva versión, menos romántica y en castellano, que dice "menos pólvora y más polvos".